Vege-tiranos estrictos

Estás convencida de consumir una dieta muy saludable: con hortalizas verdes, y crucíferas, y vegetales, y cereales integrales, y champiñones, y leguminosas, hasta que un día te enfermas del estómago (por estrés o por algún bicho en la ensalada), justo durante la entrega de exámenes finales de la universidad.

El malestar no quiere ceder. Meses después, probando una y otra cosa sugerida por dr. Google para regular tu sistema digestivo, te descubres como un cliché: eres Rawvana, y quién sabe qué otras youtubers, que pierden su período por una mala dieta vegetariana. Te sientes rara, sin energía, irritable, ansiosa, deprimida. Tus manos están resecas, el pelo se te cae, cualquier conversación es motivo de pelea, y una tarde, antes de tu primera cita virtual con una nutricionista, descubres en la báscula una cifra que nunca has visto en tu vida adulta, o que no recuerdas; una cifra de tus años de colegio. Es el momento de alarma.

¿Cómo perdiste el rumbo?

Te has atiborrado de información en lugar de comida por miedo de ir al doctor en medio de la pandemia. En internet, tus médicos-gurús nutricionales promulgan dietas a base de plantas y recomiendan dosis nulas o muy bajas de grasas -nueces, aguacates, aceites -. Así que tú, cuidándote de una enfermedad del corazón o una enfermedad renal imaginaria, por esos síntomas variados que tenías y que dr. Google te diagnosticaba, decidiste disminuir las nueces, ignorar los aceites, y obviar el aguacate, porque era imposible comprarlo de buena calidad. Y adicionalmente has disminuido leguminosas, has restringido y restringido porque sientes que todo te hace daño.

¡Un aplauso por favor! ¡Has creado la receta perfecta para enfermarte con una dieta vegana!

“Abstenerse carnistas”

El año pasado estuve buscando un “piso” para compartir en España. Mi yo ortoréctico estaba seguro de que me enfermaría con las toxinas de una cocina omnívora (salmonella, el humo de las carnes, etc), y escogí unos compañeros veganos obsesionados con ayudar animales. Como su anuncio era agresivo (“Abstenerse carnistas”) y duró varios meses disponible, yo estaba segura de que estaban teniendo problemas para encontrar una persona que llenara su larga lista de requisitos (100% vegana y anti-especista, etc). Para esa época, las habitaciones disponibles a buen precio escaseaban y, aunque tenía mis dudas sobre el lugar, no encontré mejores opciones.

Abro paréntesis. En principio, no me considero una vegetariana animalista. Me convertí al veganismo por salud -se lo debo a Michael Greger y su libro Comer para no morir– y no tanto así por razones éticas; esas vinieron luego. No publicaba en el muro de Facebook o de Twitter fotos o películas de animales en mataderos. Dejaba comer en paz a otros y tampoco peleaba con mis amigos para hacerlos cambiar de opinión sobre sus hábitos alimenticios. En contraste, los dos compañeros de piso que pusieron el anuncio y subarrendaban eran vege-tiranos, y discriminaban a quien pensara distinto. En su escala de valores, la ideología vegana anti-especista era superior, más moral y correcta, que la de un vegetariano; mis motivos para ser vegana -que nunca les revelé- les habrían resultado detestables. Vivíamos con ellos un vegetariano extranjero y yo, tres gatos, unos cuatro conejos y un par de ratones.

En una de esas discusiones de chat por Whatsapp por quién no limpió aquello, o quién es el más sucio del piso (si los humanos que se van de vacaciones, o los animales rescatados de la calle), salió el insulto de “fucking vegetarian”. El aludido respondió con maestría, ¿no sufren más sus animales en medio de la porquería cuando ustedes se van de viaje? En efecto, cuando los dueños de las mascotas salían a otra ciudad, les dejaban un comedero automático dañado a sus gatas, y la sala parecía una granja; el suelo manchado de sangre y lleno de pienso y mierda de conejo; paja y pelo de animal revoloteando. Los conejos normalmente estaban en el balcón, pero si llovía, “pobrecitos, se van a congelar, mejor entrémoslos”.

Lamento mucho haber escogido ese piso. Terminé enterándome, una vez instalada allí, y después de haber pagado el depósito, que en mi habitación había vivido un gato de la calle enfermo con toxoplasmosis.

Si esos compañeros veganos supieran que volví al huevo, sería para ellos una “fucking vegetarian”.

*

Alguna vez tuvimos una discusión memorable con mamá: ella me decía que yo era de extremos, quería o todo o nada. Aunque me dio rabia su manera de catalogarme, tenía razón. Ser (o haber sido) vegana es un ejemplo de mi radicalismo.

¿Le temes a la oscuridad?

Le rehuía al primer piso de mi casa de infancia a esa hora. Bajaba por un vaso de agua, o una chocolatina, o sabrían mis perra a qué, y evitaba darle una mirada a la sala. Me imaginaba al espíritu de mi abuelita en el sofá, observándome. Le temía a la oscuridad de ese salón; a los fantasmas imaginarios o reales.

Conforme crecí, me asustaban las calles de mi barrio en Bogotá: la 100 con cra. 68 después de las 9 de la noche; el caño, o canal, a las 11 p.m., después del Ciclopaseo de los Miércoles. Si iba a pie, me imaginaba a ladrones sorprendiéndome entre las sombras del parque o a la vuelta de la última cuadra; todo por la experiencia de haber escuchado alguna vez los gritos de “¡ladrones, ladrones, cójanlos!”. Era una zona solitaria con oficinas y locales ubicados en antiguas casas residenciales, un barrio que colindaba con puentes vehiculares y peatonales, y un caño.

