“Non dare papaia” a los carteristas en Roma; más ñapa

Roma. Si imagino que en las próximas horas debo caminar sola o esperar en los alrededores de la estación de trenes de Termini, empiezo a sentirme nerviosa. Termini es famosa por sus carteristas: por el cosquilleo.

Tomada de Google.

La iglesia de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri (Santa María de los ángeles y los mártires), a pocos metros de allí, por ejemplo, tiene un aviso a la entrada advirtiendo: “¡Cuidado con los carteristas!”.

Domingo, 11:50 a.m. Estamos en la fila del bus que nos llevará al aeropuerto de Ciampino, en la vía Marsala 5. Una joven con una maleta de rueditas, una chaqueta y un morral le pregunta a una mujer si la fila es para el bus de Ciampino. Luego abren las puertas del bus con ventanas semi polarizadas y nos subimos los veinte pasajeros. Yo me siento al lado de la ventana.

Solo la joven no se sube. Se sienta en el umbral de un edificio con su maleta a los pies, el morral a un lado, y el abrigo por las rodillas. Está enviando mensajes mientras espera el bus de Fiumicino, el próximo en salir, después de las doce.

Una anciana aparece caminando al lado del bus con una niña de unos nueve años. La mujer lleva una cobija al hombro. Parece vivir en la calle. La niña rueda una bolsa plegable de color verde oscuro con ruedas. Tienen rasgos orientales o gitanos. Pidiendo limosna, se le acercan a la joven: las dos manos a la espera, insistentes, agresivas. No quisiera ser esa joven: estar sentada sola, ahí, en ese momento -si yo fuera ella, estaría nerviosa-. La joven se niega. No les da nada. Parece decirles: No tengo monedas.

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La niña de nueve años empieza a alejarse en dirección de la estación, con el carrito de compras por delante. La mujer se retira dos pasos y se queja, los brazos hacia el cielo, como expresando: ¡Qué voy a hacer, tengo que alimentar a esta niña y no tengo cómo! ¡Pobres nosotras, viviendo en la calle en este frío! Entonces vuelve a donde está la joven del umbral, se le acerca hasta ponerle la mano, o la cobija, por la espalda, y le dice algo (no sé si le desea suerte o la maldice); mientras, aprovecha para agarrar el morral de la joven por debajo de la cobija.

“¡Esa señora le robó la maleta!”, digo en voz alta, indignada. Mi novio se alerta. “Robaron a esa joven”,  repito, asombrada. Él le dice al conductor que necesita salir un momento. Aún no es mediodía, la hora de partida del bus. “¿Tienes todo?”, le pregunta él a la joven. Ella dice que sí, ensimismada en su teléfono. “¿Estás segura de tener todo? Creo que esa señora te quitó la mochila”, intenta de nuevo.

Mi novio se devuelve al bus. No entiende. ¿Quién robó a quién? La joven asegura que su equipaje está completo. Le hablo de la anciana. La joven vuelve a repasar su equipaje: maleta, chaqueta, teléfono, ¿morral? Ya no está.

Va furiosa hasta donde la anciana para recuperar su mochila. Mi novio vuelve a bajar del bus para apoyarla en la denuncia. La niña, me parece, toma el morral por debajo de la cobija, y se lo devuelve a la muchacha.

La anciana y su (probable) nieta se van, quizá caminando con un poco de prisa, por detrás del bus. Nadie llama a la policía. La joven se pone la maleta en los hombros para evitar futuros intentos de robo, para “no dar papaya”, en colombiano, “non dare papaia”, si pudiera traducirse literal al italiano. Como decía mi abuelito: ladrones hay en todas partes.

