El tronco del árbol is the new trash can

Hoy fue el World Cleanup Day. El día del año en el que tenemos una excusa para limpiar porque otros países también lo hacen al mismo tiempo. Pero cualquier ocasión es buena para ponernos unos guantes, coger una bolsa de basura y salir a recoger las botellas de vidrio o pedazos de plástico del camino.

Siete personas limpiamos a lo largo de la orilla del río Odra, en el barrio, durante unas tres horas. Entre ellas nuestros vecinos Beata, Teresa, Wiesław y Grażyna, a quienes conocimos hoy, así como Piotrek -compañero de trabajo de Marcin-.

Limpiar es mejor que un día de gimnasio. Hicimos sentadillas. Escalada desde la orilla del río hacia la calle. Carrera de obstáculos entre rosales y otros arbustos malolientes. Y levantamiento de pesas: bolsas que llenamos con botellas de vidrio, plástico, latas, ropa, en fin; también sacos de basura enteros que habían sido arrojados a la orilla del río.

El futuro ya llegó. Desde ya estamos viviendo en ese paisaje árido de basura enterrada que se ve en las películas de ciencia ficción. En el parque de bicicross del barrio, los arbustos, la ortiga y la tierra han devorado bolsas de plástico y latas de comida oxidadas. El plástico es una capa más, junto a las piedras, los insectos y el verde.

Lo peor fue hacer el hallazgo de “islas de basura” en la tierra, pequeños rellenos sanitarios entre los arbustos, dice mi novio.

Nos hubiera gustado limpiar más. Fue una lástima que hubiéramos sido tan pocos los involucrados en el aseo de nuestro río. Quizá falto ser menos tímidos e invitar a la gente en la calle, cara a cara. Esperamos repetir el evento en unos meses y continuar con el fragmento que aún nos hace falta; de allí hoy solo retiramos un coche de bebé sin dos ruedas que yacía en ese lugar hace tiempo.

Quedamos exhaustos. Como si hubiéramos jugado un partido de fútbol, o corrido. Me duele levantarme del sofá. O doblar los brazos.

P.S.: Me picó una garrapata. Este es un bautizo polaco más.

Otras voces:

Sí. Le hablo a usted. Lo vi tomándose su cerveza y hablando por teléfono. Se le olvidó su paquete y su botella, ahí, junto al pedazo cortado de tronco. Orange is the new black, and El tronco is the new trash can.

Tan cool, tú. Tan apresurada. Estás in: llegas a la oficina con tu bolso en una mano, y un café en vaso desechable -dificilísimo de reciclar- en la otra. Y pa’l Instagram. De almuerzo, un granizado con crema en un vaso transparente de plástico con pitillo. Pa’l Face. ¿Y para la cena? ¿Qué plástico a las finas hierbas? Tan cool que se ven el café y el granizado antes de terminar en la caneca.

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Nuestro vecino el avión

 

Tomada de https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/4/4a/Delichon_urbicum_-Iceland_-flying-8_%281%29.jpg

Mientras estábamos de viaje, los aviones que montaron su nido en la ventana de nuestro dormitorio se fueron de vacaciones. Empacaron insectos en un par de maletas, una sombrillita de sol, y a volar, aprovechando que los hijos finalmente salieron del nido.

Me los imaginaba en una cascada jugando a mojarse entre las cortinas de agua. Garabateando con sus plumas y colas en el aire: giros y giros que pueden ser eses, espirales, o quién sabe qué.

Aquí los estuvimos extrañando durante un par de semanas. Yo por lo menos ya no tenía pájaro despertador y tenía que contentarme con levantarme tarde o con la ayuda de la alarma del teléfono.

El padre o la madre entrando al nido

Cruzando la calle hay un condominio de nidos de aviones, en el nuevo edificio cercano al río. Allí bailan en el aire docenas de estos parientes de las golondrinas, llevándoles comida a los hijos que aún no se aventuran fuera del nido o simplemente volando alrededor de las casas de lodo, arriba y abajo, como si estuvieran en un carrusel. Planeando y haciendo alharaca por el simple gusto de hacerlo.

