Aniversario polaco

El pasado viernes 2 de mayo cumplí un año de viajar a Breslavia. Podría decirse que llevo un año en Polonia, si no cuento los dos meses y medio de “vacaciones” en Colombia. En el ‘aniversario’ recordé mucho a mi mamá. Volví a preguntarme si mi decisión de vivir en Polonia le espantó las ganas de vivir. Ella pudo sentir mi huida a su enfermedad.

La pensé en una caminata por las montañas del parque nacional Pienínski, en el sur de Polonia. El ascenso era tan empinado como Monserrate. La mamá de C, como la mía, subía despacio y de última, aunque no le faltaba el aliento ni se quejaba. Un escarabajo semiazul estaba entre las piedras y nueces lodosas, parecía un cucarrón. Quise cogerlo, pero C. me advirtió que se alimentan de mierda.

¿En qué época salían los cucarrones en Bogotá? Era una aventura descifrar si en el antejardín de la casa zumbaban abejas o un enjambre de cucarrones. Yo esperaba esa fecha. Si eran los escarabajos, atrapaba uno entre los dedos índice y pulgar, y lo ponía a caminar en la palma de la mano. Mi mamá me enseñó a no tenerles miedo: más bien era un juego sentir sus patas. No recuerdo cuándo fue la última vez que los vi en Bogotá. Desaparecerían con la contaminación o no los volví a ver en el ajetreo de las reporterías y mis tristezas.

A mi mamá la recuerdan como una mujer que amaba los animales. Yo le heredé ese rasgo. “¿A ti como te te gustan mucho los animales, no?”, me preguntó este fin de semana, J., el novio de la hermana de C. en una de las caminatas por el Pienínski. Me había visto encantada con el ave dorzd, tordo; y también con una salamandra.

El tordo, de color marrón claro y oscuro con pintas, caminaba con un par de lombrices en el pico y nos miraba a C. y a mí, curioso. Incluso nos siguió durante unos segundos y no tuvo problema en que le tomáramos fotos en las calles de Czorsztyn. El día anterior, otro dorzd nos había sorprendido con un canto que en opinión de la mamá de C. “tenía notas que no se repetían”. Nosotros le cantamos -yo con la nota que mi mamá usaba para llamarme, C. con otro silbido- y él respondió, hasta que voló a otro árbol.

Ese viernes 2 de mayo, encontramos a la salamandra  arrastrándose despacio su panza y sus patas, sin la agilidad de una lagartija común. Estaba en la mitad de una vía de asfalto concurrida por caminantes. Me acerqué y se acomodó cerca del refugio de mis botas. Yo hacía equilibrio con las piernas dobladas para verla de cerca. También quise tocarla, pero dijeron que podría ser tóxica. La salamandra se sintió a salvo entre mis zapatos y me siguió hasta donde la guié: hojas y plantas húmedas al lado del camino. Ella y mis botas embarradas seguramente somos famosas en las fotos de algunos turistas. ¡Yo nunca había visto una salamandra real!

Y de nuevo, ahí estaba mi mamá, trasnochando en el carro Fiat 147 de color amarillo, frente a la discoteca Salamandra para recogerme después de la fiesta del colegio con mis amigas. Qué triste y qué tonto no haber aprovechado mejor el tiempo con ella.  Debí tener menos peleas mentales con ella. Veo nuestras fotos de paseos y recuerdo mi enojo o corazón cerrado. ¿Por qué era (y es a veces) tan difícil vivir el presente y no dejarme carcomer por pensamientos tóxicos? Qué lección tan amarga su muerte.

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