Tomada de https://www.flickr.com/photos/stevendepolo/4637904620

La semana pasada, en la clase de polaco, uno de mis compañeros contó que, sin darse cuenta, una vez le robaron en Varsovia una maleta con su pasaporte, su dinero, y su tarjeta de identidad; tuvo que pedirle ayuda a su hermana, quien le enviaría dinero por Western Union. El problema: necesitaría algún medio de identificación para recibir la transferencia. Debió ser un robo similar a este, una distracción repentina y ¡magia!, el equipaje desaparece. Si mi novio no hubiera actuado rápido o si nadie se hubiera dado cuenta del robo en Termini, quién sabe si la muchacha habría perdido pasaporte y dinero; tal vez seguiría hoy en Roma, intentando emitir un nuevo pasaporte en la embajada como mi colega de la clase.

Entre otros:

La dependiente o dueña del Tabbachaio, que tiene rasgos orientales y acento italiano, atiende enérgica a los clientes. Estamos allí para imprimir los documentos necesarios en el Comune di Roma. Se comporta a la italiana. Es abierta, extrovertida. ¡Feliz inicio de año!, se despide de sus compradores frecuentes. Y le pregunta a una anciana de baja estatura, ¿Qué tal el fin de año? ¿Le tocó cocinar mucho? A lo que la mujer responde, “¡Ay!, sí”.

Las abuelas italianas, le nonne, son famosas por la cantidad de comida que preparan para las reuniones familiares; sin duda en Navidad y Año Viejo cocinan el doble o el triple para darles gusto a hijos, nietos, y acompañantes.

Tomada de https://pxhere.com/it/photo/1324132

Otro día. Cinco de enero, diez de la mañana. Aunque no hay nubes hace frío. Estamos en el cruce que nos llevaría al Circo Massimo. Hay una mujer oriental vestida de novia, con una chaqueta blanca de pana -que no le hace juego-, acompañada por su amiga al otro lado de la calle. “¡Ma che bella!”, exclama una italiana, junto a sus jóvenes hijos o sobrinos. La novia cruza la cebra y pasa por nuestro lado, alegre.

Auguri!”, dice con una sonrisa la italiana, deseándole buena suerte, y parece como si quisiera alargar un brazo para tocarle el hombro y felicitarla. “Va para la iglesia”, conjetura la mujer. “No”, le responde alguno de sus acompañantes…

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Rybcium, el pe(do)rrito atómico

Debería instaurarse el sistema del perro prestado, así como ahora está de moda compartir casa, comida y etcétera con AirBnb, las neveras compartidas, las bicicletas públicas. ¿O a lo mejor el perro compartido ya existe y estoy desactualizada?

Estuvimos cuidando un perro por unos días. Su nombre viene de una canción folclórica polaca sobre unos zapateros sin dinero, pero con  tiempo, que vagabundean por el bosque y que cantan “rybcium pypcium”. Este perro encarna el espíritu alegre de la canción cuando sale a pasear.

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Rybcium es un perro gigante, una bestia con una trompita de oso. También parece un león con su abundante pelaje amarillo y blanco y sus mechitas rizadas. Tiene unos trece años, y cuando lo dejábamos caminar sin la correa parecía un cachorro -o por lo menos un perro joven-: corría, jugaba con las ramas, se rascaba la espalda contra el suelo o los árboles. El otro día fuimos al bosque Strachociński en bicicletas con él. Si nos le adelantábamos mientras él se quedaba atrás comiendo pasto, venía hasta donde nosotros feliz en un carrerón.

En el bosque le daba por abrir huecos en la tierra para comérsela o moder gusanos, y solía meterse a un estanque cubierto de plantas verdes y lleno de lodo. De modo que salía del agua con las patas y la barriga enlodadas, como si vistiera unas botas y un traje negro en la panza.

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A Rybcium lo dejábamos sin correa en el bosque y a la orilla del río, o donde pudiéramos controlar, en la medida de lo posible, que no hubiera perros. Si lo llevabámos con la correa andaba despacito, despacito, con achaques y tropiezos; y cuando lo soltábamos hacía acopio de todas sus energías y se nos adelantaba un buen tramo. Marcin tenía que correr detrás de él para atraparlo.

Si estaba sucio, Rybcium tenía permiso, o la obligación, de meterse al río, aunque Marcin no lo soltaba porque le daba miedo de que la corriente se lo llevara.