Mientras los aviones estuvieron ausentes durante la ola de calor, ningún otro intentó apoderarse de la casa que desocuparon nuestros primeros huéspedes. Hace dos días viene una familia, no sabemos si la misma, en las primeras horas de la mañana. En la tarde, el calor y el brillo del sol en la ventana se hace insoportable y por eso los aviones desaparecen para, quizás, echarse una chapuceadita en el río Odra.

Leímos que los aviones pueden poner huevos dos veces al año. No sabemos si ahora planean una segunda camada. Si empollaran hoy, los hijos nacerían en septiembre u octubre, y tememos que para esa fecha ya tendrían que estar buscando la manera de emigrar, y no ocupados en que los polluelos aprendan a volar.

Dicen nuestras cuentas alegres que levantaron su casa a punta de arcilla y babas en semana y media, y que luego la tapizaron con plumas y pasto seco en un par de días. Al mes nos preguntábamos si estarían teniendo problemas para concebir, porque a pesar de que abríamos y abríamos los oídos, no escuchábamos ningún pío infantil.

Una tarde creí escuchar una tímida voz de pájaro y el sonido crujiente de un cascarón que se rompe. Pero no volví a oír nada raro ese día, ni esa noche, ni esa semana, así que se lo atribuí a mi imaginación.

Finalmente, una noche, los escuchamos hambrientos. No era el tímido pío, o ronquido, o gruñido de pájaro que intenta acomodarse que habíamos advertido en el último mes antes de dormirnos. Tenía un tono nuevo.

Unos días más tarde confirmaríamos el hecho: apareció un avión muy escandaloso en el umbral del nido. Con una observación más cuidadosa resultó que no era uno, sino dos, asomados allí, quejándose de hambre. A veces salía a piar el primero; otras lo remplazaba su hermano (o hermana). Aunque puede que hubiera más crías adentro. No era posible saber exactamente cuántos eran: entraba el padre, salía la madre, o al revés. Y dos cabecitas se apretujaban en el estrecho orificio “a prueba de niños” para contemplar a sus padres, el parqueadero, los árboles, el cielo o la gente rara esa que los examinaba a través del vidrio.

En otros momentos aparecía la cola de alguno por fuera del nido, y muy delicadamente hacía popó; entonces el desecho caía en nuestra ventana y en el alféizar exterior, y a pesar de que hubo una sesión de limpieza, aún hoy se erige como regalo y monumento de los aviones fundadores.

Misión (casi imposible): plástico cero

Desde hace casi dos meses estamos dejando el plástico. En otras palabras: ya no compramos frutas ni vegetales congelados, ni botellas de agua, ni granos que vengan en bolsas plásticas o en materiales no biodegradables.

El cambio empezó con la intención de ahorrar en la compra compulsiva de congelados, que era la mayor carga en nuestro presupuesto semanal: estábamos consumiendo por semana unos diez paquetes. Pero nos pusimos a leer sobre el tipo de plástico en el que conseguíamos nuestras bayas para el desayuno y vegetales para comidas rápidas, y descubrimos que venían empacadas en el número 7, uno de los menos recomendables, sino uno de los más tóxicos y que menos se reciclan.

Podríamos haber seguido cada semana con ese ritmo o haber decidido comprar menos. ¿Por qué ser tan radicales? El plástico después de todo se recicla, ¿no? Tristemente, solo un porcentaje menor llega a tener una segunda vida. La National Geographic hace referencia a un estudio según el cual solo se ha reciclado un 9 por ciento del plástico producido desde hace décadas, mientras otra investigación dice que actualmente solo se recicla un 5 por ciento de este material.