A dos ruedas, el miedo era proporcional al valor de la ‘bici’. Con la plegable mi ansiedad se disparaba. En cambio con la de mi papá, una todo terreno negra sin ninguna gracia, sin ningún atractivo para ladrones -sin llantas ni frenos ni platos de marca-, me sentía un poco más segura. En todo caso, el mejor antídoto, la garantía de protección, me la daba la compañía de un hombre. “Si estoy con ellos a las dos o cuatro de la mañana”, pensaba, “nada me puede pasar”.

Pero si ahora mismo me dieran a escoger entre qué prefiero, atravesar sola una calle oscura andando o montando bicicleta, escogería la compañía de la cicla. Me daba y me da una sensación, falsa o no, de seguridad (en estos tiempos se escapa más fácil de alguien que tose, por ejemplo).

Donde ahora vivo hay puentes y caños, aunque estos últimos no tienen la connotación negativa de Bogotá: no huelen a huevo podrido, no hay grafitis ni chulos (zopilotes), y están habitados por castores, cisnes, peces y ramas de árboles. Hace años restauraron esos canales, contaminados además por los químicos de la II Guerra Mundial, y los transformaron en senderos que recorren la ciudad casi de extremo a extremo (se pueden andar fácilmente durante por lo menos 14 kilómetros alrededor del río Odra). De noche es un sector solitario y completamente oscuro; las luces rojas y amarillas de un cementerio titilan a un lado, como si fueran adornos de un árbol de Navidad que yace sobre la tierra.

¿Y las luces?

No me gusta mucho montar en ‘bici’ de noche junto a las luces de los carros; como a mi papá, mi pá, esos focos me ciegan; los postes en algunas avenidas no alumbran lo suficiente (y el astigmatismo o miopía empeoran el problema).

Hace un par de años tuve mi primera accidente grave. Fue más o menos por esta época. Los días se estaban acortando y acortando, el atardecer cada vez más temprano, y la poca luz que había a esa hora la semana pasada, estaba extinguida ya a la semana siguiente. Un día, después de una tormenta o una lluvia copiosa, tropecé con una rama de un árbol en el camino por no llevar luz delantera. Me caí, me lastimé las rodillas, y en mi peor momento de angustia pensé que no podría volver a montar cicla.

Debería abogar aquí por llevar siempre, sí o sí, luces delanteras y traseras. Sí. En las calles sí. Pero no sé si la potente luz blanca de mi bicicleta realmente sirve para ver a la gente corriendo o caminando por la noche alrededor del río, o en áreas de oscuridad total. Lo que para mí es potente, puede ser apenas una percepción. Con todo y la luz encendida, por poco y atropello a una pareja en la noche de las Perseidas.

Lo curioso es que, con la luz apagada en los canales de la ciudad, puedo ver mucho mejor quién está adelante. Eso, o ando con más cuidado, de menos afán.

En medio de la pandemia, rodeada por una hidra de inseguridades -y si me enfermo en el médico, y si aquella tosiendo tiene el virus, y si aquel estornudo me infecta, y si… -, decidí emprender una “terapia de oscuridad” en los canales para vencer mi miedo de tropezar con alguna piedra, o con alguna rama; el miedo en cualquiera de sus envases. Circulo sin luces, camino sin linterna.

 

Fríjoles veganos de cuarentena

Comer vegano, o reducir el consumo de carne, es comer sano. Comparto una de las preparaciones de esta semana para dos personas (puede alcanzar para unas dos o tres porciones; depende de su apetito).

Ingredientes:

  • Pizca de cúrcuma
  • ¼ cucharadita de pimentón ahumado
  • Dos hongos shiitake secos y su caldo. Se pueden reemplazar por champiñones normales, pero creo que estas setas le dan muy buen sabor a la receta. Aunque lastimosamente veo que el precio de los hongos secos es exagerado.
  • 1 diente de ajo machacado
  • 1 trocito de cebolla roja cortado en cuadritos (o puerro o cualquier otro tipo de cebolla)
  • Un pedazo de jengibre rallado (del tamaño de un pulgar o al gusto)
  • 1 trozo de pimentón rojo
  • 1 cucharada de ají (o menos, al gusto)
  • 1 hoja de laurel (o dos pequeñas)
  • 1 1/2 taza de fríjoles rojos previamente cocidos
  • 1 trozo de hinojo (o supongo que se puede remplazar con apio)
  • Media batata (supongo que se puede remplazar con zanahoria)
  • Media taza de calabaza (se puede sustituir con más zanahoria)
  • Sal y pimienta al gusto
  • Preparación:

1. Lavar los hongos shiitake y remover impurezas.

2. Hervir agua en una olla y pasarla a un recipiente de cerámica o de cualquier otro material (no de plástico). Se meten ahí los hongos shiitake y se tapan por 20 minutos (los hongos flotan, así que se deben cubrir con algún otro recipiente o tapa para que se vayan al fondo y se hidraten). Cuando pasen los 20 minutos, sacarlos y cortarlos. El agua se reserva para añadirla a la olla.

2. Lavar y cortar los vegetales en trocitos o como se prefiera; el tallo de las setas se descarta porque es muy duro.

3. Yo no uso aceite por salud, así que “frío” en agua (pongo un chorrito de agua en lugar de aceite; sin embargo, hay que poner agua constantemente para que no se queme la comida). Así que, para empezar, poner agua o aceite a fuego alto para cocinar en orden de entrada, el ajo, la cebolla, el ají y el jengibre. Revolver. Añadir un poco del caldo de los hongos.

