Diario de viajes: verano a la italiana

Quise volver al hotel Domus Aurelia, la casa religiosa en Roma donde dormimos por primera vez en nuestro viaje a través del océano, cuando yo tenía 13 años.

Como recordaba, Domus Aurelia quedaba lejos a pie. Nos costó trabajo llegar hasta allí, en la loma, en ese calor de 30 grados a las 9 de la noche después de bajarnos del bus. Y también sudamos mucho al día siguiente, bajando hasta San Pedro y de ahí al río Tiber para buscar la calle Petroselli bajo el ardiente sol.

En nuestra primera noche estuvimos buscando “alimentari”, tiendas de barrio, o pequeños supermercados con frutas, agua e incluso sombreros, administradas sobre todo por inmigrantes, donde vendieran cereal para el desayuno.

Nos perdimos un poco entre las calles de Roma, a las diez, casi once de la noche, mientras italianos y turistas se refrescaban en las gelaterias, como ocurrió en ese primer viaje a Italia con mis papás. Pero no éramos los únicos desorientados: había otra pareja, sin teléfono inteligente ni GPS, confundida sobre la dirección que debían tomar en una calle del centro cerca del río. Sí, todos los caminos llevan a Roma, pero Roma hace que todos nos perdamos en sus caminos.

Mamma mia, che caldo fa!

Prefiero el invierno de Italia o su otoño tardío que su verano. En la temporada fría casi todos los árboles conservan sus hojas, caminar no incomoda y con suerte las temperaturas no son tan extremas. Aunque pueden llegar a -1, como le escuché a una italiana que defendía el frío romano.

Julio en Opi (en la zona del parque Abruzzo):

Sobre las dos de la tarde, cuando los pueblos arden a 30 grados, no se ve gente: está encerrada, a la sombra, las cortinas bajas, haciendo la siesta del almuerzo y huyendo del calor. Porque, ¿a quién se le ocurre salir a pasear o a hacer la compra a la hora en que la sombra es mínima? ¿quién quiere salir a sudar y sudar y quemarse los sesos? Ya las almas saldrán en la noche a sentarse en las bancas construidas fuera de las casas para conversar, o se refrescarán con alguna bebida en el bar.

Con esas temperaturas, ni los animales saben dónde meterse: si en baúl de un carro abierto, bajo una banca con sombrilla, o entre las aguas medio secas de un riachuelo.

En las montañas tampoco hace frío. Hay que buscar la oscura y seca Gruta de las Hadas o más bien el arroyo Tornareccia, donde dicen, vive la ninfa Calisto, para pedirle sosiego, con la música de las campanas de caballos y vacas de fondo.

Roma, la lasaña arqueológica

Es pésima idea hacer turismo entre las diez y las cinco de la tarde bajo ese sol abrasador. O mejor: es pésima idea visitar Roma en verano. Pero si no se tiene opción, lo mejor es buscar el costado de la calle a la sombra -así lo recomendaba alguien en un artículo-, y cruzar cuantas veces sea necesario la vía para estar protegido bajo el fresco de los árboles y edificios. Un hombre que pedía dinero por limpiar la calle Appia Nuova lo sabía: en las mañanas barría el costado oriental y en las tardes el occidental.

Si a pesar de caminar por la sombra se siente desfallecer, atención a las fuentes de agua en las calles y puntos turísticos: puede beber y rellenar la botella con agua fría cuantas veces lo requiera. Los mismos acueductos de los antiguos romanos surten a Roma y es seguro consumir su agua, dice quien me hospedó (ojo, puede que en estos días, finales de julio, se presenten racionamientos por una emergencia ambiental por sequía).

Hay además un par de atracciones para guarecerse del sol en días a 35 ó 32 grados: las catacumbas de San Sebastiano y San Calixto, que datan del primero y segundo siglo D.C.. Sin embargo, una advertencia, para llegar debe estar dispuesto a bien: esperar el bus que va hasta allí y pasa cada media hora, resignarse a derretirse con la caminata o pagar un taxi. Bajo tierra tendrá por lo menos treinta minutos en cada cementerio para retomar energías a salvo del sol y del bochorno.