Es un perro inteligente o de una gran intuición. Podía predecir si íbamos a salir a su vuelta, y entendió cuando le dijimos que el arroz que una vez preparamos era para él.

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Marcin medita por lo general en nuestro cuarto encima de una cobija bien gruesa. Cobija que Rybcium, el perro meditador, estuvo usando en las primeras noches ya que la suya en el pasillo era muy delgada.

Una mañana me puse a recuperar sueño porque Rybcium nos había despertado a las tres de la mañana para salir por problemas de diarrea. Así que Marcin se llevó su cobija a la sala para meditar mientras yo descansaba. Una hora después, me levanté al baño, cerré la puerta y oí unas paticas en dirección de la habitación. Pensé que Rybcium había ido a saludarme. Sin embargo, cuando Marcin terminó su sesión, lo encontró en el pequeño “nido” caliente que yo había dejado en la cama. “¿Si tú usas mi cobija, yo uso tu cama?”, le preguntó Marcin intentando sonar serio con su regaño.

Un domingo que lo dejamos solo por unas cuatro horas descubrió el sofá: a nuestro regreso había mechones rubios y algunos pelos rizados. Esa noche además decidimos cerrar la puerta de nuestra habitación porque anteriormente nos había desvelado haciendo ruido y tirándose “pedos atómicos”. Y cuando Marcin se levantó al baño, en mitad de la noche, no lo encontró en el pasillo sino en el sofá, muy avergonzado. Desde ese día disimulaba su antojo por el mueble y no intentaba subirse en nuestra presencia -o nos miraba para pedirnos permiso-. Si estaba trasnochado, no nos escuchaba salir del cuarto, y podíamos admirarlo profundamente dormido y despreocupado en el sofá; o si estaba alerta, se bajaba del mueble rápido, antes de que alguno saliera. De cualquier forma, en las mañanas siempre descubríamos pelusas en el sofácama.

Aprender polaco: gimnasia mental

Llevo poco más de cinco años en Polonia y aún no hablo su idioma de manera fluida. Parece un trabajo de tiempo completo; envidio a quienes supuestamente lo dominan en pocas semanas o meses. No sé si la escuela de la calle, la familia, los amigos y el contexto enseñan más que las aulas. A veces pareciera que sí.

Al inicio pensaba que lograría absorber el lenguaje polaco a punta de visitas a los suegros, televisión, radio y lectura -de periódicos, avisos en edificios y calles, y menús en restaurantes-. Confiaba en estos métodos. Pero no fueron suficientes. Me ahogaba en la laguna de la gramática y sus intrincados, casi malvados y traviesos siete casos (los pzrzypadki): no aprendía la raíz de la palabra, sino alguno de sus disfraces, sus przypadki.

Nuestra cara en la escuela cuando descubrimos una nueva regla o excepción.

Probé un par de veces con tándems de español-polaco con conocidos o desconocidos. Resultó un método sin mucha regularidad: viajes y compromisos se interponen en las clases, últimas en la lista de prioridades.

Hace un año por fin me rendí, y empecé a estudiar en una escuela. El polaco es como una selva. Hay una gran “biodiversidad” de palabras, reglas y excepciones. El lema es: ¡para qué hacerlo sencillo si se puede complicar! Dos masculino se dice de una forma; dos femenino, de otra; no tengo dos en masculino, es otro caso; y para qué seguir, no les voy a decir mentiras, no lo tengo claro.

Quiero compartir aquí* algunas palabras o expresiones que he aprendido, casi sin querer. Escucharlas o leerlas a menudo me transporta al lugar donde las conocí, y por ende, a las historias de estas palabras en mi vida; al cariño que les tengo.

Está nie mam, por ejemplo. No tengo. Muy parecida a nie ma. No hay. ¿Tiene la carta de cliente?, me preguntó una vez una cajera. Dije nie, no a secas. Y ella me corrigió, nie mam. Gracias, Pani cajera.

