Diario de viajes: verano a la italiana

Quise volver al hotel Domus Aurelia, la casa religiosa en Roma donde dormimos por primera vez en nuestro viaje a través del océano, cuando yo tenía 13 años.

Como recordaba, Domus Aurelia quedaba lejos a pie. Nos costó trabajo llegar hasta allí, en la loma, en ese calor de 30 grados a las 9 de la noche después de bajarnos del bus. Y también sudamos mucho al día siguiente, bajando hasta San Pedro y de ahí al río Tiber para buscar la calle Petroselli bajo el ardiente sol.

En nuestra primera noche estuvimos buscando “alimentari”, tiendas de barrio, o pequeños supermercados con frutas, agua e incluso sombreros, administradas sobre todo por inmigrantes, donde vendieran cereal para el desayuno.

Nos perdimos un poco entre las calles de Roma, a las diez, casi once de la noche, mientras italianos y turistas se refrescaban en las gelaterias, como ocurrió en ese primer viaje a Italia con mis papás. Pero no éramos los únicos desorientados: había otra pareja, sin teléfono inteligente ni GPS, confundida sobre la dirección que debían tomar en una calle del centro cerca del río. Sí, todos los caminos llevan a Roma, pero Roma hace que todos nos perdamos en sus caminos.

Mamma mia, che caldo fa!

Prefiero el invierno de Italia o su otoño tardío que su verano. En la temporada fría casi todos los árboles conservan sus hojas, caminar no incomoda y con suerte las temperaturas no son tan extremas. Aunque pueden llegar a -1, como le escuché a una italiana que defendía el frío romano.

Julio en Opi (en la zona del parque Abruzzo):

Sobre las dos de la tarde, cuando los pueblos arden a 30 grados, no se ve gente: está encerrada, a la sombra, las cortinas bajas, haciendo la siesta del almuerzo y huyendo del calor. Porque, ¿a quién se le ocurre salir a pasear o a hacer la compra a la hora en que la sombra es mínima? ¿quién quiere salir a sudar y sudar y quemarse los sesos? Ya las almas saldrán en la noche a sentarse en las bancas construidas fuera de las casas para conversar, o se refrescarán con alguna bebida en el bar.

Con esas temperaturas, ni los animales saben dónde meterse: si en baúl de un carro abierto, bajo una banca con sombrilla, o entre las aguas medio secas de un riachuelo.

En las montañas tampoco hace frío. Hay que buscar la oscura y seca Gruta de las Hadas o más bien el arroyo Tornareccia, donde dicen, vive la ninfa Calisto, para pedirle sosiego, con la música de las campanas de caballos y vacas de fondo.

Roma, la lasaña arqueológica

Es pésima idea hacer turismo entre las diez y las cinco de la tarde bajo ese sol abrasador. O mejor: es pésima idea visitar Roma en verano. Pero si no se tiene opción, lo mejor es buscar el costado de la calle a la sombra -así lo recomendaba alguien en un artículo-, y cruzar cuantas veces sea necesario la vía para estar protegido bajo el fresco de los árboles y edificios. Un hombre que pedía dinero por limpiar la calle Appia Nuova lo sabía: en las mañanas barría el costado oriental y en las tardes el occidental.

Si a pesar de caminar por la sombra se siente desfallecer, atención a las fuentes de agua en las calles y puntos turísticos: puede beber y rellenar la botella con agua fría cuantas veces lo requiera. Los mismos acueductos de los antiguos romanos surten a Roma y es seguro consumir su agua, dice quien me hospedó (ojo, puede que en estos días, finales de julio, se presenten racionamientos por una emergencia ambiental por sequía).

Hay además un par de atracciones para guarecerse del sol en días a 35 ó 32 grados: las catacumbas de San Sebastiano y San Calixto, que datan del primero y segundo siglo D.C.. Sin embargo, una advertencia, para llegar debe estar dispuesto a bien: esperar el bus que va hasta allí y pasa cada media hora, resignarse a derretirse con la caminata o pagar un taxi. Bajo tierra tendrá por lo menos treinta minutos en cada cementerio para retomar energías a salvo del sol y del bochorno.

Ambos cementerios fueron construidos de arriba hacia abajo con gravilla volcánica de la zona, y es posible admirar tanto lámparas de arcilla con las que se velaba a los muertos, como tumbas de un tamaño reducido: en esa época la mortalidad infantil era muy alta, dicen los guías. Mientras las de San Calixto se extienden unos 20 kilómetros, las de San Sebastiano tienen unos 12.