4. Añadir los condimentos. Revolver un minuto o dos, o hasta que la cebolla se dore.

5. Añadir el hinojo (o apio), el pimentón y los hongos. Revolver y esperar un minuto o dos. Añadir agua de ser necesario.

6. Agregar la batata, la calabaza y los fríjoles.

7. Añadir agua suficiente para que se cocinen todos los ingredientes. Cuando hierva, bajar el fuego y cocinar por 10-20 minutos con la tapa.

Smacznego!  ¡Buen provecho!

Huyendo (un máster en angustia)

Día 12 de cuarentena. Estoy de regreso en Wroclaw.

Cuando me cancelaron las clases en la noche del jueves 11, mi novio me buscó un vuelo para ya, para lo más pronto posible: el sábado. Yo estaba reticente: quería irme el domingo para poder despedirme de mis amigas porque nos íbamos a encontrar el fin de semana. Pero ni tiempo hubo de vernos una última vez. El viernes nos íbamos a encontrar para entregarles la comida que me sobró. Nos pusimos cita en la casa de C.A. Yo le había pedido además que me dejara quedar allá esa noche para llegar más fácilmente al aeropuerto. Su compañera de apartamento, sin embargo, le rogó llorando que no llevara visitas. C.A. empezó a escribir en nuestro grupo de Whatsapp que el presidente declararía muy pronto el estado de alarma y la cuarentena, por lo que salir a la calle podría volverse problemático.

Asustada, salí en esa tarde de viernes al aeropuerto, a Sevilla Este. El vuelo partía a las 7 de la mañana del sábado. Les dejé la comida a mis compañeras de apartamento. No sabía si podría tomar un bus desde mi barrio, en Los Bermejales, hasta la estación de buses y de allí al aeropuerto, a la madrugada, así que decidí pasar esa noche en la sala de espera. Necesitaría de mucha suerte para llegar a Polonia sin inconvenientes. La preocupación era que desde la medianoche del sábado el país cerraría fronteras y únicamente ciudadanos polacos, o casados con polacos -o con un documento que no tengo- podrían entrar; yo solo tenía una hora de escala en Portugal, de modo que si perdía esa conexión, se me podía escapar la oportunidad de regresar pronto a casa.

Aunque la oficina de información del aeropuerto estaba cerrada, al otro lado de la puerta de cristal se veía a una mujer tecleando frente a una pantalla. Atendía al público por teléfono. ¿Cerrarían el aeropuerto en la noche? No, dijo, al otro lado del cristal. A menos de que el presidente lo ordene. Por fortuna no decretó tal cosa. Los restaurantes y cafeterías sí dejaron de atender al público, muy temprano, desde las 6 ó 7 p.m., supongo que como medida sanitaria ante el anuncio del estado de alarma.

Me acomodé en las sillas contiguas a los baños. Cerca estaban los dispensadores de gel antibacterial, y un enchufe. Pasajeros con tapabocas o sin él se acercaban, como yo, obsesivamente, para limpiarse las manos.

Hacia las 10, ó quizá antes, llegó un extranjero con un carrito y una maleta. ¿Un habitante de calle, o un “sin techo”, como se les conoce en España? Empezó a limpiar con el gel y toallas de baño la barra del carrito. Volvió a poner la mano debajo del dispensador y limpió las posaderas, respaldos y partes metálicas de tres o cuatro sillas con diligencia, varias veces. “¿Me cuida esto?”, me dijo con un acento rumano, tal vez, y salió a la calle. Regresó con cartones. Los limpió y luego los puso en las sillas. Se sentó, sacó una almohada, subió una pierna, la otra no tocaba el piso, y se acomodó a ver vídeos y a hablar con su familia por videollamada. Antes de irse a dormir -yo me había ido a otra ubicación para darle espacio– se puso un pijama azul encima, y lo vi buscando en su maleta una toalla y otra ropa blanca que le sirvieron de sábanas para su “colchón”. Colgó también otra prenda en el carrito para protegerse de la vista de curiosos, y metió su maleta azul detrás de la hilera de sillas. Nadie lo robaría. Después de la medianoche regresé a donde estaba el señor: descansaba con una cobija encima, sin cubrirse del todo. Eso sí que es ser experto en dormir en aeropuertos. Yo lo hice sentada, sin ningún tipo de manta -pero sí con muchas capas de ropa -, y con la maleta como cojín.

A las 11 el aeropuerto estaba desocupado. Si acaso había siete personas a mi alrededor. Fue llenándose hasta la madrugada, sobre todo con grupos de las fuerzas armadas: hombres y mujeres de unos 20 años con maletas de campaña, que ocuparon sillas o el mismo suelo, y que se iban a descansar durante 15 días a sus casas. “No alcancé a empacar todo”, decía uno. Otro par estuvieron dos horas reordenando mochilas. Al parecer iban hacia Tenerife.

Cada hora, o quizá con mayor frecuencia, la aseadora pasaba ronda por los baños con su sonoro carrito. La estuve viendo merodear desde las cinco y hasta la una, o quizá hasta más tarde. Su familia le preguntaba por teléfono si estaba usando guantes. Ella decía que sí, aunque no tenía. En uno de sus paseos, la miré entredormida como diciendo, ¿todavía por aquí? Ella me sonrió y me deseó “Buenas noches”.

A las 2 a.m., todavía se  escuchaban las risas de los soldados. Como había pocos enfuches, alguno de ellos había desconectado la única máquina dispensadora de agua disponible y había enchufado allí su teléfono. Que se acabe el agua pero no la batería.