A las malas aprendí ciclorruta, ścieżka rowerowa –me cuesta trabajo escribirla; sólo sé pronunciarla, si es que la pronuncio bien-. Fue la noche en que una mujer me gritó porque no usé la ciclorruta.

Les debo Ratunek, ratunek!, ¡auxilio, auxilio!, a los juegos de mis estudiantes de nueve años.

O balde, wiaderko, a mi sobrino, que sacaba agua de un cubo para echársela a las zanahorias, calabazas y flores del jardín de mis suegros.

Na drutach, a dos agujas, viene de una exestudiante que teje.

Tajemnica, secreto, misterio, llegó a mi vida mientras hacía una reportería sobre un castillo.

Kask, casco, apareció en un crucigrama mientras visitábamos a la abuela de mi novio.

Świt, amanecer: la hora en que un buen aficionado a la recolección de hongos empieza a recorrer el bosque; gracias a una de mis profesoras por este término.

Mis suegros me enseñaron en un paseo wiedziałam (yo mujer, supe) y widziałam (yo mujer, vi). Hago la aclaración de “yo mujer” porque si un hombre supiera o viera, lo correcto sería decir wiedziałem y widziałem. Mi sobrino de dos años y yo tenemos problemas de género. Él habla como si fuera mujer -porque su papá le habla en su lengua materna, el español, y el polaco le viene de su mamá-. Yo entretanto me dirijo a los hombres, por descuido, como si fueran ellas.

Y mi última adquisición en clase: czarnowidz, agorero. Literalmente significa: el que todo lo ve negro.

¿Hay alguien por ahí aprendiendo polaco? ¿Alguien que aún guarde esperanzas de dominarlo en menos de diez o cinco años? ¿Alguien con problemas para recordar que palabra, słowo en polaco, ni es femenina ni es masculina sino neutra -¿o debería decir neutro?-?

*Quizá actualice la lista con el paso del tiempo.

El tronco del árbol is the new trash can

Hoy fue el World Cleanup Day. El día del año en el que tenemos una excusa para limpiar porque otros países también lo hacen al mismo tiempo. Pero cualquier ocasión es buena para ponernos unos guantes, coger una bolsa de basura y salir a recoger las botellas de vidrio o pedazos de plástico del camino.

Siete personas limpiamos a lo largo de la orilla del río Odra, en el barrio, durante unas tres horas. Entre ellas nuestros vecinos Beata, Teresa, Wiesław y Grażyna, a quienes conocimos hoy, así como Piotrek -compañero de trabajo de Marcin-.

Limpiar es mejor que un día de gimnasio. Hicimos sentadillas. Escalada desde la orilla del río hacia la calle. Carrera de obstáculos entre rosales y otros arbustos malolientes. Y levantamiento de pesas: bolsas que llenamos con botellas de vidrio, plástico, latas, ropa, en fin; también sacos de basura enteros que habían sido arrojados a la orilla del río.

El futuro ya llegó. Desde ya estamos viviendo en ese paisaje árido de basura enterrada que se ve en las películas de ciencia ficción. En el parque de bicicross del barrio, los arbustos, la ortiga y la tierra han devorado bolsas de plástico y latas de comida oxidadas. El plástico es una capa más, junto a las piedras, los insectos y el verde.

Lo peor fue hacer el hallazgo de “islas de basura” en la tierra, pequeños rellenos sanitarios entre los arbustos, dice mi novio.

Nos hubiera gustado limpiar más. Fue una lástima que hubiéramos sido tan pocos los involucrados en el aseo de nuestro río. Quizá falto ser menos tímidos e invitar a la gente en la calle, cara a cara. Esperamos repetir el evento en unos meses y continuar con el fragmento que aún nos hace falta; de allí hoy solo retiramos un coche de bebé sin dos ruedas que yacía en ese lugar hace tiempo.

Quedamos exhaustos. Como si hubiéramos jugado un partido de fútbol, o corrido. Me duele levantarme del sofá. O doblar los brazos.