En las paredes de ambas aún son visibles símbolos cristianos como el pez, el ancla o la paloma. Y en las de San Sebastiano hay además grafitis de la época, específicamente nombres grabados sobre todo en honor a San Pedro y San Pablo.

Roma no ha hecho más que crecer hacia arriba y acercarse cada vez más hacia el sol y el calor. El mausoleo pagano en las catacumbas de San Sebastiano, casi intacto y con colores bajo la Basílica homónima, estuvo en su tiempo al aire libre: dice el guía que el techo que hoy vemos encima del mausoleo, equivalente al piso de la iglesia, alguna vez fue un cielo tan azul como el de ese día. Dice, si recuerdo bien, que hay tantas cosas por descubrir bajo tierra en Roma, que “la capital es como una lasaña”. Una lasaña hirviendo en verano, con calles fundidas bajo el calor.

Y bien, no recomiendo andar ligero de ropas si el plan es de iglesias, pues pueden amonestarlo por llevar los hombros descubiertos. Sin embargo, no le negarán la entrada: le entregarán un velo desechable del mismo material de las batas quirúrgicas –mamma mia! una capa más- para que no irrespete el lugar sagrado y se vea “mejor”. O será que la piel alrededor de las axilas es un insulto.

A salvo en la playa

Basta meter los pies en el mar para sentir alivio.

Al menos en Pescara y Montesilvano, en la costa Adriática, hay playas pagas, gratuitas, para discapacitados y para amos con sus animales. Playas a donde se puede llegar en bicicleta siguiendo la ciclorruta construida a lo largo del malecón que une a estas dos ciudades.

En las playas libres cada quien lleva su toalla y sombrilla y escoge dónde acomodarse. En las pagas, la sombrilla con sillas o tumbonas pueden costar 15 euros por medio día. La palma -una versión para un grupo numeroso, con juguetes para niños- seguramente equivaldrá al doble.

Quien decide en qué zona exacta de cada playa podrá sentarse es el “baywatch”, el salvavidas o bagnino. Él le asigna la ubicación en la arena después de que paga.

Aquí los vendedores ambulantes halan carruajes construidos con un par de sombrillas y una tela encima conectándolas; de las sombrillas cuelgan vestidos de baño y pareos, y la carroza da la impresión de ser una gran oruga.

Mientras los vendedores pasan, los italianos practican el deporte de las tumbonas acuáticas: dícese del baño de sol ya sea en el agua o en la arena. Los niños, por su parte, juegan en los rodaderos playeros: plataformas flotantes con pedales con un rodadero que da al agua, o rodaderos enterrados un poco más allá de la orilla.

Un servicio público que exaspera

Yo quería recorrer Roma a pie y evitar el transporte público. A nuestra llegada tomamos un bus donde íbamos tan apretados como TransMilenio en hora pico, con el agravante de una maleta de ruedas de la altura de un niño de cinco años. Ese viaje me recordó porqué lo mío es la bicicleta: odio tener que esperar el bus y sufrir porque tengo que abrirme paso entre un laberinto de codos y brazos; en Bogotá a veces prefería bajarme en una estación donde no hubiera tanta gente y coger otro bus o caminar.

Para mí no es problema esperar diez o quince minutos en una temperatura como la de Bogotá; sin embargo, si se retrasa mucho, mi impaciencia casi siempre me incita a caminar. Pero si calienta, si fa caldo, coger el bus puede ser lo más sensato; especialmente si no hay andenes (caso de la vias Adreatina y Appia Antica).

This slideshow requires JavaScript.

Me hubiera gustado probar las bicicletas públicas de Roma, pero no me decidí y parece que el modelo dejó de funcionar hace unos años. Vi la zona donde supuestamente se podrían alquilar sin ninguna bicicleta.

En todo caso, no hay muchas ciclorrutas en Roma, y no me habría sentido muy segura pedaleando en ese tráfico.

Para finalizar, una escena en un bus:

El conductor tenía una gorra de los yanquis y una bandera de Estados Unidos colgada en el asiento.

Íbamos en una ruta donde se suben los funcionarios del Comune di Roma, digamos que los funcionarios distritales. Después de pasar por las Termas, una mujer se acercó al conductor furiosa y empezó a reclamarle porque era un servicio público y portaba la bandera estadounidense.

“Estamos en Italia, no en Estados Unidos”, le decía.

El conductor, alterado, se detuvo antes de la siguiente parada para que la mujer se bajara. Le abrió las puertas delanteras pero ella se negó. Incluso el conductor se desconcentró y tuvimos alguna frenada en seco o susto menor de accidente.

Ante la respuesta displicente y retadora del chofer, ella amenazó con tomarle una foto con la bandera.

