Feliz día de la vagancia

Hoy, oficialmente primer día de la primavera por calendario, también se celebra el día de la capada de clase (día de hacer novillos): dzień wagarowicza.  Así, por ejemplo, en la hora de matemáticas los adolescentes se dedicaron a tomar algo con sus amigos en un bar, un parque, o un centro comercial (no me lo invento, lo dicen las imágenes de Twitter). El periódico Gazeta Wrocławska advirtió que los policías locales estarían patrullando las calles: visitarían sobre todo tiendas para controlar la venta de licor a menores, así como parques porque consumir alcohol en la vía pública acarrea una multa de cien zlotis.

Por eso, dice Marcin, hoy la profesora no pondría mucho problema si los estudiantes prefieren quedarse en casa o ir al parque a jugar rol en vez de ir al colegio. Aunque hay profesores de profesores, y los habrá exigentes incluso en el dzień wagarowicza. ¿Será como una especie de Jean-day? Quizá nuestro equivalente sea más bien un día de paro nacional: entonces hay una excusa para faltar.

No tuve la impresión de ver a jóvenes capando clase esta mañana. Aunque bueno, no hay forma de detectarlos.

*

El invierno parece envejecernos. Una mujer de unos setenta u ochenta años que vive en este edificio y usa gafas oscuras para las cataratas se veía llena de energía en octubre, pero hace unos días daba la impresión de ser otra mujer: estaba encorvada y delgada, demacrada. A otra vecina que sale a fumar y pasear el perro en el jardín del frente le ocurrió una transformación parecida. No creo que sea cuestión de un corte de pelo (o quién sabe); parece haber perdido masa corporal, alegría. Y conozco a otra persona con arrugas más pronunciadas después de estos meses de frío -aunque vale decir que ha estado preocupada-.

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Estamos locos, Lucas

passportcontrol

Todos los días debo registrarme en la entrada de la biblioteca. Hoy pensé que el guardia me interrogaría, como lo hizo otro hace algunos meses. “¿Tiene visa?”, me preguntó en esa ocasión un hombre alto y cano que había indagado sobre mi bicicleta otro día. Es como estar en un control de seguridad de aeropuerto; el guardia de hoy miró la nacionalidad del pasaporte, examinó los datos y solo entonces empezó a anotar la información. Puede que el guardia sea nuevo, porque no lo había visto en los últimos días en la biblioteca. O quién sabe, revisaría que no vengo de Siria. Con esa fiebre de antirefugiados, hasta el vigilante de la biblioteca podría negarme la entrada. ¿Exageraré? Mejor pensar esto: examinó el documento con cuidado para averiguar de dónde es esta señorita que no sabe o no puede abrir puertas giratorias automáticas. En mi defensa diré que algunos días el mecanismo no se activa cuando me acerco. Seré muy delgada para el lector o estará dañado; me pareció entender que a veces deja de estar activo.

Y luego, en otra de estas escenas Chavo del 8, o no sé ni cómo llamarla, la mujer del guardarropa me dijo algo con sus ojos clavados en el piso mientras yo abría el locker. Pensaba que me miraba las botas sucias por la lluvia, y que me preguntaba si había estado en las montañas (góry en polaco). “Przepraszam?”, le dije excusándome porque no entendía, y estaba sintiéndome ofendida por criticarme los zapatos. Entonces fue hasta el mostrador y empezó a hablar con el guardia, preguntándole por una palabra que ya se me olvidó y tenía varias A. Luego se acercó con la bolsa transparente con el sello de la biblioteca: ella se había fijado en el computador dentro de mi bolso. Y no había hablado de montañas sino de góra, que también significa arriba.

“Tłusty cwartek”, el carnaval de la grasa

Si los postres y las copiosas comidas de Navidad polacas no hubieran saciado mi apetito en diciembre, ayer bien podría haberme empalagado con donas y alas de ángel faworki para celebrar el jueves graso, Tłusty cwartek. Aunque, para ser sincera, si hubiera ido a la panadería local a comprar pan creo que no habría aguantado la tentación de probar alguna rosquilla.

Alas de ángel faworki

Solo he podido celebrar Tłusty cwartek una vez en los tres inviernos que llevo aquí en Polonia. Y cabe la pregunta, ¿si no quedé a reventar, entonces, mi festejo no contó? En esa ocasión, si mal no recuerdo, solo me comí una o dos grasosas donas. A diferencia de la navidad polaca, que exige indigestarse, no me harté; habría podido comer más. En una encuesta virtual del periódico local Gazeta Wrocłwaska, un 32 por ciento de los breslavos dijo que come cinco o hasta once y más donas este día. Exo explica los paquetes de diez o veinte unidades en el supermercado.

Mientras tanto, en el jueves lardero (en España) se hartaban con “chorizo, pan y huevo”. Me pregunto si en los carnavales en Colombia también la gente come desaforadamente.

Supongo, y cruzo los dedos, que este fin de semana comeremos faworki: la galleta crujiente hueca por dentro, con azúcar en polvo por encima, típica de este jueves grasiento.

De una puerta robada y Breslavia, capital europea de la cultura

A mis vecinos del edificio con la esvástica en la pared les robaron la puerta el martes o miércoles. Se la llevaron durante una de estas largas noches de invierno. A la mañana siguiente, una patrulla de policía llegó a tomar fotos, mientras los vecinos parecían desconcertados. Aquí no hurtan tapas de las alcantarillas, prefieren las puertas viejas de hierro o de acero. Bueno, exagero. No conozco más casos de portones robados. Por un par de días se podían ver las escaleras internas del edificio desde la calle o desde mi ventana. Y mejor no imaginar las corrientes de frío que pudieron subir hasta esos apartamentos, especialmente en estos días tan helados -con el césped cerrado, duro como una roca-.

