Un pájaro dentro de otro pájaro

Por fin en casa
Por fin en casa

En septiembre pasado encontramos un vuelo en promoción a Bogotá por unos 300 euros (700 mil pesos colombianos, y 1.100 zlotys polacos). Oferta soñada para Navidad, si se compara con los precios del verano (más de 1.200 euros). Los anunciaba Fly4Free, una página de Facebook que publica vuelos baratos desde Europa hacia Asia, América del Norte y América Latina. Apenas vimos los tiquetes, decidimos comprarlos.

Con la ganga, el primer avión saldría de Berlín en la madrugada, después haríamos escala en Munich, de allí volaríamos a Houston (con una hora y 20 minutos para hacer aduana y cambiar de vuelo, mejor dicho, correr), y por fin, 22 horas más tarde, llegaríamos a Bogotá. El precio de volar tan barato -que viene incluido con la paranoia de “a última hora algo saldrá” mal-.

Mi novio estaba un poco preocupado con los tiquetes. Se preguntaba si al comprarlos por medio de una agencia de internet, y no con la aerolínea directamente, algún detalle podría cambiar a última hora y nosotros no nos enterearíamos.

Todo parecía estar en orden en Munich, hasta que  me pidieron un documento, aparte del pasaporte, que demostrara mi residencia en Polonia; yo rara vez cargo mi tarjeta de residencia polaca, un papel blanco del tamaño de la pantalla de una tableta pequeña, ni traía la tarjeta de la biblioteca conmigo. No podré volar, ¿y ahora? La azafata insistió con calma en que buscara mi “prueba” polaca y finalmente me salvó la tarjeta débito. Es por seguridad, decía ella con un suave acento peruano.

Después de ese primer susto en Munich con la prueba de la residencia, nos imprimieron el tiquete hacia Houston en el counter, pero nos informaron que el vuelo de Bogotá aparecía cancelado hacía poco por mantenimiento del avión. ¿A qué hora viajaremos? ¿Viajaremos? Ahí la paranoia del tiquete barato empezaba a estar justificado. La azafata nos redirigió a otro counter; y un par de minutos más tarde había una fila de cinco personas detrás de nosotros con el mismo viaje cancelado.

*

(Para ese momento estábamos ya cansados y con hambre. La noche anterior la habíamos pasado en las sillas metálicas del aeropuerto Tegel de Berlín: dormimos a medias, de 1 a.m. a 4 a.m., con los oídos atentos a la sala de espera porque no confiábamos en que no nos robaran. Cualquiera, prácticamente, puede entrar al aeropuerto. Amarramos mi mochila y una bufanda con las maletas e intentamos descansar a pesar de la caída de la temperatura en la madrugada. Dos policías patrullaban las salas, un hombre dormía en el piso, al respaldo de nuestra zona de “descanso” una pareja veía películas y en otras sillas, un hombre protegía su equipaje con una pierna encima y una mano enrrollada entre su mochila-almohada.

Aunque Breslavia está muy bien ubicada para viajes cortos a Alemania, República Checa u otros países de la Unión Europea, viajar desde esta ciudad a Colombia es un asunto de nunca acabar. Si desde España son 10 horas de viaje, desde Breslavia puede ser el doble, por los buses o aviones necesarios para conectar con ciudades más grandes. Así, nuestro viaje comenzó el lunes a las 7 de la noche hora polaca, con bus a Berlín incluido, y terminaba -en el itineario original- tres aviones más tarde, a las 3 de la mañana del miércoles, hora de Polonia. Pensar que mi prima trabaja en este negocio de los viajes todo el año, ¿cómo hace?).

                                                *

El computador de la azafata en el segundo counter de Munich funcionaba a medias, y ella iba y venía de un computador a otro, sin decirnos si podríamos viajar este día, o del todo, a Bogotá. Pensé, ¿se cancela la Navidad colombiana? Por fin nos ofrecieron ir de Miami a Bogotá, luego No, no aparecen asientos disponibles. Esperamos una media hora con el grupo “colombiano”: dos polacos, una colombiana residente en Alemania y otra pareja -no sabemos si suizos o checos-, hasta que nos anunciaron el milagro, viajaríamos Madrid-Bogotá y llegaríamos más temprano. Casi todos celebramos el cambio. Creo que ninguno estaba de ánimo para pasar 13 horas en el vuelo a Houston, y luego, 5 más, de allí a Bogotá.

Tampoco esperábamos que un canario, o quién sabe qué pájaro, nos acompañara en el vuelo de Munich a Madrid en una jaula pequeña con una tela azul encima. Un grupo de pasajeros españoles ubicados delante de nuestras sillas, llegaron a pensar que algún gorrión se había colado -y no habría sido raro, porque un grupo de ellos comía migajas dentro del aeropuerto en la zona de check-in-.

“El pájaro está flipando porque nunca había estado tan arriba”, dijo uno de ellos. Otro joven jugaba con silbidos. Y el pajarito, nervioso o excitado, hablaba durante las indicaciones de seguridad, o en respuesta al rumor del avión. En palabras de mi mamá, parecía loro mojado.

*

En Polonia, en Colombia, en España. En cualquier país habrá motivos para quejarse. “Esto es España”, narraba un español el aterrizaje en Madrid, mientras veía una carretera a medio hacer que no conducía a ninguna parte.  En Bogotá tuvimos el puente de la carrera 11; en Breslavia, una biblioteca que casi no se termina.

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