“No, una foto no”, dijo atemorizado, y escondió el objeto de la discordia.

La mujer continuó hablando de los deberes del conductor y por qué no debía portar ese símbolo de otro país en un servicio de transporte público.

Luego otra mujer a mi lado interpeló impaciente: “¡Cállese! Este es un país libre”. “¡Zitta!”. Y lanzaba miradas de reproche y desespero.

Nadie apoyó a la mujer que se quejó por la bandera (yo supongo que era una trabajadora del municipio); derrotada, se devolvió hacia la mitad del bus, un poco avergonzada.

Aprovechar el (buen) tiempo

En días de sol y buena temperatura -tipo Bogotá en un domingo caluroso- la gente se vuelca a los parques y calles de Breslavia en un trancón de gente y bicicletas. El encierro “pica” después de meses de cielos grises y árboles desnudos.

Ya todos los árboles se vistieron de verde y las golondrinas parecen chillar de alegría en su vuelo. Quedarse encerrado es un desperdicio: los días de sol son bienes “preciosos” que no se subestiman, porque más de la mitad del año (quizá unos siete meses) nubes densas y deprimentes ocultan el sol en Polonia.

La mayoría de polacos que he conocido le achacan su temperamento tristón a la falta de sol.  De ahí el anehlo de una vida en España, o en cualquier país con luz, calor y fresas locales el año entero. El sueño no es americano sino español o suramericano.

Hace poco mi estudiante me regañó en broma: “¡hay fresas todo el año en Colombia! ¿Qué haces en Polonia?”. Y fue imposible no recordar a mis amigos colombianos con su “¿qué haces aquí en Colombia? Con tu doble nacionalidad yo no me quedaría a vivir aquí”. Cuestión de valores.

De volver a Colombia, las frutas frescas y el buen clima serían valores agregados: en mi escala está primero aprovechar el tiempo con la familia y los amigos.

Escribiendo como vecina (de El Tiempo Zona Breslavia)

Si yo trabajara ahora como reportera local de El Tiempo Zona Breslavia, no sería nada raro recibir una llamada como la descrita abajo. La Vanessa reportera habría publicado una versión de esta historia -con la correspondiente respuesta de la autoridad ambiental- bajo el título “Polución toca nuestra puerta” en la sección Desahóguese.

Buenos días, señorita, la llamo porque necesitamos que alguien del Dama venga urgente a nuestro barrio, al Triángulo (Trójkąt). Ya casi tenemos los pulmones carbonizados y la Alcaldía no hace nada. Todos los santos días en las mañanas y en las noches ese olor como de aceite con papel periódico, y a nadie le importa. Es que ya hasta el médico me prohibió abrir las ventanas del apartamento en invierno por la humareda de carbón de los otros edificios. Este barrio está ahogándose en la cochinada.

La administración de mi edificio limpia la entrada todos los días, y todos los días alguien convierte la misma entrada en discoteca e inodoro. No solo es en mi cuadra, si usted se da un paseo por las calles Komuny Paryskiej o Kościuszki va a encontrar botellas de cerveza y vodka y orines en los portones, y ni le quiero decir qué otras asquerosidades, ustedes mismos pueden venir a comprobar y tomar fotos.

Lo otro es la alharaca de los tomatrago en el antejardín en las noches templadas. Y uno ni llama a la Policía porque luego eso es para ganárselos de enemigos. Hace unos años a mi amigo Francesco le dio por quejarse en la comisaría y los vándalos esos se la pasaban amenazándolo, el pobre hasta tuvo que mudarse. Pero el colmo de la suciedad son los anuncios de pizza que nos dejan colgados en las manijas de las puertas como un adorno de Navidad. ¡Eso tiene que ser ilegal! Un momento busco esos folletos, ¿dónde fue que los metí?… Ya, a ver, un segundito me pongo las gafas para leer… Mire, Party pizza me ha dejado papeles dos veces. Y tengo otro de Pizza Widmo. Entonces señorita, a través de ustedes les hago un llamado a los señores del Dama para que por favor multen a esas pizzerías. Esos papeles están violando mi derecho a la intimidad y a la tranquilidad.  No le doy mi nombre porque luego eso es para problemas con los vecinos. Gracias.

Feliz día de la vagancia

Hoy, oficialmente primer día de la primavera por calendario, también se celebra el día de la capada de clase (día de hacer novillos): dzień wagarowicza.  Así, por ejemplo, en la hora de matemáticas los adolescentes se dedicaron a tomar algo con sus amigos en un bar, un parque, o un centro comercial (no me lo invento, lo dicen las imágenes de Twitter). El periódico Gazeta Wrocławska advirtió que los policías locales estarían patrullando las calles: visitarían sobre todo tiendas para controlar la venta de licor a menores, así como parques porque consumir alcohol en la vía pública acarrea una multa de cien zlotis.