Las conversaciones y risas se ahogaron a las 3. Casi todos dormíamos. La actividad se reactivó a las cinco. La cafetería abrió y por fin pude comprar agua.

Cuando fui a entregar la maleta, la auxiliar de vuelo me puso trabas por no tener la tarjeta de residencia de Polonia. Le mostré mi tarjeta sanitaria y luego, en el teléfono, los documentos que había olvidado aquí (una tarjeta de residencia sin foto y un papel con un número de identificación). La mujer estuvo revisando si los españoles aún tenían entrada a Polonia; leía y releía un papel oficial según el cual las personas que provenían de España tenían prohibido el acceso a Estados Unidos. Le dije con firmeza, segura, “yo vivo allá, tengo seguridad social allá”. Respondió entre dientes que sería problema de las autoridades polacas si luego no me dejaban entrar.

El avión despegó con un leve retraso. Ya en Lisboa, el piloto estuvo buscando dónde parquear, durante media hora -o eso pareció-. Estaba desesperada. ¿Conseguiría hacer la escala? ¡El abordaje empezaría en diez minutos y yo aún estaba en el bus! Por fortuna la puerta para Varsovia no estaba lejos. Si hubiera estado en otra terminal no habría conseguido volar a tiempo.

Ya sentada en el avión, junto a unas polacas jóvenes con tapabocas, el piloto nos informó que había un problema de seguridad con una de las puertas. A los cinco minutos nos permitieron despegar. Dormí casi todo el camino. Antes de dejarnos salir del avión, en Varsovia, los agentes de inmigración nos pidieron quedarnos sentados mientras nos tomaban la temperatura. Debíamos además llenar unos formularios con información de domicilio, número de vuelo, número de asiento y teléfono de contacto. No hubo ningún otro control después. Si hubiera llegado después del 13 de marzo a Polonia, esta cuarentena que hago (voluntariamente) tendría que haber sido obligatoria: entonces habría tenido que estar pendiente de asomarme a la ventana cuando la policía me lo pidiera.

Wrocław: Rynek bez turystów. Restauracje zamknięte | Gazeta Wrocławska
Foto de la plaza de Wroclaw. Tomada de https://gazetawroclawska.pl/wroclaw-rynek-bez-turystow-restauracje-zamkniete/ar/c3-14857673

No sé. No logro concentrarme.  La marea de noticias del virus arrasa con cualquier intento de estudiar. Esta entrada es un logro de escritura. Quiero desconectarme de las malas noticias. No saber que la ONU dijo que podría haber escasez de comida en unas semanas. Olvidar las imágenes de cientos de personas a la entrada de TransMilenio en Soacha este martes. Ignorar que los hombres y los mayores de 60 son población en riesgo. No temer por mi papá, mis tíos, primos y abuelos. Quisiera decir que he podido aprovechar estos doce días para hacer trabajos. Me he saturado de información; me he convertido en estudiosa de las noticias del virus (¿se vale cursar un máster en seguimiento de noticias? ¿un máster en angustia?): la población mayor corre más riesgo en tiendas; la joven, en universidades. Y es mejor usar guantes, y cambiarse de ropa al regresar de la calle. Y poner en cuarentena los plásticos durante tres días, o desinfectarlos. Y, y…

Ejercicio mínimo

Y te fuiste con una mujer mayor. Dime, ¿te mantiene ocupado? ¿Eres relevante en su casa? Perdona que te llene de preguntas. Me preocupa tu porvenir en una nueva familia donde no eres más que un recién llegado, un trasto más. Guardo como un tesoro nuestros días juntos en Roma y en Londres. Fuimos felices. En todo caso, tu hermano gemelo te envía saludos desde Polonia y todos desde aquí te deseamos una feliz nueva vida. Por cierto, no fue mi intención lo que ocurrió entre nosotros. Sé que tampoco fue tu culpa. Ella, ya sabes, te llevó por error a donde su suegra, y piensa que puede reemplazarte.

Te extrañamos, táper.

Tuyos,

M y V

Abrazar la música, abrazar vinilos

¿De dónde vienen los niños?, nos preguntábamos de pequeños. Y ahora bien podríamos preguntarnos ¿de dónde vienen los discos? Puede que de una fábrica a miles de kilómetros, en República Checa, Alemania, Estados Unidos o Canadá.

La música del tocadiscos va desapareciendo entre los ruidos de la máquina de café y las órdenes de la cocina en un local dedicado a los vinilos. Las conversaciones se mimetizan y entremezclan con el sonido del saxofón de John Coltrane, mientras The Clash supervisa desde la pared quiénes entran al negocio. Ocurre en una ciudad de Polonia, pero bien podría suceder en RPM Records en Bogotá o en cualquier otra ciudad en el 2019.

Es difícil imaginar cuánto han viajado los discos de John Coltrane o The Clash para llegar hasta este café, o dónde fueron impresos. Las portadas pueden contarnos si son de Universal o de BMG, si “nacieron” en 1983 ó 2016; pero no nos dicen si les tomó dos o tres días a una fábrica en República Checa, al otro lado del océano, para hacer la música materia, y convertirla en acetato de colores.

Discos de colección de GZ Media.

La gente no compra los discos por el pedazo de plástico, sino por el contenido. El dueño del producto es la casa discográfica”, dice Zdenek Pelc, propietario de GZ Media, una de las pocas compañías que continuó fabricando vinilos a pesar de la caída de la demanda a mitad de los años noventa.