Basta con echar un vistazo a los contenedores de basura destinados a plásticos: a veces están casi vacíos, mientras los contenedores de basura general están a rebasar con botellas de agua y bolsas de chucherías. Según la National Geographic, para 2050, “los océanos contendrán más desperdicios plásticos que peces”. Pero no es una afirmación exclusiva de esa revista. Ya casi es un lugar común en películas y redes sociales para llamar la atención sobre la magnitud del problema.

Querer llevar una vida sin plástico parece imposible. Está omnipresente en cosméticos, aparatos electrónicos, condimentos, cinta pegante, ropa, zapatos, bolsitas de té, comida para llevar. Donde usted menos se lo imagina, ahí está, latente, así sea como un cinco por ciento de nylon, un 8 por ciento de viscosa, un sticker con un código de barras o papel laminado en el café para llevar.

Por eso el cambio solo puede ser gradual. Nosotros empezamos por la compra semanal de comida. Ahora conseguimos granos y harinas al granel en Bez Pudła, la primera tienda de cero residuos de Wrocław. No queda cerca de nuestro barrio, pero está en el centro, tiene productos para veganos y por eso nos las arreglamos para ir unas dos veces al mes, con bolsas de papel y de tela, y frascos de vidrio.

Tomado de http://www.cuerpomente.com/ecologia/medio-ambiente/cuanto-tarda-desaparecer-tu-basura_970

También probé a producir mi propio desodorante con una receta de la página Mama Wellness y la fórmula resultó mejor que cualquiera en el mercado. Estuve buscando este tipo de desodorante toda la vida.

Hace poco además se nos acabó la crema de dientes. Conseguimos un pequeño frasco con tapa plástica qué le vamos a hacer- con un polvo que huele a salvia y es tan dulce y sabroso como cualquier otro dentífrico. En la lista de cosméticos por reemplazar siguen jabones y champús.

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Ahora cargo una botella de acero inoxidable, que lleno con agua de la llave en el apartamento y en la oficina. Y las últimas botellas de plástico que usamos en febrero están en un rincón de la cocina esperando a convertirse en contenedores para plantas o quién sabe qué otra cosa.

Confieso que a veces me siento ridícula con estos cambio. Me he preguntado si simplemente estamos siguiendo una moda. Tal vez soy un estereotipo con la bicicleta, el veganismo y la reducción de residuos. Pero estoy convencida de que decidir no participar de la compra de plástico tiene un impacto real en el medio ambiente. No necesito ver películas sobre las islas de plástico (o de microplástico, más bien) en altamar para convencerme del problema. Veo basura a diario, casi al pie de donde vivo, a la orilla de un río.

El viento fácilmente puede juguetear con botellas que luego terminarán en el río, y de ahí llegarán al mar. O en el mejor de los casos, la brisa puede acomodar las bolsas en las ramas de los árboles como un desgastado y sucio adorno de Navidad. No quiero ser parte de eso aunque me sienta un poco loca.

¿Cómo sobrevivíamos antes? ¿Era la vida más engorrosa sin plástico? ¿O éramos más felices, llevábamos una vida más pausada? No lo sé. En todo caso, y por superficial que suene, ¿no es el plástico más bien feo?

A veces imagino que los humanos del futuro, en unos 400 años, se toparán con nuestra basura plástica en sus excavaciones arqueológicas. Quizá los museos del siglo XXV exhiban nuestras botellas y envases como muestra del avance (o retroceso) de la civilización.

Diferenciar las escalas de frío o cómo convertirse en cubo de hielo en ‘bici’

Hace dos semanas tuvimos nueve días de temperaturas gélidas. En la aplicación del teléfono, o en AccuWeather, denominaron el frío más frío como “bitterly cold” (que se traduce como amargamente frío).  Ya sé qué se siente estar a -10 ó -11; y más que eso, qué se siente, según la sensación térmica, estar a -20 (¿o quizás a -30, por el viento generado al pedalear?).

El paseo en bicicleta de una hora, de la casa de mi estudiante a mi apartamento, a -10 me espantó las ganas de salir a la calle por dos días. A la mañana siguiente estuve inicialmente vigorizada, pero después de dos horas empecé a sentirme cansada; y ni me animé a salir para la clase de polaco porque eso implicaba estar de nuevo a -10, o menos, en la calle, después de las ocho de la noche.