P.S.: Me picó una garrapata. Este es un bautizo polaco más.

Otras voces:

Sí. Le hablo a usted. Lo vi tomándose su cerveza y hablando por teléfono. Se le olvidó su paquete y su botella, ahí, junto al pedazo cortado de tronco. Orange is the new black, and El tronco is the new trash can.

Tan cool, tú. Tan apresurada. Estás in: llegas a la oficina con tu bolso en una mano, y un café en vaso desechable -dificilísimo de reciclar- en la otra. Y pa’l Instagram. De almuerzo, un granizado con crema en un vaso transparente de plástico con pitillo. Pa’l Face. ¿Y para la cena? ¿Qué plástico a las finas hierbas? Tan cool que se ven el café y el granizado antes de terminar en la caneca.

Nuestro vecino el avión

 

Tomada de https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/4/4a/Delichon_urbicum_-Iceland_-flying-8_%281%29.jpg

Mientras estábamos de viaje, los aviones que montaron su nido en la ventana de nuestro dormitorio se fueron de vacaciones. Empacaron insectos en un par de maletas, una sombrillita de sol, y a volar, aprovechando que los hijos finalmente salieron del nido.

Me los imaginaba en una cascada jugando a mojarse entre las cortinas de agua. Garabateando con sus plumas y colas en el aire: giros y giros que pueden ser eses, espirales, o quién sabe qué.

Aquí los estuvimos extrañando durante un par de semanas. Yo por lo menos ya no tenía pájaro despertador y tenía que contentarme con levantarme tarde o con la ayuda de la alarma del teléfono.

El padre o la madre entrando al nido

Cruzando la calle hay un condominio de nidos de aviones, en el nuevo edificio cercano al río. Allí bailan en el aire docenas de estos parientes de las golondrinas, llevándoles comida a los hijos que aún no se aventuran fuera del nido o simplemente volando alrededor de las casas de lodo, arriba y abajo, como si estuvieran en un carrusel. Planeando y haciendo alharaca por el simple gusto de hacerlo.

Mientras los aviones estuvieron ausentes durante la ola de calor, ningún otro intentó apoderarse de la casa que desocuparon nuestros primeros huéspedes. Hace dos días viene una familia, no sabemos si la misma, en las primeras horas de la mañana. En la tarde, el calor y el brillo del sol en la ventana se hace insoportable y por eso los aviones desaparecen para, quizás, echarse una chapuceadita en el río Odra.

Leímos que los aviones pueden poner huevos dos veces al año. No sabemos si ahora planean una segunda camada. Si empollaran hoy, los hijos nacerían en septiembre u octubre, y tememos que para esa fecha ya tendrían que estar buscando la manera de emigrar, y no ocupados en que los polluelos aprendan a volar.

Dicen nuestras cuentas alegres que levantaron su casa a punta de arcilla y babas en semana y media, y que luego la tapizaron con plumas y pasto seco en un par de días. Al mes nos preguntábamos si estarían teniendo problemas para concebir, porque a pesar de que abríamos y abríamos los oídos, no escuchábamos ningún pío infantil.

Una tarde creí escuchar una tímida voz de pájaro y el sonido crujiente de un cascarón que se rompe. Pero no volví a oír nada raro ese día, ni esa noche, ni esa semana, así que se lo atribuí a mi imaginación.

Finalmente, una noche, los escuchamos hambrientos. No era el tímido pío, o ronquido, o gruñido de pájaro que intenta acomodarse que habíamos advertido en el último mes antes de dormirnos. Tenía un tono nuevo.

Unos días más tarde confirmaríamos el hecho: apareció un avión muy escandaloso en el umbral del nido. Con una observación más cuidadosa resultó que no era uno, sino dos, asomados allí, quejándose de hambre. A veces salía a piar el primero; otras lo remplazaba su hermano (o hermana). Aunque puede que hubiera más crías adentro. No era posible saber exactamente cuántos eran: entraba el padre, salía la madre, o al revés. Y dos cabecitas se apretujaban en el estrecho orificio “a prueba de niños” para contemplar a sus padres, el parqueadero, los árboles, el cielo o la gente rara esa que los examinaba a través del vidrio.