Ambos cementerios fueron construidos de arriba hacia abajo con gravilla volcánica de la zona, y es posible admirar tanto lámparas de arcilla con las que se velaba a los muertos, como tumbas de un tamaño reducido: en esa época la mortalidad infantil era muy alta, dicen los guías. Mientras las de San Calixto se extienden unos 20 kilómetros, las de San Sebastiano tienen unos 12.

En las paredes de ambas aún son visibles símbolos cristianos como el pez, el ancla o la paloma. Y en las de San Sebastiano hay además grafitis de la época, específicamente nombres grabados sobre todo en honor a San Pedro y San Pablo.

Roma no ha hecho más que crecer hacia arriba y acercarse cada vez más hacia el sol y el calor. El mausoleo pagano en las catacumbas de San Sebastiano, casi intacto y con colores bajo la Basílica homónima, estuvo en su tiempo al aire libre: dice el guía que el techo que hoy vemos encima del mausoleo, equivalente al piso de la iglesia, alguna vez fue un cielo tan azul como el de ese día. Dice, si recuerdo bien, que hay tantas cosas por descubrir bajo tierra en Roma, que “la capital es como una lasaña”. Una lasaña hirviendo en verano, con calles fundidas bajo el calor.

Y bien, no recomiendo andar ligero de ropas si el plan es de iglesias, pues pueden amonestarlo por llevar los hombros descubiertos. Sin embargo, no le negarán la entrada: le entregarán un velo desechable del mismo material de las batas quirúrgicas –mamma mia! una capa más- para que no irrespete el lugar sagrado y se vea “mejor”. O será que la piel alrededor de las axilas es un insulto.

A salvo en la playa

Basta meter los pies en el mar para sentir alivio.

Al menos en Pescara y Montesilvano, en la costa Adriática, hay playas pagas, gratuitas, para discapacitados y para amos con sus animales. Playas a donde se puede llegar en bicicleta siguiendo la ciclorruta construida a lo largo del malecón que une a estas dos ciudades.

En las playas libres cada quien lleva su toalla y sombrilla y escoge dónde acomodarse. En las pagas, la sombrilla con sillas o tumbonas pueden costar 15 euros por medio día. La palma -una versión para un grupo numeroso, con juguetes para niños- seguramente equivaldrá al doble.

Quien decide en qué zona exacta de cada playa podrá sentarse es el “baywatch”, el salvavidas o bagnino. Él le asigna la ubicación en la arena después de que paga.

Aquí los vendedores ambulantes halan carruajes construidos con un par de sombrillas y una tela encima conectándolas; de las sombrillas cuelgan vestidos de baño y pareos, y la carroza da la impresión de ser una gran oruga.

Mientras los vendedores pasan, los italianos practican el deporte de las tumbonas acuáticas: dícese del baño de sol ya sea en el agua o en la arena. Los niños, por su parte, juegan en los rodaderos playeros: plataformas flotantes con pedales con un rodadero que da al agua, o rodaderos enterrados un poco más allá de la orilla.

Un servicio público que exaspera

Yo quería recorrer Roma a pie y evitar el transporte público. A nuestra llegada tomamos un bus donde íbamos tan apretados como TransMilenio en hora pico, con el agravante de una maleta de ruedas de la altura de un niño de cinco años. Ese viaje me recordó porqué lo mío es la bicicleta: odio tener que esperar el bus y sufrir porque tengo que abrirme paso entre un laberinto de codos y brazos; en Bogotá a veces prefería bajarme en una estación donde no hubiera tanta gente y coger otro bus o caminar.

Para mí no es problema esperar diez o quince minutos en una temperatura como la de Bogotá; sin embargo, si se retrasa mucho, mi impaciencia casi siempre me incita a caminar. Pero si calienta, si fa caldo, coger el bus puede ser lo más sensato; especialmente si no hay andenes (caso de la vias Adreatina y Appia Antica).

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Me hubiera gustado probar las bicicletas públicas de Roma, pero no me decidí y parece que el modelo dejó de funcionar hace unos años. Vi la zona donde supuestamente se podrían alquilar sin ninguna bicicleta.