Los polacos continúan con su vida en esta temperatura. No se abstienen de ir a clase o a la oficina solo porque hace muchisisísimo frío. En cualquier caso, están dispuestos a saltarse las reglas con tal de no pasar mucho tiempo afuera. La noche de mi experimento polar casi no había peatones, y los que estaban por ahí corrían, caminaban rápido y cruzaban semáforos en rojo.

El frío de -20 es un frío que duele. Duele la nariz al respirar ese aire. Duelen los dedos de los pies, que después de cuarenta minutos de camino ya ni se sienten, y parecen una roca, especialmente si usted no está bien preparado, es decir, si no tiene al menos dos pares de calcetines puestos. Y si las manos pasan mucho tiempo fuera de los guantes, porque se desanudó el cordón del zapato o hay que sonarse, lo mejor es actuar rápido, para no terminar con las manos resecas, rojas o doblegadas por el dolor.

Esa noche mis pies resultaron quemados o hipersensibles. Llegando a los barrios aledaños, dejé de sentir un dedo del pie (claro que a -8 tampoco también dejé de sentirlo en otro par de ocasiones). Alcancé a asustarme pero afortunadamente no pasó nada. Una vez en casa me quité los zapatos y me puse unas medias limpias y secas, para calentar los deditos rojos y helados. Ya con los nuevos calcetines, la piel se sentía sensible al roce de la textura, casi como si el tejido me hiciera cosquillas.

Después de cambiarme la ropa, lo mejor fue tomar té caliente. Creo que nunca había sentido el té bajar por mi estómago y calentarme como esa noche -en otras palabras, tuve la impresión de poder ver, literalmente, una bola caliente bajando por el esófago- ; además estuve muy agradecida de poder tomar algo caliente.

Por fin me gradué como conocedora de las escalas de frío de este país. Dos grados centígrados se sienten templados, casi cálidos, en comparación con -10 ó -20. Luego, -5 puede contar como frío, o un poco frío. Pero el frío real solo se siente cuando la temperatura baja a -10 ó -15.

“Yo tengo el Jesús más grande del mundo”

En Świebodzin, un diminuto pueblo de Polonia con una población de unas veinte mil personas -más o menos como la localidad de La Candelaria, en Bogotá-, hace ocho años construyeron la estatua del “Jesús más grande del mundo”.

En broma, y en una de sus Fanpages de Facebook, la gente lo conoce como Cristo Rey en Rio de Świebodzineiro. Es una página con diversos memes religiosos y políticos, en donde la estatua interpreta la coreografía de la famosa canción de Village People, YMCA; o toma el rostro del demagogo y devoto senador Jarowsław Kaczińsky.

Tomada de https://www.facebook.com/Pomnik.Chrystusa.Krola/

Świebodzineiro está de camino en la carretera que comunica Berlín (Alemania) con Poznań (Polonia), la A2, al noroccidente, pero en dirección opuesta a las rutas turísticas más transitadas por los extranjeros: Varsovia, la capital, Cracovia, Oświęcim, o mejor conocido como el campo de concentración de Auschwitz, y Czestochowa están en el nororiente y sur del país.

Hace tres años, cuando empecé a hacer averiguaciones sobre Świebodzineiro, el monumento había recibido visitantes de Alemania, Holanda, Francia, España, Italia, Estados Unidos, Filipinas, Sur África e incluso cariocas, “asombrados con la nieve”. Según la oficina al frente de este Cristo Rey en Polonia, cada mes llegaban entonces unas 60 mil personas.

“Aquí vino un grupo de Brasil con unas 34 personas que tenían raíces polacas. Una mujer de 85 años que no había visitado el Cristo brasilero comentó que ya podía morir tranquila”, relató a finales de 2014 el sacerdote Jan Romanik, encargado de la administración del Cristo polaco, en una pequeña cafetería adyacente a la estatua.