Los Policías fueron muy eficaces, y a la mañana de ayer ya había reaparecido la puerta. Claro que no debe ser difícil encontrar un objeto de ese tamaño oxidado y con rayones.  Si mi cédula hubiera sido tan grande como esa puerta, la policía no habría podido pasarla por alto (y yo ni la habría sacado de casa).

*

Breslavia ya es oficialmente la Capital Europea de la Cultura (ESK) 2016 -y como Bogotá en 2007, a partir de abril será Capital Mundial del Libro-. La inauguración de ayer no fue muy afortunada: los desfiles se retrasaron dos horas en llegar a la plaza, nadie daba información sobre el retardo, y la narración o era incomprensible por la música y el ruido de la gente o carecía de sentido.  Luego el público tuvo que esperar unos 50 minutos más para el gran finał, mientras los artistas construían un complicado armatoste. Pero ya era tarde: a esa hora casi toda la gente se había ido aburrida de congelarse en el frío (¡estábamos a -2!). ¿Al director del espectáculo le pareció un detalle menor el invierno? ¿O más bien, y como dicen muchos, el show fue pensado para la pantalla de Youtube y los noticieros? Espero que esta fallida inauguración no sea un mal pronóstico del año de Breslavia como capital de la cultura.

El complicado armatoste

Mi impronunciable barrio, en fotos

Yo quería colaborar como voluntaria en una revista cultural de Silesia. Como no puedo entrevistar en polaco (aún) ni traducir textos, me ofrecí como fotógrafa. Finalmente no voy a tomar fotos para la revista; no soy una profesional. Sin embargo, sí me pidieron imágenes de mi barrio, Przedmieście Oławskie (Trójkąt), “supuestamente” para un proyecto sobre cómo los extranjeros vemos a Breslavia. Digo “supuestamente” porque desde que les envié las fotos no he recibido ninguna respuesta.

Fachadas

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Mascotas

Este pareciera ser el barrio de los perros y gatos en los alféizares de las ventanas. Aunque con la llegada del frío el gato de la última foto ya no está saliendo para vigilar a las palomas ni a los recicladores. Pueden ampliar las fotos haciendo clic.

 

Jęczmien na oku

Tomada de internet

Esta semana me salió un orzuelo, o cebada en el ojo  -un jęczmien na oku, como se diría en polaco-. Y le echo la culpa a una revelación del interminable libro Microcosmos, de Norman Davies: a Wrocław, Breslau en 1938, se le consideró como la ciudad más fiel a Adolfo Hitler.

Entonces, de acuerdo con ese libro, la esvástica colgaba de fachadas de edificios como la Alcaldía o la estación de trenes, parlantes en cada esquina vociferaban consignas en alemán y los nazis rebautizaban calles a su acomodo. ¡Existió la calle Adolfo Hitler! Ahora se le conoce como Adam Mickiewicz, un poeta polaco, y antes del Tercer Reich se le llamó Friederich Ebert Strasse en honor al primer Presidente alemán. Es una vía que bordea el parque aledaño a la fuente multimedia o Pérgola, y llega hasta el lugar en donde miles de deportistas quisieron deslumbrar a Hitler en 1938: el antiguo Estadio Olímpico (Stadion Olimpijski),

En una página dedicada a la historia de Breslavia hay fotos del multitudinario recibimiento al Führer en el verano de 1938, en el Sportfest. Su introducción es muy acertada: “Es difícil ver estas imágenes y no pensar, con disgusto, que en los siete años siguientes muchas de las calles soleadas y cálidas de esta antigua ciudad se convertirían en un inmenso e intenso infierno lleno de ruinas”.

Tres escalas para llegar a Breslavia

Que toque quien quiera
Quien quiera tocar, bien pueda

Ojalá todos los aeropuertos fueran como el de Munich, con cabinas para dormir una siesta, pequeñas bibliotecas con sillas y sillones reclinados, o salas con bebidas calientes y periódicos gratis. Así sería más llevadero viajar desde y hacia Breslavia. Porque, como comenté en una entrada anterior, desde esta ciudad no hay conexiones aéreas directas hacia algunos países. Viajar de aquí a Colombia toma más de 20 horas, e ir hasta España u otros países de Europa también requiere de varias escalas, a veces interminables y turbulentas.

Por tierra tampoco está bien conectada del todo. Hay unas doce horas de camino en bus hacia Viena y Bonn, en Alemania, está a catorce horas por carretera. Además no hay servicios directos en tren. De nuevo, las palabras de Norman Davies y Roger Moorhouse en su libro Microcosmos, retrato de una ciudad de Europa Central se ajustan a la Breslavia actual, aunque se hable ella, de Presslaw, en el siglo XVI: “(…) por su geografía, (la ciudad) estaba menos integrada con la economía imperial (…). La facilidad para transportar bienes a Poznan, Cracovia, Berlín o Dresden contrastaba con las dificultades para llegar a Viena o Alemania Central”.

Pero no me malinterpreten. Me gusta Breslavia aunque tenga que sacrificar horas de sueño o mediodía viajando.

Napcab en Munich
Cabinas para dormir en Munich, por 30 euros (eso sin contar la tarifa por hora, de 10 ó 15 euros).