Gdansk (I): La “guardiana” de Santa Brígida

Una mujer está sentada con un morral en las piernas en el vestíbulo de la iglesia de Santa Brígida, en Gdansk. “No se puede entrar. Están en misa”, creo que me dice en polaco. Llego tarde. A las tres, cuando comenzaba la ceremonia, habría podido entrar gratis a observar el altar de la Virgen María hecho en ámbar, una piedra preciosa típica de la costa báltica.

La nave central de la iglesia, donde hay unas 30 personas de pie, está separada del umbral por unas puertas de vidrio con la leyenda de las horas de la misa y el valor del sightseeing: 2 zlotis polacos para adultos (menos de un euro, unos 1.350 pesos colombianos).

Me entretengo con los avisos y los folletos en polaco en las paredes del recibidor. Podría sentarme en un pequeño muro, como la mujer, pero hace frío y prefiero esperar de pie a que los creyentes salgan, ojalá antes de las cuatro de la tarde, porque a esa hora debo estar en el hotel.

Repaso los mensajes de los folletos, intento descifrarlos, y escucho que alguien irrumpe en el vestíbulo, abre la segunda puerta y camina hacia las bancas sin preocuparse por hacer ruido o molestar a los fieles. Reacciono tarde y me doy la vuelta, ¿él o ella cómo sí pudo colarse? Ahora un nuevo visitante joven intenta girar la perilla del portón de vidrio y la mujer lanza su advertencia ininteligible. Resignado, el hombre revisa los papeles de los muros antes de abandonar la Iglesia. ¿No tendremos pinta de católicos?

Espero. Ya están desfilando hacia el altar para recibir la comunión. Paciencia, dos minutos más. Anuncios parroquiales, y la guardia se pone en alerta, toma su morral y salta a la calle. Empiezan a salir los fieles y a ingresar los intrusos. ¡Me aseguro de que la mujer no vuelva a entrar y burlo el pago! No hay nadie tampoco en la mesa de información: ¡puedo admirar las  esculturas de esta iglesia renovada por dentro antes del viaje a Breslavia, esta noche!

Tomada de internet

Ahora solo queda un grupo de mujeres cerca del altar, junto con otros creyentes aquí y allá, rezando la letanía o la coronilla, o alguna oración a la Virgen María; me siento demasiado lejos para que mi miopía y astigmatismo me permitan detallarlo, y el sacerdote apaga la luz que realza el color amarillo y naranja del ámbar mientras las mujeres continúan concentradas en su adoración.

Van a ser las cuatro. Camino hacia el altar con disimulo por la nave derecha, aún veo poco y decido regresar al hotel.

Afuera, la “guardiana” me sorprende en su verdadero rol con una hoja de papel con tres palabras en mayúscula escritas y coloreadas de azul, que probablemente traducirían “una limosnita, por favor”.

¡Tengo que aprender polaco! En una próxima visita a Gdansk, y a la iglesia de Santa Brígida, espero ser capaz de entender si esta falsa “guardiana”, que en realidad trabaja pidiendo dinero en la calle, bloquea el paso de quienes llegan tarde a misa o solo es una suposición mía.

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