Romanik hizo tintinear las monedas en una bolsa de tela que llevaba, y explicó que “todo ha sido construido gracias a las donaciones”. Donaciones que permitieron inaugurar, además, en los últimos años, un hotel.

El predecesor de Romanik tuvo la idea de erigir este Jesús, “el más grande del mundo”, al lado de una carretera, en este pueblo sin gracia, para “proteger y bendecir a todos los viajeros, quisieran o no”: católicos y no católicos.

Tomada de https://www.facebook.com/Pomnik.Chrystusa.Krola/

Polonia no compite por tener el “Jesús más grande”, decía Romanik, “esto no es una carrera”. Sin embargo, como anota mi novio, el afán de poseer dicho título recuerda las discusiones de adolescentes cuando comparan su falo. Así podríamos imaginar una conversación intercontinental entre los Jesuses más representativos del mundo:

Mi monumento es de 37 metros, se ufanaría el Santísimo, en Floridablanca, Santander (Colombia).

El mío también, respondería desde Lima el Cristo peruano del Pacífico.

Pero el tuyo solo mide eso si cuentas desde el pedestal. El mío en cambio tiene 34, 20 metros sin él, o mejor dicho, 40,44 metros con pedestal, agregaría el boliviano, en Cochabamba.

El Redentor de Brasil se defendería con sus 39 metros, (“Tengo nueve de pedestal incluido, y ni hablar del cerro desde donde miro y bendigo a Rio de Janeiro”), mientras el polaco, como reina de belleza concluiría, “mis medidas son, 33 de largo, tres de corona, y 16,5 de montículo, con lo que llego a los 52,5 metros”.

Pero los 52,5 metros y el pomposo título del “Jesús más grande del mundo”, no le han garantizado al polaco mayor popularidad que su hermano mellizo brasilero: en las fotos “de mostrar” en Instagram hay unas 540 mil publicaciones con el Redentor del cerro Corcovado y solo 300 con Świebodzinejro o Świebodzineiro. El joven Jesús carioca, el cálido clima brasilero y la vista panorámica compiten con un Jesús de mayor edad subido a un árido montículo rodeado de piedras en la “fría” Polonia (que solo se siente tropical en verano).

Por eso en las fotos de quienes viajan seguirán apareciendo Machu Picchu, la torre Eiffel, el coliseo de Roma y el Cristo Redentor de Rio de Janeiro. La batalla contra el Jesús más popular del mundo está perdida.

Diario de viajes: verano a la italiana

Quise volver al hotel Domus Aurelia, la casa religiosa en Roma donde dormimos por primera vez en nuestro viaje a través del océano, cuando yo tenía 13 años.

Como recordaba, Domus Aurelia quedaba lejos a pie. Nos costó trabajo llegar hasta allí, en la loma, en ese calor de 30 grados a las 9 de la noche después de bajarnos del bus. Y también sudamos mucho al día siguiente, bajando hasta San Pedro y de ahí al río Tiber para buscar la calle Petroselli bajo el ardiente sol.

En nuestra primera noche estuvimos buscando “alimentari”, tiendas de barrio, o pequeños supermercados con frutas, agua e incluso sombreros, administradas sobre todo por inmigrantes, donde vendieran cereal para el desayuno.

Nos perdimos un poco entre las calles de Roma, a las diez, casi once de la noche, mientras italianos y turistas se refrescaban en las gelaterias, como ocurrió en ese primer viaje a Italia con mis papás. Pero no éramos los únicos desorientados: había otra pareja, sin teléfono inteligente ni GPS, confundida sobre la dirección que debían tomar en una calle del centro cerca del río. Sí, todos los caminos llevan a Roma, pero Roma hace que todos nos perdamos en sus caminos.

Mamma mia, che caldo fa!