Por eso, dice Marcin, hoy la profesora no pondría mucho problema si los estudiantes prefieren quedarse en casa o ir al parque a jugar rol en vez de ir al colegio. Aunque hay profesores de profesores, y los habrá exigentes incluso en el dzień wagarowicza. ¿Será como una especie de Jean-day? Quizá nuestro equivalente sea más bien un día de paro nacional: entonces hay una excusa para faltar.

No tuve la impresión de ver a jóvenes capando clase esta mañana. Aunque bueno, no hay forma de detectarlos.

*

El invierno parece envejecernos. Una mujer de unos setenta u ochenta años que vive en este edificio y usa gafas oscuras para las cataratas se veía llena de energía en octubre, pero hace unos días daba la impresión de ser otra mujer: estaba encorvada y delgada, demacrada. A otra vecina que sale a fumar y pasear el perro en el jardín del frente le ocurrió una transformación parecida. No creo que sea cuestión de un corte de pelo (o quién sabe); parece haber perdido masa corporal, alegría. Y conozco a otra persona con arrugas más pronunciadas después de estos meses de frío -aunque vale decir que ha estado preocupada-.

Leche caliente, miel y ajo

Hace dos semanas, un domingo por la tarde, alguien se quejaba de dolor, tosía, estornudaba o ardía en fiebre en los comerciales de un canal polaco de televisión. Distintas marcas de jarabes nos hablaban a nosotros, los apestados por resfriados, gripe o infecciones bacterianas. Somos muchos. Casi todos en la familia de mi novio estuvimos enfermos este otoño-invierno. Mis estudiantes también, y sus allegados, igual.

Veinte años atrás, el remedio casero para los resfriados aquí -así como el de cebolla con miel, en mi caso- era de leche caliente con miel y un diente de ajo. Yo creía haber visto a mi novio comerse un ajo crudo para curarse un dolor de garganta, y eso, sumado a mis lecturas en internet (debería dejar de consultar al doctor Google), me convencieron de comerme un diente para tratarme lo que sentía como inicios de una amigdalitis o una faringitis: “Es un antibiótico natural”, había leído.

Foto tomada de http://all-free-download.com/
Foto tomada de http://all-free-download.com/

Lamento haberme automedicado. Con el primer y único bocado pensé que me estaba intoxicando: me ardió la lengua y la garganta, me lloraron los ojos,  tuve vómito y no pude quitarme el sabor esa noche, ni siquiera después de cepillarme los dientes y la lengua con crema dental. Ojalá alguien me hubiera advertido de los efectos del ajo crudo. No recuerdo a mi mamá o mi abuela desaconsejándome de comerlo sin cocinar.

“Solo, sin pan ni otro alimento, es muy pesado para el estómago”, supe ya tarde.

De niña, disfrutaba oler el frasco de pasta de ajo en la alacena de la casa de mi abuelo. No sé si volveré a tener ese placer. Hoy lo cociné en una ensalada de calabacines con cebolla puerro y tomate y me provocó repulsión. Para completar, tras haberlo horneado, yo lo veía azul en el plato y mi novio verde, al estilo del vestido que fue noticia.

¿Hasta pronto, ajo?

P.D.: En algunos pueblos de Rusia comen cebollas como manzanas, dice mi novio.

Un pájaro dentro de otro pájaro

Por fin en casa
Por fin en casa

En septiembre pasado encontramos un vuelo en promoción a Bogotá por unos 300 euros (700 mil pesos colombianos, y 1.100 zlotys polacos). Oferta soñada para Navidad, si se compara con los precios del verano (más de 1.200 euros). Los anunciaba Fly4Free, una página de Facebook que publica vuelos baratos desde Europa hacia Asia, América del Norte y América Latina. Apenas vimos los tiquetes, decidimos comprarlos.

Con la ganga, el primer avión saldría de Berlín en la madrugada, después haríamos escala en Munich, de allí volaríamos a Houston (con una hora y 20 minutos para hacer aduana y cambiar de vuelo, mejor dicho, correr), y por fin, 22 horas más tarde, llegaríamos a Bogotá. El precio de volar tan barato -que viene incluido con la paranoia de “a última hora algo saldrá” mal-.

Mi novio estaba un poco preocupado con los tiquetes. Se preguntaba si al comprarlos por medio de una agencia de internet, y no con la aerolínea directamente, algún detalle podría cambiar a última hora y nosotros no nos enterearíamos.