En todo caso, no hay muchas ciclorrutas en Roma, y no me habría sentido muy segura pedaleando en ese tráfico.

Para finalizar, una escena en un bus:

El conductor tenía una gorra de los yanquis y una bandera de Estados Unidos colgada en el asiento.

Íbamos en una ruta donde se suben los funcionarios del Comune di Roma, digamos que los funcionarios distritales. Después de pasar por las Termas, una mujer se acercó al conductor furiosa y empezó a reclamarle porque era un servicio público y portaba la bandera estadounidense.

“Estamos en Italia, no en Estados Unidos”, le decía.

El conductor, alterado, se detuvo antes de la siguiente parada para que la mujer se bajara. Le abrió las puertas delanteras pero ella se negó. Incluso el conductor se desconcentró y tuvimos alguna frenada en seco o susto menor de accidente.

Ante la respuesta displicente y retadora del chofer, ella amenazó con tomarle una foto con la bandera.

“No, una foto no”, dijo atemorizado, y escondió el objeto de la discordia.

La mujer continuó hablando de los deberes del conductor y por qué no debía portar ese símbolo de otro país en un servicio de transporte público.

Luego otra mujer a mi lado interpeló impaciente: “¡Cállese! Este es un país libre”. “¡Zitta!”. Y lanzaba miradas de reproche y desespero.

Nadie apoyó a la mujer que se quejó por la bandera (yo supongo que era una trabajadora del municipio); derrotada, se devolvió hacia la mitad del bus, un poco avergonzada.

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La zapiekanka que no fue (dilema vegano)

Foto tomada de http://vignette2.wikia.nocookie.net/kielbasa/images/b/b5/Zapiekanki.jpg/revision/latest?cb=20130324072224&path-prefix=pl

Ayer mi restaurante-bar de cabecera estaba cerrado por la fiesta del jueves (Corpus Christi), y como estaba por venirse la tormenta decidí probar con el bar vecino, que tiene opciones vegetarianas y veganas.

Compré una crema vegana de vegetales blancos (por el nombre sería de coliflor, puerro y raíz del apio; seler), y como aún tenía hambre quise probar la zapiekanka, que es una comida rápida típica de la época comunista: en mi opinión es una especie de pizza barata.

Se prepara con pan, queso, jamones, champiñones y salsa de tomate encima, y hasta ese momento nunca la había probado. Yo pedí la zapiekanka de millo con vegetales para llevar, pero olvidé enfatizar en que debía ser vegana.

Caí en cuenta del error a los dos minutos y corregí el pedido. Sin embargo, al recibirla, quedé con la duda de si me habían dado la opción correcta: por encima tenía un queso sin derretir de aspecto y olor idéntico al parmesano. Y seré cansona, pero la tabla para picar donde preparaban las zapiekankas estaba todo cubierto del queso de otros sándwiches.

No sabía qué hacer. No estaba segura de querer probarla para descubrir, bocado garganta abajo, que no podía comerla. Tampoco quería regresar al bar a reclamar en mi polaco básico -además a veces los empleados prefieren complacer al cliente con una mentira piadosa en lugar de aceptar su culpa-. Y no me llamaba la atención ser sorprendida por alguien en la cocina de la oficina, jugando neciamente a separar el queso del resto de la comida.

Intenté regalársela a un extraño que, viéndome curiosear la caja en plena calle, me preguntó qué llevaba allí, si pizza u otra cosa. Quiso saber dónde la había comprado. Se la ofrecí. Y terminó huyendo sin que pudiera darle mayores indicaciones de dónde quedaba el bar. La escena fue medio cómica: cualquier transeúnte podría haber pensado que intentaba pegarle con la alargada caja.

Finalmente, y después de pedirle ayuda a C. por teléfono, decidí darle la zapiekanka a un habitante de calle. Había visto a un hombre joven, tristón, quizá un muchacho que huyó de casa, a la entrada de un banco y pensé que podría tener hambre. Aunque no estaba convencida.

Lo hallé mirando con tristeza a una mujer de edad que sacaba basura de la caneca. La mujer ocultaba su labor con una sombrilla. Me acerqué con una “przepraszam pani”, y vi por accidente que ella había puesto una bolsa transparente con dos rebanadas de pan en su talega roja de reciclaje.