Prefiero el invierno de Italia o su otoño tardío que su verano. En la temporada fría casi todos los árboles conservan sus hojas, caminar no incomoda y con suerte las temperaturas no son tan extremas. Aunque pueden llegar a -1, como le escuché a una italiana que defendía el frío romano.

Julio en Opi (en la zona del parque Abruzzo):

Sobre las dos de la tarde, cuando los pueblos arden a 30 grados, no se ve gente: está encerrada, a la sombra, las cortinas bajas, haciendo la siesta del almuerzo y huyendo del calor. Porque, ¿a quién se le ocurre salir a pasear o a hacer la compra a la hora en que la sombra es mínima? ¿quién quiere salir a sudar y sudar y quemarse los sesos? Ya las almas saldrán en la noche a sentarse en las bancas construidas fuera de las casas para conversar, o se refrescarán con alguna bebida en el bar.

Con esas temperaturas, ni los animales saben dónde meterse: si en baúl de un carro abierto, bajo una banca con sombrilla, o entre las aguas medio secas de un riachuelo.

En las montañas tampoco hace frío. Hay que buscar la oscura y seca Gruta de las Hadas o más bien el arroyo Tornareccia, donde dicen, vive la ninfa Calisto, para pedirle sosiego, con la música de las campanas de caballos y vacas de fondo.

Roma, la lasaña arqueológica

Es pésima idea hacer turismo entre las diez y las cinco de la tarde bajo ese sol abrasador. O mejor: es pésima idea visitar Roma en verano. Pero si no se tiene opción, lo mejor es buscar el costado de la calle a la sombra -así lo recomendaba alguien en un artículo-, y cruzar cuantas veces sea necesario la vía para estar protegido bajo el fresco de los árboles y edificios. Un hombre que pedía dinero por limpiar la calle Appia Nuova lo sabía: en las mañanas barría el costado oriental y en las tardes el occidental.

Si a pesar de caminar por la sombra se siente desfallecer, atención a las fuentes de agua en las calles y puntos turísticos: puede beber y rellenar la botella con agua fría cuantas veces lo requiera. Los mismos acueductos de los antiguos romanos surten a Roma y es seguro consumir su agua, dice quien me hospedó (ojo, puede que en estos días, finales de julio, se presenten racionamientos por una emergencia ambiental por sequía).

Hay además un par de atracciones para guarecerse del sol en días a 35 ó 32 grados: las catacumbas de San Sebastiano y San Calixto, que datan del primero y segundo siglo D.C.. Sin embargo, una advertencia, para llegar debe estar dispuesto a bien: esperar el bus que va hasta allí y pasa cada media hora, resignarse a derretirse con la caminata o pagar un taxi. Bajo tierra tendrá por lo menos treinta minutos en cada cementerio para retomar energías a salvo del sol y del bochorno.

Ambos cementerios fueron construidos de arriba hacia abajo con gravilla volcánica de la zona, y es posible admirar tanto lámparas de arcilla con las que se velaba a los muertos, como tumbas de un tamaño reducido: en esa época la mortalidad infantil era muy alta, dicen los guías. Mientras las de San Calixto se extienden unos 20 kilómetros, las de San Sebastiano tienen unos 12.

En las paredes de ambas aún son visibles símbolos cristianos como el pez, el ancla o la paloma. Y en las de San Sebastiano hay además grafitis de la época, específicamente nombres grabados sobre todo en honor a San Pedro y San Pablo.

Roma no ha hecho más que crecer hacia arriba y acercarse cada vez más hacia el sol y el calor. El mausoleo pagano en las catacumbas de San Sebastiano, casi intacto y con colores bajo la Basílica homónima, estuvo en su tiempo al aire libre: dice el guía que el techo que hoy vemos encima del mausoleo, equivalente al piso de la iglesia, alguna vez fue un cielo tan azul como el de ese día. Dice, si recuerdo bien, que hay tantas cosas por descubrir bajo tierra en Roma, que “la capital es como una lasaña”. Una lasaña hirviendo en verano, con calles fundidas bajo el calor.