Decidí que si los discos debían de morir, mi fábrica sería la última en Europa en descontinuarlos”, cuenta Pelc, cuya empresa es líder en fabricación de acetatos en el mundo.

La esperanza que puso el señor Pelc en los vinilos valió la pena yen el 2012 de repente hubo una gran demanda” que superó sus expectativas y que lo obligó a crear nuevas máquinas de prensado. Para mediados de agosto de 2016, los acetatos de Pelc estaban en uno de sus mejores momentos: GZ Media vendió casi 30 millones de discos –dos veces más que a inicios de los años noventa-, compró una compañía en Estados Unidos y planeaba empezar operaciones en Canadá. El vinilo tiene futuro. Probablemente no para siempre, pero seguro que sí en los próximos cinco años”, comentó Pelc en una entrevista en 2016.

Zdenek Pelc en su oficina en Lodenice.

¿Por qué regresó el disco de vinilo? “Es una pregunta difícil”, dice el propietario de GZ Media, en su fábrica en Lodenice, no muy lejos de Praga, la capital checa. “No lo sé con exactitud. No hay ningún estudio que lo explique. Tal vez haya demasiada música en versión electrónica de internet que no puedes tocar (…), si a alguien le gusta un artista o cantante, quiere tener esa música a la mano, y por esa razón el disco de vinilo es mucho mejor que un pedazo pequeño de vidrio, como los CDs. El vinilo se puede tocar, y eso a la gente le gusta”. ¿Casi que se puede abrazar? “Sí, como los libros. Hay muchos en versión electrónica, y aún así la gente continúa comprando libros en las tiendas”, responde Pelc.

En 2016, esta empresa checa producía unos 160 títulos por día. El propietario de GZ Media no tiene idea de qué títulos salen de su manufactura porque cada álbum es un número en su Excel. Y buscar la información de qué músico está detrás de cada código “es como un trabajo de detective y no tengo tiempo para eso”, dice Pelc, pragmático. Únicamente quienes trabajan en el estudio de sonido acceden a esa información.

GZ Media produce también DVDs, CDs, y diversos empaques, y su trabajo pareciera invisible. A solicitud de los brókeres, prácticamente no hay rastro alguno en los discos sobre qué fábrica específica los produjo. El “hecho en Estados Unidos” o “hecho en Alemania” omite la historia completa. Incluso la caja con dobleces de nuestro celular puede que provenga de la misma planta, en República Checa, que fabrica, en su gran mayoría, los discos y empaques de música para Universal.

“Ponemos algunos códigos de barras en la etiqueta. Así puedes reconocer, si sabes cómo, si el producto es de GZ o no. A veces preferimos (poner) ‘producido por GZ Media’, pero a algunos clientes esto no les gusta”, agrega el presidente.

Labor manual

“Como tantas manos tocan el disco antes de que esté listo, este realmente es un producto hecho a mano. Tal vez por eso el disco de vinilo tenga tanta popularidad”, dice Jana Plotová, gerente de ventas y relaciones públicas en GZ Media.

Un disco de vinilo puede tomar hasta tres días en estar listo en la fábrica del señor Pelc. El CD, por otro lado, les toma horas. El “parto” del acetato tiene diferentes etapas en Lodenice. Primero ocurre la masterización. El método de masterización preferido por ellos, por ser más rápido y eficiente, usa la tecnología de DMM (Direct Method Mastering, es decir, masterizado directo al metal). Esta fábrica tiene en su poder cuatro máquinas casi únicas (de 24 que se produjeron en el mundo) que funcionan desde los años noventa y que han sido actualizadas para continuar operando. Podrían parecer objetos de museo, si no fuera por las pantallas planas y los teclados de computador encima de las consolas.

La máquinas de corte son además valiosas y delicadas. Parecen un tocadiscos con un microscopio. Hay que acercarse a ellas con cuidado, casi sin respirar; porque cualquier movimiento o roce mientras trabajan puede alterar el futuro sonido o el aparato mismo.

Máquina de corte de DMM

Durante el proceso de masterización, el operador de la DMM revisa la configuración del sonido, prepara el plato de corte, que es de cobre y tiene la forma de un vinilo, examina por el microscopio la calidad del plato y si todo está en orden, una aguja de diamante terminada en V y avaluada en mil euros, empieza a cortar las pistas en sincronía con la música. Cada diamante puede cortar 20 títulos, o 200, depende de la calidad del diamante, la calidad del cobre, los parámetros y la música. A veces es una lotería. Este que ves aquí ha cortado 91 horas, pero esperamos que alcance para 300”, dice George, ingeniero de sonido de la fábrica.

El señor Vesely, uno de los operadores de DMM en la sala de masterización.

Tras este paso, el disco de cobre, ahora con ranuras en la superficie, recibe en otra área de la fábrica un baño químico en un líquido verdusco compuesto de níquel y de otras sustancias; de este último proceso resulta un negativo de color plateado que será pulido y recortado en la siguiente sección.

El negativo, ya cortado y pulimentado, podrá transformarse en un vinilo negro o en uno de colores. En el primer caso, el negativo pasa por la sala de prensado automático, con sus máquinas del año 2010. Mientras que en el segundo recorre la sala de prensado manual con sus máquinas sexagenarias.

