Hau-hau y arrurú, mi niña

Tenemos una nueva vecina, o quien vive en los apartamentos del corredor está estrenando tacones. También cabe la posibilidad de que antes no escuchara sus pasos porque no había estado sola y encerrada por varios días. La mujer va arriba y abajo del pasillo, y por el sonido deduzco que sus zapatos terminan en puntilla.

“Piiipp” o “Chuuú”: afuera, a diez cuadras, los trenes advierten que pronto saldrán, que por favor se apuren señores. Pero el sonido se escucha aquí, muy cerca.

Abajo, en el parqueadero/basurero del edificio del frente, dos perros pequeños discuten con violencia; esta semana me despertaron a la madrugada. ¿Serán como sus dueños, que les gusta pelear en esta zona porque sí? ¿Se sienten inseguros y defienden su territorio con “hau-hau”, el ladrido polaco?

No sé si es mi imaginación, o es el sonido de mi nevera: a lo largo del día oigo una lavadora en su última fase, moviéndose muy rápido, sin control, como si se fuera a romper. Habría dos lavadoras en este piso y tres arriba, si la sexta planta está construida igual que la quinta, donde vivo.

Una brisa fuerte mece las campanas de viento que mi mamá tenía guardadas de su luna de miel o de un paseo nuestro a la costa. Ahora los carrillones -gracias a Lillyam por el nombre-, que están desteñidos por el sol, ya no son rojos ni azules, y están en mi balcón. Las conchas o escamas de pescado cantan “arrurú, mi niña”.

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