Y bien, no recomiendo andar ligero de ropas si el plan es de iglesias, pues pueden amonestarlo por llevar los hombros descubiertos. Sin embargo, no le negarán la entrada: le entregarán un velo desechable del mismo material de las batas quirúrgicas –mamma mia! una capa más- para que no irrespete el lugar sagrado y se vea “mejor”. O será que la piel alrededor de las axilas es un insulto.

A salvo en la playa

Basta meter los pies en el mar para sentir alivio.

Al menos en Pescara y Montesilvano, en la costa Adriática, hay playas pagas, gratuitas, para discapacitados y para amos con sus animales. Playas a donde se puede llegar en bicicleta siguiendo la ciclorruta construida a lo largo del malecón que une a estas dos ciudades.

En las playas libres cada quien lleva su toalla y sombrilla y escoge dónde acomodarse. En las pagas, la sombrilla con sillas o tumbonas pueden costar 15 euros por medio día. La palma -una versión para un grupo numeroso, con juguetes para niños- seguramente equivaldrá al doble.

Quien decide en qué zona exacta de cada playa podrá sentarse es el “baywatch”, el salvavidas o bagnino. Él le asigna la ubicación en la arena después de que paga.

Aquí los vendedores ambulantes halan carruajes construidos con un par de sombrillas y una tela encima conectándolas; de las sombrillas cuelgan vestidos de baño y pareos, y la carroza da la impresión de ser una gran oruga.

Mientras los vendedores pasan, los italianos practican el deporte de las tumbonas acuáticas: dícese del baño de sol ya sea en el agua o en la arena. Los niños, por su parte, juegan en los rodaderos playeros: plataformas flotantes con pedales con un rodadero que da al agua, o rodaderos enterrados un poco más allá de la orilla.

Un servicio público que exaspera

Yo quería recorrer Roma a pie y evitar el transporte público. A nuestra llegada tomamos un bus donde íbamos tan apretados como TransMilenio en hora pico, con el agravante de una maleta de ruedas de la altura de un niño de cinco años. Ese viaje me recordó porqué lo mío es la bicicleta: odio tener que esperar el bus y sufrir porque tengo que abrirme paso entre un laberinto de codos y brazos; en Bogotá a veces prefería bajarme en una estación donde no hubiera tanta gente y coger otro bus o caminar.

Para mí no es problema esperar diez o quince minutos en una temperatura como la de Bogotá; sin embargo, si se retrasa mucho, mi impaciencia casi siempre me incita a caminar. Pero si calienta, si fa caldo, coger el bus puede ser lo más sensato; especialmente si no hay andenes (caso de la vias Adreatina y Appia Antica).

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Me hubiera gustado probar las bicicletas públicas de Roma, pero no me decidí y parece que el modelo dejó de funcionar hace unos años. Vi la zona donde supuestamente se podrían alquilar sin ninguna bicicleta.

En todo caso, no hay muchas ciclorrutas en Roma, y no me habría sentido muy segura pedaleando en ese tráfico.

Para finalizar, una escena en un bus:

El conductor tenía una gorra de los yanquis y una bandera de Estados Unidos colgada en el asiento.

Íbamos en una ruta donde se suben los funcionarios del Comune di Roma, digamos que los funcionarios distritales. Después de pasar por las Termas, una mujer se acercó al conductor furiosa y empezó a reclamarle porque era un servicio público y portaba la bandera estadounidense.

“Estamos en Italia, no en Estados Unidos”, le decía.

El conductor, alterado, se detuvo antes de la siguiente parada para que la mujer se bajara. Le abrió las puertas delanteras pero ella se negó. Incluso el conductor se desconcentró y tuvimos alguna frenada en seco o susto menor de accidente.

Ante la respuesta displicente y retadora del chofer, ella amenazó con tomarle una foto con la bandera.

“No, una foto no”, dijo atemorizado, y escondió el objeto de la discordia.