Aquí la máquina prensa el disco a “100 toneladas de presión y a una temperatura de 160 a 200 grados centígrados”, comenta Jana en medio de un gran ruido de máquinas. Estamos en la zona donde los negativos se convierten en vinilos de color: se ve a los operarios poniendo el negativo dentro de las máquinas, luego una etiqueta, encima el compuesto de vinilo y por último otra etiqueta. El compuesto, que ellos llaman ‘cake’, como pastel en inglés, parece una apetitosa rosquilla azulada o amarilla o roja con punticos. Jana explica que si se quiere crear un disco de diversos colores se combinan varias “rosquillas” y agrega que el compuesto de la fábrica es una receta secreta que protegen de los chinos por miedo a que les roben su fórmula.

Como datos curiosos, las etiquetas deben someterse a un secado bajo 109 grados centígrados por unas 24 horas. Y los trabajadores deben asegurarse de que no les quede ni una gota de agua porque de otra forma, la prensa podría “distorsionar o romper el pegamento”.

Tras el prensado, los bordes de los discos deben ser recortados por otros aparatos. Finalmente, un grupo de ingenieras controla la calidad de algunos discos buscando posibles errores con la ayuda de un software. Si descubren uno, deben identificar cuál es su origen, y en el peor de los casos, todo el proceso debe volver a empezar.

¿Habrá viajado alguno de sus discos de acetato desde esta lejana fábrica?

Publicado también el 12 de septiembre en la revista KYCultural.

La isla vaticana, su farolero, y un amor de cuatro toneladas

“El puente está quebrado, ¿con qué lo curaremos? Con cáscaras de…”. El puente de Ostrów Tumski está quebrado y corroído.

Miles de personas le han colgado sus promesas de amor, en la forma de un candado, al puente Ostrów, en Breslavia. Los enamorados contagiaron a Ostrów de una epidemia que ha devorado puentes en París, Praga, Florencia y Dublín, así como en lugares en América del Norte y de Australia.

Puente del amor en París, en junio de 2012.

Hasta julio se podía cruzar el puente y admirar de cerca un amor metálico de por lo menos cuatro toneladas. Hoy el puente está cerrado, los candados fueron desmontados y sus dueños podrán reclamarlos en el curso de un año.

Al inicio de las obras, el puente se veía desnudo y oxidado. “Está arrestado”, bromeó Mónica, guía que dirigió una caminata al atardecer por Ostrów en busca del latarnik, el farolero, a finales de julio.

*

El farolero de Ostrów es un hombre elegantemente vestido de negro que enciende y apaga los faroles de la isla (polaca vaticana) al atardecer y al amanecer, respectivamente. Y hablo de isla vaticana porque aquí está la residencia del Arzobispo, la Catedral, cuatro iglesias, por lo menos tres conventos y un hotel dedicado a Juan Pablo II.

Solamente aquí, en la zona donde nació la ciudad, se prenden 102 luces de gas a la usanza de 1840.

Dice nuestra guía en Ostr´´ow que dos personas trabajan duro como latarnik. Empiezan su jornada apagando las luces de la noche, reparan lámparas en el día, y al atardecer las vuelven a prender. 365 días al año en una rutina acorde con el sol.

Hormigas, arañas, abejas, telarañas, moscos e incontables animalitos son sus principales enemigos. En este artículo de Gazeta Wroclawska, Robert Molenda, uno de los latarnik, cuenta que debe hacerle mantenimiento a cada uno de los 102 faroles por lo menos una vez al mes. Y únicamente puede ausentarse en caso de tormenta. Sin embargo, todos los días tiene alguna aventura. “Una vez un grupo de italianos me siguió durante cinco días seguidos”, dice en el artículo.

Tomada de https://www.flickr.com/photos/138245692@N04/32344834076

Mientras esperamos a cruzarnos con el farolero de esta noche, Mónica da algunas claves para que los primerizos lo identifiquen: “Los niños a veces gritan ‘¡Batman!’ cuando lo ven, por su atuendo negro con capa”.

Admiramos la iglesia más vieja de Breslavia, la de San Martín (Św. Marcin en polaco), luego la de San Bartolomé y la de la Santa Cruz. La primera está ubicada en un segundo piso, la segunda en un sótano (allí por estos días hay incluso una reproducción de la Capilla Sixtina, ¡para qué ir a las filas de Roma en el Vaticano, si en Breslavia está casi gratis!).

La guía nos habla de la estatua instalada frente a estas dos iglesias, la de San Juan Nepomuceno, con sus cinco estrellas en la aureola. Como el santo se negó a revelar el secreto de confesión, el rey lo arrojó al agua del río Moldava (en Praga), donde “se formaron las cinco estrellas”, dice. Y añade que Nicolás Copérnico también vivió en la isla como escolar de la iglesia de la Santa Cruz.

El farolero hace unos años. https://pl.wikipedia.org/wiki/Plik:Wroclaw_latarnik_na_Ostrowie_Tumskim.jpg#filelinks

Caminamos y caminamos y empezamos a aburrirnos de no cruzarnos con el farolero. Ha pasado media hora desde el inicio del recorrido. ¿Será que se está escondiendo? Estamos frente al museo de la arquidiócesis, cuando finalmente alguien grita “Jest! Jest!”, “¡Ahí está!”, y empieza la persecución. Los niños corren lejos de sus padres. Los participantes caminamos rápido hacia él. Es un hombre muy ágil. Quienes no corremos no le damos alcance en el primer intento.

La gente le toma fotos. Él nos ignora. Lleva su palo de dos metros (se llama polityka) en las manos. Su polityka termina en una angosta punta por donde sale el fuego; en el costado opuesto, por abajo, el palo se hace más ancho y tiene un resorte. Contrapuesta con el atardecer, la llama se mimetiza. El latarnik es un hombre joven con barba y una barriga perfectamente redonda, de Papá Noel. Esta última, y su uniforme, le confieren el aspecto de una persona distinguida.