“¿Quiere esta zapiekanka?”, le pregunté. Me dijo algo que no entendí o que no quise entender. Abrí la caja para mostrarle. “Ale dlaczego?”, repitió su pregunta, un poco escéptica sobre porqué quería deshacerme de la comida. Le dije que tenía queso, y quise explicarle que no puedo comerlo, que me cae mal. “¿Con que no te gusta el queso?”, me dijo. Le dije que sí; no tenía otras palabras para explicarme. Preguntó cuánto había costado. No sé, respondí. Aceptó y puso la caja con sus otros tesoros rescatados de la caneca. “En todo caso, le agradezco”, dijo.

Me quedé pensando en el refrán de “Dios le da pan a quien no tiene dientes”. La mujer era mueca.

“Verde que te quiero verde”

Cambié de ruta de camino al trabajo. Ahora voy por el río. Es un kilómetro más, pero casi todo el trayecto evito carros y cruces, y me siento de excursión por una paisaje quizá similar al de los Llanos orientales, con garzas sobrevolando los árboles.

Pájaros desconocidos salen a saludarme o más bien huyen de mí: he visto varias veces a Serinus serinus (por ejemplo), una mezcla entre gorrión y canario de color verde, marrón y amarillo.

Con la ‘bici’ también nos cruzamos con Motacilla Alba, que tiene un lindo nombre en español: Lavandera blanca o aguzanieves, de cabeza y cola blancas, y cuerpo grisáceo.

Una semana tuve mucha suerte: vi pájaros carpinteros de pecho verde, un erizo y un faisán.

Otra vi una lagartija, y otra un halcón -o alguna ave rapaz por el estilo-. Y casi todos los días hay un par de cisnes en el río con su prole.

Es irónico que cuando vivía en Bogotá (en uno de los países más biodiversos del mundo), no llegué a ver tantos animales. Aunque Bogotá es capital, y Breslavia es una ciudad mucho más pequeña. Además en Bogotá no era vecina de un río ni de zonas boscosas, como ahora aquí.  Si hubiera vivido en zonas verdes de Silvania o Melgar, quizá Breslavia no me parecería tan rica en fauna y flora. A diferencia de la “tierra caliente” colombiana, por ejemplo, no tenemos lagartijas todas las noches reptando por las paredes del apartamento; y no creo que bien entrado el verano vengan a visitarnos.

P.D.: El descubrimiento biodiverso se debe también a que desde octubre vivimos cerca del río Odra, lejos del centro, y a veinte minutos a pie de un bosque (el bosque del Dragón) cuyos inquilinos son, entre otros, castores y grullas (estas últimas en primavera-verano).

Desayuno de Pascua

Fue sábado de preparar desayuno de Pascua vegano con recetas de un libro y un blog: una pasta de aguacate con habas, cebolla larga y medio limón.

Y un pastel (pasztet) o paté, con lentejas, batata al horno, perejil y otros ingredientes.

De la primera receta sobró medio limón. Con C. habíamos quedado en que él lo usaría. Pero pasó al menos una hora y el limón empezó a ponerse triste: su otra mitad en la receta, y él, inútil. Quiso empezar a llorar agrias lágrimas de limón. Arrugó la cara. Empezó a imaginarse triste en la nevera, reseco de tanto estrés, junto a un tomate con moho y un perejil sin color, medio muerto.

Pasaría una noche fría, solitaria: con su otra mitad irreconocible hecha jugo en esa mezcla verde y cremosa sellada en un envase de plástico con tapa azul.

¿Podría idear algún plan para colarse en ese envase como parte de la receta? Quizá los otros limones enteros le ayudarían; u ojalá los champiñones, el apio, la batata y las nueces con forma de cerebro -inteligentes ellas- pudieran colaborarle.

¡No quería terminar en la basura sin haberse reencontrado con su amor, ni mucho peor, (ab)usado como simple desodorante!

En eso pensaba sobre la tabla para picar, cuando lo hicieron llorar de repente sobre el exprimidor. Lloró tanto, que hasta C. sintió su amargura garganta abajo.