En otros momentos aparecía la cola de alguno por fuera del nido, y muy delicadamente hacía popó; entonces el desecho caía en nuestra ventana y en el alféizar exterior, y a pesar de que hubo una sesión de limpieza, aún hoy se erige como regalo y monumento de los aviones fundadores.

Misión (casi imposible): plástico cero

Desde hace casi dos meses estamos dejando el plástico. En otras palabras: ya no compramos frutas ni vegetales congelados, ni botellas de agua, ni granos que vengan en bolsas plásticas o en materiales no biodegradables.

El cambio empezó con la intención de ahorrar en la compra compulsiva de congelados, que era la mayor carga en nuestro presupuesto semanal: estábamos consumiendo por semana unos diez paquetes. Pero nos pusimos a leer sobre el tipo de plástico en el que conseguíamos nuestras bayas para el desayuno y vegetales para comidas rápidas, y descubrimos que venían empacadas en el número 7, uno de los menos recomendables, sino uno de los más tóxicos y que menos se reciclan.

Podríamos haber seguido cada semana con ese ritmo o haber decidido comprar menos. ¿Por qué ser tan radicales? El plástico después de todo se recicla, ¿no? Tristemente, solo un porcentaje menor llega a tener una segunda vida. La National Geographic hace referencia a un estudio según el cual solo se ha reciclado un 9 por ciento del plástico producido desde hace décadas, mientras otra investigación dice que actualmente solo se recicla un 5 por ciento de este material.

Basta con echar un vistazo a los contenedores de basura destinados a plásticos: a veces están casi vacíos, mientras los contenedores de basura general están a rebasar con botellas de agua y bolsas de chucherías. Según la National Geographic, para 2050, “los océanos contendrán más desperdicios plásticos que peces”. Pero no es una afirmación exclusiva de esa revista. Ya casi es un lugar común en películas y redes sociales para llamar la atención sobre la magnitud del problema.

Querer llevar una vida sin plástico parece imposible. Está omnipresente en cosméticos, aparatos electrónicos, condimentos, cinta pegante, ropa, zapatos, bolsitas de té, comida para llevar. Donde usted menos se lo imagina, ahí está, latente, así sea como un cinco por ciento de nylon, un 8 por ciento de viscosa, un sticker con un código de barras o papel laminado en el café para llevar.

Por eso el cambio solo puede ser gradual. Nosotros empezamos por la compra semanal de comida. Ahora conseguimos granos y harinas al granel en Bez Pudła, la primera tienda de cero residuos de Wrocław. No queda cerca de nuestro barrio, pero está en el centro, tiene productos para veganos y por eso nos las arreglamos para ir unas dos veces al mes, con bolsas de papel y de tela, y frascos de vidrio.

Tomado de http://www.cuerpomente.com/ecologia/medio-ambiente/cuanto-tarda-desaparecer-tu-basura_970

También probé a producir mi propio desodorante con una receta de la página Mama Wellness y la fórmula resultó mejor que cualquiera en el mercado. Estuve buscando este tipo de desodorante toda la vida.

Hace poco además se nos acabó la crema de dientes. Conseguimos un pequeño frasco con tapa plástica qué le vamos a hacer- con un polvo que huele a salvia y es tan dulce y sabroso como cualquier otro dentífrico. En la lista de cosméticos por reemplazar siguen jabones y champús.

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Ahora cargo una botella de acero inoxidable, que lleno con agua de la llave en el apartamento y en la oficina. Y las últimas botellas de plástico que usamos en febrero están en un rincón de la cocina esperando a convertirse en contenedores para plantas o quién sabe qué otra cosa.

