Desayuno de Pascua

Fue sábado de preparar desayuno de Pascua vegano con recetas de un libro y un blog: una pasta de aguacate con habas, cebolla larga y medio limón.

Y un pastel (pasztet) o paté, con lentejas, batata al horno, perejil y otros ingredientes.

De la primera receta sobró medio limón. Con C. habíamos quedado en que él lo usaría. Pero pasó al menos una hora y el limón empezó a ponerse triste: su otra mitad en la receta, y él, inútil. Quiso empezar a llorar agrias lágrimas de limón. Arrugó la cara. Empezó a imaginarse triste en la nevera, reseco de tanto estrés, junto a un tomate con moho y un perejil sin color, medio muerto.

Pasaría una noche fría, solitaria: con su otra mitad irreconocible hecha jugo en esa mezcla verde y cremosa sellada en un envase de plástico con tapa azul.

¿Podría idear algún plan para colarse en ese envase como parte de la receta? Quizá los otros limones enteros le ayudarían; u ojalá los champiñones, el apio, la batata y las nueces con forma de cerebro -inteligentes ellas- pudieran colaborarle.

¡No quería terminar en la basura sin haberse reencontrado con su amor, ni mucho peor, (ab)usado como simple desodorante!

En eso pensaba sobre la tabla para picar, cuando lo hicieron llorar de repente sobre el exprimidor. Lloró tanto, que hasta C. sintió su amargura garganta abajo.

El único consuelo del medio limón es que a la mañana siguiente, con suerte, se encontraría con su otra mitad en algún recoveco del estómago.

depositphotos_2622239-stock-photo-slice-of-lemon-with-water

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