Mi primer invierno en Polonia

Jueves en Sleza, para ver Sobótka (se lee Subutka)

Visitamos la montaña solitaria de 700 metros al segundo día de mi llegada: el monte pagano en donde existió un monasterio. Parqueamos el carro y un par de gatos salieron a recibirnos. El primero era negro-café y el segundo, blanco con negro. Parecían hambrientos. Uno de ellos nos siguió por diez metros. Yo llevaba bajo el traje noruego –que se parece a mi pijama enteriza de Colombia-  una camiseta y mi saco violeta. Ascendimos juntos. C., mi novio polaco, tomó mi mano para no dejarme resbalar en el hielo. A mitad de camino estaba harta. Caminábamos muy rápido y yo apenas podía dar pasos largos con el traje metido en el jean. Sudaba y sentía calor, pero también escalofríos. Encontramos un víacrucis a lo largo del camino. Él traducía pero ni en polaco tenía sentido el mensaje de las estaciones, escrito por un poeta-ecólogo-científico.

Zimno, frío

El cielo estaba despejado y un árbol con ramas y ‘flores’ blancas brillaba en el camino; arriba, vientos en las copas de varios árboles soplaban la nieve como si fuera arena. Solo se escuchaba el crujir de nuestros pasos. Cuarenta minutos después, llegamos a la cima. Yo no estaba muy feliz por el frío de -7. Nos acercamos al pico para ver el paisaje blanco. Mis mejillas estaban congeladas. La torre en la montaña estaba cubierta de blanco. Él propuso comer afuera  nuestras reservas de atún, paprykarz y banano. Yo quería abrigo. Afortunadamente una cabaña en el pico estaba abierta y pudimos entrar a comer una sopa caliente de estómago de vaca: un plato que jamás habría probado en Colombia, pero que comí para recuperar calor. En el camino de regreso, jugamos con las estalactitas de hielo. Él blandió una como espada, yo hice lo mismo con otra. Luego él quiso patinar-esquiar con sus botas de nieve en el hielo. Yo lo miraba desde lejos y tenía la cámara lista para capturar su caída (sí, soy mala). De regreso en la carretera hacia Breslavia, vimos un venado veloz cruzar la carretera.

Después de esos días de frío aprendí una útil expresión: “Kurwa zimno, ale nie pada” (P*** qué frío, pero no llueve/nieva)

Martes desde tu cocina

Para C.

Son las once de la mañana y un grupo de seis gorriones hace malabares en el árbol desnudo que se ve desde tu ventana. Están en las ramas superiores y se mecen al compás del viento. Más arriba de ellos, un cuervo sobrevuela el jardín que separa tu edificio del otro. Nieva y ellos no se esconden: parecen disfrutar el paisaje blanco; ¿sentirán la nieve, será caricia? El viento, que hace temblar las ventanas de la cocina, sacude el árbol y uno de los pájaros agacha la cabeza para no perder el equilibrio mientras la rama lo mueve con violencia de un lado a otro. El grupo se aferra con sus patas a los brazos superiores de los árboles. A veces alguno brinca para cambiar de posición. Ellos tienen el color y el tamaño de unos pájaros colombianos, los copetones; pero no tienen capul ni andan solos.


Domingo familiar….


Conocí a los abuelos de C. Viven en Bielawa, en Baja Silesia, a una hora en carro desde Breslavia. Mi pobre memoria dice que viven en un apartamento de comienzos de 1900 y que ambos tienen más de 88 años -qué cosa, en una semana ya se me borró la información-. Ellos tienen un sistema de calefacción antiguo, que parece de cerámica, con una pequeña puerta de metal para echar pedazos de madera y así calentar toda la vivienda, dom, miezkania. C. me dijo que algunas personas dormían encima de ese tipo de calefacción en días de invierno. La de ellos no creo que sirva para eso porque solo es una columna de 70 x 70 en la sala, cerca del dormitorio. Pero ese domingo no utilizamos esa calefacción, sino la moderna que estaba al lado de la ventana; la antigua solo se prende en los peores días.

El abuelo de C. contó historias que me habría gustado entender sin traducción. Decía que en los días de la guerra, él construía esquís de madera y que los soldados se los compraban a cambio de diez kilos (?) de azúcar. El azúcar era un lujo entonces.Y hasta ahí llega mi recuerdo de lo dicho por él.

Papaya tailandesa 


Fuimos a comprar granadilla en la tienda cercana a la facultad de C. No encontramos mi fruta preferida, pero sí papaya y una con el nombre de “Chirimoye”. Los papás de C. disfrutaron las frutas exóticas y dijeron que la “chirimoya” parecía maracuyá. Yo les aclaré que aunque se parecía, no era. La mamá dijo que solo por probar la granadilla ella viajaría a Colombia.

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