Confieso que a veces me siento ridícula con estos cambio. Me he preguntado si simplemente estamos siguiendo una moda. Tal vez soy un estereotipo con la bicicleta, el veganismo y la reducción de residuos. Pero estoy convencida de que decidir no participar de la compra de plástico tiene un impacto real en el medio ambiente. No necesito ver películas sobre las islas de plástico (o de microplástico, más bien) en altamar para convencerme del problema. Veo basura a diario, casi al pie de donde vivo, a la orilla de un río.

El viento fácilmente puede juguetear con botellas que luego terminarán en el río, y de ahí llegarán al mar. O en el mejor de los casos, la brisa puede acomodar las bolsas en las ramas de los árboles como un desgastado y sucio adorno de Navidad. No quiero ser parte de eso aunque me sienta un poco loca.

¿Cómo sobrevivíamos antes? ¿Era la vida más engorrosa sin plástico? ¿O éramos más felices, llevábamos una vida más pausada? No lo sé. En todo caso, y por superficial que suene, ¿no es el plástico más bien feo?

A veces imagino que los humanos del futuro, en unos 400 años, se toparán con nuestra basura plástica en sus excavaciones arqueológicas. Quizá los museos del siglo XXV exhiban nuestras botellas y envases como muestra del avance (o retroceso) de la civilización.

Diferenciar las escalas de frío o cómo convertirse en cubo de hielo en ‘bici’

Hace dos semanas tuvimos nueve días de temperaturas gélidas. En la aplicación del teléfono, o en AccuWeather, denominaron el frío más frío como “bitterly cold” (que se traduce como amargamente frío).  Ya sé qué se siente estar a -10 ó -11; y más que eso, qué se siente, según la sensación térmica, estar a -20 (¿o quizás a -30, por el viento generado al pedalear?).

El paseo en bicicleta de una hora, de la casa de mi estudiante a mi apartamento, a -10 me espantó las ganas de salir a la calle por dos días. A la mañana siguiente estuve inicialmente vigorizada, pero después de dos horas empecé a sentirme cansada; y ni me animé a salir para la clase de polaco porque eso implicaba estar de nuevo a -10, o menos, en la calle, después de las ocho de la noche.

Los polacos continúan con su vida en esta temperatura. No se abstienen de ir a clase o a la oficina solo porque hace muchisisísimo frío. En cualquier caso, están dispuestos a saltarse las reglas con tal de no pasar mucho tiempo afuera. La noche de mi experimento polar casi no había peatones, y los que estaban por ahí corrían, caminaban rápido y cruzaban semáforos en rojo.

El frío de -20 es un frío que duele. Duele la nariz al respirar ese aire. Duelen los dedos de los pies, que después de cuarenta minutos de camino ya ni se sienten, y parecen una roca, especialmente si usted no está bien preparado, es decir, si no tiene al menos dos pares de calcetines puestos. Y si las manos pasan mucho tiempo fuera de los guantes, porque se desanudó el cordón del zapato o hay que sonarse, lo mejor es actuar rápido, para no terminar con las manos resecas, rojas o doblegadas por el dolor.

Esa noche mis pies resultaron quemados o hipersensibles. Llegando a los barrios aledaños, dejé de sentir un dedo del pie (claro que a -8 tampoco también dejé de sentirlo en otro par de ocasiones). Alcancé a asustarme pero afortunadamente no pasó nada. Una vez en casa me quité los zapatos y me puse unas medias limpias y secas, para calentar los deditos rojos y helados. Ya con los nuevos calcetines, la piel se sentía sensible al roce de la textura, casi como si el tejido me hiciera cosquillas.

Después de cambiarme la ropa, lo mejor fue tomar té caliente. Creo que nunca había sentido el té bajar por mi estómago y calentarme como esa noche -en otras palabras, tuve la impresión de poder ver, literalmente, una bola caliente bajando por el esófago- ; además estuve muy agradecida de poder tomar algo caliente.

Por fin me gradué como conocedora de las escalas de frío de este país. Dos grados centígrados se sienten templados, casi cálidos, en comparación con -10 ó -20. Luego, -5 puede contar como frío, o un poco frío. Pero el frío real solo se siente cuando la temperatura baja a -10 ó -15.