El latarnik prende los “fogoncitos” de gas de cada farol, nosotros lo acompañamos ansiosos a cinco, y la guía nos dice que “bueno” que lo dejemos seguir con su trabajo, y le da las gracias. Él se quita el sombrero, muy digno, y sigue caminando.

Adenda: Según la página InfoCentrum, es posible encontrarse con el latarnik 30 ó 45 minutos antes del crepúsculo, en el inicio de su paseo, bajo los dos faroles en pl. Katedralna 1. Le toma alrededor de una hora encender las 102 lámparas de la isla.

La playa “po polsku”

Zachód Słońca Nad Morzem, Ocean, Fale Morskie, Słońce
Tomada de https://pixabay.com/pl/photos/zach%C3%B3d-s%C5%82o%C5%84ca-nad-morzem-ocean-3852224/

Regresamos de la costa Báltica. Fueron casi unas 6 horas de camino en carro hasta el mar desde mi ciudad. 500 kilómetros. Y el mismo temor de niña de viajar adelantando camiones y carros en las vías y autopistas de Polonia, aunque no haya anuncios de curvas “muy peligrosas”.

Salimos temprano. No de madrugada, no a las cuatro, en plena oscuridad, como en uno de los esperados viajes a la costa colombiana. Claro que si hubiéramos salido a las cuatro y media de aquí, el sol ya se habría estado asomando. Es verano.

“Verano”. Un verano de 11 grados centígrados, vientos y lluvias, tras temperaturas de 35 grados en junio. La familia de mi novio llevaba chaquetas de invierno y forros polares. Yo no: había empacado capas y capas de camisetas manga larga y un par de chaquetas para un frío bogotano.

Los primeros días, mala suerte, “pech” (pej) en polaco. Llovió y el viento helado nos destempló en la playa. La brisa arrastraba, o acariciaba, las pepitas de arena, una a una, y podíamos jugar a enfrentar el viento o dejarnos llevar por él. Mis tres capas manga larga no impedían que el aire penetrara las telas. Pedí prestada una chaqueta y seguía con frío; solo conseguí calentarme caminando rápido.

Estábamos malhumorados con ese invierno de verano. Había pocos restaurantes con espacio para comer adentro, u olían a pescado frito, y al niño de la familia se le antojaba subirse a cuanta atracción mecánica hubiera en la calle principal del pueblito de Dziwnówek: el elefante, el tren, la excavadora, el avión, ¿el pájaro? Afortunadamente no se le dio por la versión local y/o actual de las trencitas con chaquiras: mechones de pelo de colores -púrpura, amarillo, fucsia, verde- que alumbran en la oscuridad.

No puedo hablar por todas las familias polacas, pero en la que me adoptó la costumbre de veraneo es hospedarse en una casa y cocinar. En este viaje incluso hubo tiempo para preparar una rica torta de ruibarbo porque teníamos horno. Y el mal tiempo, o los antojos, nos volcaron a hacer compras compulsivas en el supermercado: cúrcuma, chilli y hummus el primer día; polvo para hornear, harina, azúcar de vainilla, aceite de oliva el segundo; miga de pan, frutas, orégano, pan y lentejas el siguiente.

Si Bogotá tuviera mar…

A la playa que visitamos, en los alrededores de Łukęcin, se accedía a través de un bosque de pinos con arbustos de frambuesas y bayas. Allí, entre el musgo, los pinos y la tierra cubierta por agujas secas, casi no había viento y el frío era soportable.

Cuando finalmente hizo sol, nos aventuramos a la playa. No había tiendas, ni bares, ni hoteles, ni edificios, ni baños; ningún negocio. Solo vimos un par de vendedores ambulantes en el curso de una semana. Quizá por eso, y porque el parqueadero más cercano estaba a unos diez minutos de camino a pie o en bicicleta, la playa se mantenía limpia. El bosque arriba y arena y más arena abajo, con mariquitas y cucarrones, ¿o debería decir escarabajos?, color verde mate con marrón. Ni pitillos, ni botellas de plástico. Solo algas secas, piedras de diferentes colores, sofisticados castillos con fosas, ramas rotas. Y de vez en cuando, atrapados en la orilla, medusas y mejillones o algún pescadito.

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En la costa mediterránea o en la costa Caribe los bañistas se protegen del sol; aquí sobre todo del viento. Por eso los turistas no llevan parasoles a la playa, sino un biombo de tela llamado “parawan”. El “parawan” corta la brisa, hace entrar en calor y brinda privacidad a medias dependiendo de cómo se construya. Si se cierra por completo, como un corral, no se tiene vista al mar. Si se deja una entrada con vista al agua, corre algo de brisa. Igual, el aire frío acaricia el medio cuerpo de quien esté sentado en una silla o de pie. Y como el “parawan” prácticamente no da sombra, se ven algunas tiendas de campaña dentro de algunos cercados.

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“Parawanes” doblados. Tomada de https://pixabay.com/pl/photos/pla%C5%BCa-upa%C5%82-parawan-lato-s%C5%82o%C5%84ce-896681/

Pasado el mediodía, sándwiches y ensaladas de frutas para los veganos, y panecillos dulces para los no veganos. O mejor almuerzo caliente en un termo, como si hubiéramos regresado en el tiempo a la infancia de mi novio. Y después, caminatas mojándonos los pies en la orilla de la playa.

La diversión de nuestro sobrino, entretanto, era meterse al agua y salir corriendo entre risas, hacer batidos de arena, y construir fortificaciones. Además, queriendo protegerse de las olas, todas unas “cascadas” para él, bautizó a un palo que encontró como “falawan” (fala en polaco es ola).