El único consuelo del medio limón es que a la mañana siguiente, con suerte, se encontraría con su otra mitad en algún recoveco del estómago.

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La Atenas no sudamericana, la griega

Normalmente solo escribo sobre Colombia y Polonia aquí, pero hago una excepción por eso de Bogotá como la “Atenas sudamericana”.

¡Atenas y sus gatos! ¡Amigables y amos de las calles! Uno se acercó mientras descansábamos los pies y revisábamos un mapa en la Acrópolis. Se restregó contra nuestras piernas, se subió al regazo de M. y terminamos acariciando su pelo polvoriento ante su insistencia.

Otro día dimos con un hombre con problemas para estacionar porque un gato no quería moverse del espacio de parqueo. Maniobró el carro con cuidado, y luego nos preguntó preocupado, primero en griego (¿“Gatakia…”?) y luego en inglés, si el gato se había movido de allí y estaba a salvo.

Hasta los canarios o pájaros en jaulas colgadas fuera de los locales de la Plaka -el barrio que rodea la Acrópolis-  parecían una ofrenda para el entretenimiento de los dioses gatos, igual que los platos de agua y comida en las calles.

También había perros callejeros. Llevaban placas con sus nombres, y parecían la reencarnación de algún filósofo griego: un Diógenes, casi del tamaño de un pastor alemán, pero con pelo blanco y una mancha negra, tumbado en el escenario del teatro de Dionisio, por ejemplo, dándonos el espectáculo de su espalda a quienes estábamos sentados en las bancas.

Uno de los perros callejeros en el Ágora

Atenas sudamericana”

Bogotá bien parece “la Atenas sudamericana”. Pero no lo digo como un halago.

En la Atenas original los taxis son amarillos, como en Bogotá; los carros no respetan las cebras; los buses urbanos supuestamente tienen un horario, pero pasan más bien a deshoras, cuando quieren -a excepción de los del aeropuerto-; hay barrios que es mejor evitar en la noche; hay montañas, pero también pocos parques y árboles y mucho edificio. Además abundan historias sobre estafas y cosquilleo: de ahí que me sintiera un poco paranoica, ansiosa, abogotanada, especialmente en las zonas no recomendadas para turistas.

Y viví una experiencia extraña en un baño público de un parque: tuve la sensación de que podrían haberme violado, aunque nunca nada como esto me ocurrió en Bogotá. ¿Mi imaginación me jugó una mala pasada? Puede que no del todo.

El baño no estaba en buen estado. Ni papel había.

 El de la derecha tenía una bolsa en el inodoro, y hojas, botellas de plástico, basura -después me daría la impresión de que había sido dañado a propósito-. El otro sí funcionaba.

M. me esperó a la vuelta de la caseta, de espaldas y a unos seis metros de la entrada.

Yo me encerré y colgué la chaqueta en el cerrojo oxidado. Al rato escuché que alguien entró. No sé por qué tuve la impresión de que no era una mujer. Caminó de un lado a otro y me sentí en peligro: tuve la certeza de que al salir alguien me taparía la boca y me violaría porque M. estaba relativamente lejos. Entonces me di cuenta de que había un pequeño hueco en la puerta. Moví la chaqueta para taparlo, y después de un momento dejé de escuchar los pasos, el corazón aún acelerado.

Esperé, sin saber si debía alertar a M. con un mensaje de texto. Salí nerviosa a lavarme las manos y volví con M.

Caminamos alrededor del parque, mientras le contaba la historia de terror a M., y descubrí a un hombre en diagonal a los baños, en una banca desde donde podía vigilar quién entraba; el mismo que a veces hacía una ronda alrededor de la caseta.

Cuando lo sorprendimos acechando en su banca, lo observé con rabia e indignación, y él quitó la mirada, incómodo.

Estoy casi segura de que el hombre tenía por “hobby” mirar por el orificio de la puerta. No puedo explicar de otra forma por qué me sentí amenazada por unos simples pasos (eso, o mi imaginación está fuera de control; no obstante la amenaza se sintió muy real).