La mujer continuó hablando de los deberes del conductor y por qué no debía portar ese símbolo de otro país en un servicio de transporte público.

Luego otra mujer a mi lado interpeló impaciente: “¡Cállese! Este es un país libre”. “¡Zitta!”. Y lanzaba miradas de reproche y desespero.

Nadie apoyó a la mujer que se quejó por la bandera (yo supongo que era una trabajadora del municipio); derrotada, se devolvió hacia la mitad del bus, un poco avergonzada.

La zapiekanka que no fue (dilema vegano)

Foto tomada de http://vignette2.wikia.nocookie.net/kielbasa/images/b/b5/Zapiekanki.jpg/revision/latest?cb=20130324072224&path-prefix=pl

Ayer mi restaurante-bar de cabecera estaba cerrado por la fiesta del jueves (Corpus Christi), y como estaba por venirse la tormenta decidí probar con el bar vecino, que tiene opciones vegetarianas y veganas.

Compré una crema vegana de vegetales blancos (por el nombre sería de coliflor, puerro y raíz del apio; seler), y como aún tenía hambre quise probar la zapiekanka, que es una comida rápida típica de la época comunista: en mi opinión es una especie de pizza barata.

Se prepara con pan, queso, jamones, champiñones y salsa de tomate encima, y hasta ese momento nunca la había probado. Yo pedí la zapiekanka de millo con vegetales para llevar, pero olvidé enfatizar en que debía ser vegana.

Caí en cuenta del error a los dos minutos y corregí el pedido. Sin embargo, al recibirla, quedé con la duda de si me habían dado la opción correcta: por encima tenía un queso sin derretir de aspecto y olor idéntico al parmesano. Y seré cansona, pero la tabla para picar donde preparaban las zapiekankas estaba todo cubierto del queso de otros sándwiches.

No sabía qué hacer. No estaba segura de querer probarla para descubrir, bocado garganta abajo, que no podía comerla. Tampoco quería regresar al bar a reclamar en mi polaco básico -además a veces los empleados prefieren complacer al cliente con una mentira piadosa en lugar de aceptar su culpa-. Y no me llamaba la atención ser sorprendida por alguien en la cocina de la oficina, jugando neciamente a separar el queso del resto de la comida.

Intenté regalársela a un extraño que, viéndome curiosear la caja en plena calle, me preguntó qué llevaba allí, si pizza u otra cosa. Quiso saber dónde la había comprado. Se la ofrecí. Y terminó huyendo sin que pudiera darle mayores indicaciones de dónde quedaba el bar. La escena fue medio cómica: cualquier transeúnte podría haber pensado que intentaba pegarle con la alargada caja.

Finalmente, y después de pedirle ayuda a C. por teléfono, decidí darle la zapiekanka a un habitante de calle. Había visto a un hombre joven, tristón, quizá un muchacho que huyó de casa, a la entrada de un banco y pensé que podría tener hambre. Aunque no estaba convencida.

Lo hallé mirando con tristeza a una mujer de edad que sacaba basura de la caneca. La mujer ocultaba su labor con una sombrilla. Me acerqué con una “przepraszam pani”, y vi por accidente que ella había puesto una bolsa transparente con dos rebanadas de pan en su talega roja de reciclaje.

“¿Quiere esta zapiekanka?”, le pregunté. Me dijo algo que no entendí o que no quise entender. Abrí la caja para mostrarle. “Ale dlaczego?”, repitió su pregunta, un poco escéptica sobre porqué quería deshacerme de la comida. Le dije que tenía queso, y quise explicarle que no puedo comerlo, que me cae mal. “¿Con que no te gusta el queso?”, me dijo. Le dije que sí; no tenía otras palabras para explicarme. Preguntó cuánto había costado. No sé, respondí. Aceptó y puso la caja con sus otros tesoros rescatados de la caneca. “En todo caso, le agradezco”, dijo.

Me quedé pensando en el refrán de “Dios le da pan a quien no tiene dientes”. La mujer era mueca.