El sol picaba como en una Bogotá caliente: estábamos a 19 ó 21 grados en la sombra. Bastaba con acostarse más de una hora dentro del “parawan”, con ropa, para empezar a sudar. Esa fue, finalmente, mi técnica para probar el mar Báltico. Almorcé, esperé la hora de rigor que me enseñaron mis papás, y al agua. Moverme y nadar para no enfriarme. Moverme y nadar. Encontré, por casualidad, una corriente tibia. Y habría podido continuar más tiempo nadando y saltando las olas que empezaban a formarse, si no hubiera decidido mojarme el pelo. Estoy segura: si Bogotá tuviera mar, el agua sería tan fría como la del Báltico en verano.

Me quedo con el recuerdo de la playa vacía al atardecer, a las nueve y media de la noche. Un atardecer para admirar y disfrutar media hora antes o media hora después de la puesta del sol. O con las gaviotas que se mecían, ellas sí, felices en esos vientos.

Almuerzo telepático

Lunes 20 de mayo.

Rybcium, nuestro perro compartido, sufre de crisis existenciales mientras cocinamos. Si mi novio cocina y yo estoy trabajando, Rybcium viene a meterse debajo de mi escritorio, aunque deba agacharse para evadir el cajón del lado derecho. Se acomoda debajo de mis piernas, a veces acostado encima del enchufe, a veces encima de mis pies, a veces parado, con medio cuerpo bajo el escritorio y la cabeza por fuera, jadeando. Respira ansioso y muy preocupado, aunque sonríe.

“Ha, ha, ha”, jadea, parpadea y nos mira picándonos un ojo y otro. O hace guardia al lado derecho de mi silla, y me empuja antebrazo y codo, porque necesita que ya esté la comida.

Si yo cocino, el perro hace monerías para que mi novio deje de leer y le ponga atención. También se le mete debajo del escritorio, y asoma la cabeza jadeante con su aliento cálido. Una vez, caminando desesperado por la sala, subió una pata al sofá para que le pusiera atención. Le funcionó, porque mi novio dejó el libro a un lado para regañarlo.

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Somos un enigma para él, ¿o seremos estúpidos? Basta con que la comida esté lista y nosotros no estemos sentados a la mesa. Nos respira con esa boca abierta sin dientes delanteros mientras miramos las pantallas y tecleamos. ¿Por qué? ¿Cómo podemos seguir aquí sentados con ese aroma en la estufa?

Y es un sufrido perro ayudante de cocina. Si timbra la alarma del reloj viene a avisarnos, preocupado, que ya sonó, que no quememos la comida, que no la desperdiciemos, que ¡por favor, humanos, siéntense a comer! Y servimos la sopa de garbanzos, él acerca el hocico a la mesa, nos sentamos y él se acuesta a nuestros pies, tranquilo, con un suspiro, sin siquiera mirar qué nos llevamos a la boca. ¿Por qué tardaron tanto humanos?

Que no se entere el jardinero

En inglés existe la expresión “walk of shame”, que según entiendo, se refiere a volver a casa con la misma ropa del día anterior después de una noche de sexo. Se traduce literalmente como “la caminata de la vergüenza”.

No sé si ese “walk of shame” puede aplicarse a otras situaciones ni cuál es su origen. Lo que sí sé es que con mi “perro temporal” o “perro compartido” a veces caminamos con vergüenza durante el día, y somos “delincuentes” a las 3 de la madrugada. Porque mi perro sufre de alergias alimenticias y no hay banquete más exquisito para él que vómito de otro perro o, a veces, la corteza que cubre los jardines del barrio.

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El cartel dice: “Limpie lo que hace su perro. ¡Aquí juegan niños!”

Es un perro de catorce años y no es raro verlo caminar con desgano o tropezarse después de una caminata extenuante. Es además muy inteligente y pareciera entender cuál es la mejor zona para “dejar caer su bomba”. Evita el cemento, va detrás de los contenedores de basura que están más o menos escondidos de la mirada pública, y prefiere sobre todo zonas con mucha corteza; allí nosotros podemos cubrir el crimen y simular que nos hemos olvidado de él.

Antes del cambio de horario de verano era más fácil. Nadie podía detectarnos en la oscuridad. Ahora, si está enfermo, debemos cambiar la ruta de la caminata para no encontrarnos con vecinos, niños y jardineros.

Estos últimos deben odiar a los dueños de perros. Es comprensible. Muchos hacen como nosotros. Aunque al menos nosotros tenemos una excusa: ¿cómo recoger algo tan… efímero y poco sólido?

Hemos tenido suerte. Solo hubo una caminata embarazosa frente al nuevo y sofisticado edificio que da al río, con los obreros como público. El crimen, de cualquier forma, fue tan líquido que a la mañana siguiente ya se había evaporado.

Señor jardinero, discúlpenos. ¿Le servirá el regalo de mi mascota al menos como abono?

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Sanción social para quien no limpia. En una ciudad de Baja Silesia, el gobierno creó una galería de dueños “cochinos”.

P.D.: Los padres detestan cuando su hijo, el explorador de dos o tres años, da con el recuerdo de algún perro. Pues bien, los caminantes de perros odiamos cuando papás o mamás no recogen el yogur, el pedazo de pan a medio morder, o la galleta de maíz que su hijo lanzó caminando o desde el cochecito al suelo. Si no hubiera yogur, ni pan ni galleta tampoco habría diarrea canina que lamentar.