Luego me encontré también con cerraduras tapadas con papel en las puertas de otros baños, ¿para evitar otros mirones? También había puertas de baños que no cerraban en algunos restaurantes.

Manos inquietas

Vimos personas dándose la bendición simultáneamente, o una después de otra, en el bus y en el tranvía. La cruz empezaba en el ombligo, subía a la clavícula y terminaba con una especie de doble golpe de pecho, o mejor, como una descarga de culpa por encima del hombro: ¿un latigazo a la espalda? Y siempre en la misma calle o estación, frente a una iglesia o algún monumento.

Muchos hombres movían las cuentas de una “camándula” del tamaño de una pulsera en la parada de bus; o hacían chocar las cuentas cuadradas en el metro. Los griegos me habían parecido devotos con sus bendiciones reversas y por eso deduje que las pulseras tenían un significado religioso. Al final del viaje, los vendedores de una tienda de souvenirs aclararon que esas “camándulas” se llamaban “kombolói”, worry beads, y eran simplemente un pasatiempo “para hombres”, para desestresarse. ¿Y las mujeres no lo usan?, pregunté. La mujer dijo que tendría que ser una mujer más bien ruda. Wikipedia dice que ya no solo son objetos usados por los hombres.

Bonus track:

Escuchamos las sirenas: el viento jugando contra una decena de astas en uno de los puertos, como un arpa de boca.

Era noche de tormenta. Incluso en la madrugada, la fuerza de la lluvia y el viento nos despertó. Era el tipo de tormenta que hace pensar en que la calle y el hotel o la casa amanecerá inundado.

El teatro de Dionisio

Dos miradas tristes

perrotriste
Probablemente este sea colombiano, o de una región templada.

El perro podría haber pasado por uno callejero (colombiano): era una mezcla de pastor alemán con alguna “imitación” de labrador pequeño.

Fue extraño verlo sin collar en las calles: aquí los perros no llevan vidas independientes de sus dueños. No se arriesgan a vivir de las sobras de los restaurantes, y menos en invierno.

El animal cruzó la calle con el semáforo en verde, muy afanado. Intentó cruzar otro paso peatonal, pero se acobardó con los carros.

Luego, con la vía libre, corrió hacia el centro comercial y continuó con su paso rápido por la acera. Estaba desesperado. Pensé que su amo se había adelantado en la caminata del mediodía y el perro intentaba alcanzarlo.

Cruzó una cebra más y se perdió de vista. Pero luego volvió sobre sus pasos, perdido, desconcertado, olftateando el rastro de su amo en la nieve.

Tenía el rostro de Karol Wojtyla, aunque con ojeras de color rosa y muy pronunciadas.

Caminaba con un bastón, y se apoyaba en sillas o barandas del centro comercial para tomar un respiro y ayudar a su pierna, ¿la del dobladillo con una hebra, o la otra?

La palabra “Canada” estaba tejida en su gorro blanco con gris: regalo -imaginé- de su hijo o su nieto que vive en Canadá y a quien extraña mucho.

Cubitos de hielo

Hace tanto frío que los enanitos en las calles de Breslavia decidieron ponerse chaquetas y bufandas (aunque, mirándolo bien están poco abrigados: andan descalzos, sin gorro ni guantes para sorportar los -10 grados centígrados de los últimos días en las noches).

enanito

“Le deseo que tenga una Navidad nevada junto a su familia”, me pareció escuchar en una conversación entre un tendero y una mujer en el mercado, el 23 de diciembre pasado.

La Navidad blanca es un anhelo habitual entre los polacos: el regalo perfecto para los días 24, 25 y 26. Por eso hay predicciones metereológicas en los periódicos antes de la celebración. Este año, por ejemplo, se concluyó que la Navidad estaría “fea”: es decir, nublada y lluviosa; en cambio para mí es más feo el hielo.

riocongelado
El río Odra a las afueras de la ciudad

La nieve finalmente llegó dos semanas después de lo esperado, tras las vacaciones decembrinas. Y ahora los patos parecen pingüinos que saltan entre el agua y los bloques de hielo de los canales del río Odra en el centro: hoy un grupo grande de ellos recibía comida bajo un puente, junto a cinco cisnes.