Todo parecía estar en orden en Munich, hasta que  me pidieron un documento, aparte del pasaporte, que demostrara mi residencia en Polonia; yo rara vez cargo mi tarjeta de residencia polaca, un papel blanco del tamaño de la pantalla de una tableta pequeña, ni traía la tarjeta de la biblioteca conmigo. No podré volar, ¿y ahora? La azafata insistió con calma en que buscara mi “prueba” polaca y finalmente me salvó la tarjeta débito. Es por seguridad, decía ella con un suave acento peruano.

Después de ese primer susto en Munich con la prueba de la residencia, nos imprimieron el tiquete hacia Houston en el counter, pero nos informaron que el vuelo de Bogotá aparecía cancelado hacía poco por mantenimiento del avión. ¿A qué hora viajaremos? ¿Viajaremos? Ahí la paranoia del tiquete barato empezaba a estar justificado. La azafata nos redirigió a otro counter; y un par de minutos más tarde había una fila de cinco personas detrás de nosotros con el mismo viaje cancelado.

*

(Para ese momento estábamos ya cansados y con hambre. La noche anterior la habíamos pasado en las sillas metálicas del aeropuerto Tegel de Berlín: dormimos a medias, de 1 a.m. a 4 a.m., con los oídos atentos a la sala de espera porque no confiábamos en que no nos robaran. Cualquiera, prácticamente, puede entrar al aeropuerto. Amarramos mi mochila y una bufanda con las maletas e intentamos descansar a pesar de la caída de la temperatura en la madrugada. Dos policías patrullaban las salas, un hombre dormía en el piso, al respaldo de nuestra zona de “descanso” una pareja veía películas y en otras sillas, un hombre protegía su equipaje con una pierna encima y una mano enrrollada entre su mochila-almohada.

Aunque Breslavia está muy bien ubicada para viajes cortos a Alemania, República Checa u otros países de la Unión Europea, viajar desde esta ciudad a Colombia es un asunto de nunca acabar. Si desde España son 10 horas de viaje, desde Breslavia puede ser el doble, por los buses o aviones necesarios para conectar con ciudades más grandes. Así, nuestro viaje comenzó el lunes a las 7 de la noche hora polaca, con bus a Berlín incluido, y terminaba -en el itineario original- tres aviones más tarde, a las 3 de la mañana del miércoles, hora de Polonia. Pensar que mi prima trabaja en este negocio de los viajes todo el año, ¿cómo hace?).

                                                *

El computador de la azafata en el segundo counter de Munich funcionaba a medias, y ella iba y venía de un computador a otro, sin decirnos si podríamos viajar este día, o del todo, a Bogotá. Pensé, ¿se cancela la Navidad colombiana? Por fin nos ofrecieron ir de Miami a Bogotá, luego No, no aparecen asientos disponibles. Esperamos una media hora con el grupo “colombiano”: dos polacos, una colombiana residente en Alemania y otra pareja -no sabemos si suizos o checos-, hasta que nos anunciaron el milagro, viajaríamos Madrid-Bogotá y llegaríamos más temprano. Casi todos celebramos el cambio. Creo que ninguno estaba de ánimo para pasar 13 horas en el vuelo a Houston, y luego, 5 más, de allí a Bogotá.

Tampoco esperábamos que un canario, o quién sabe qué pájaro, nos acompañara en el vuelo de Munich a Madrid en una jaula pequeña con una tela azul encima. Un grupo de pasajeros españoles ubicados delante de nuestras sillas, llegaron a pensar que algún gorrión se había colado -y no habría sido raro, porque un grupo de ellos comía migajas dentro del aeropuerto en la zona de check-in-.

“El pájaro está flipando porque nunca había estado tan arriba”, dijo uno de ellos. Otro joven jugaba con silbidos. Y el pajarito, nervioso o excitado, hablaba durante las indicaciones de seguridad, o en respuesta al rumor del avión. En palabras de mi mamá, parecía loro mojado.

*

En Polonia, en Colombia, en España. En cualquier país habrá motivos para quejarse. “Esto es España”, narraba un español el aterrizaje en Madrid, mientras veía una carretera a medio hacer que no conducía a ninguna parte.  En Bogotá tuvimos el puente de la carrera 11; en Breslavia, una biblioteca que casi no se termina.

“¿Eso cuántas sopas cuesta?”

La temperatura sigue cayendo y hay que armarse con un termo con agua caliente o algún té, doble medias, doble saco, gorro, guantes, bufanda, para caminar en la calle todo el día. Y estar dispuesto a pasar frío.  ¿Exageraré con el equipo de invierno?

Los últimos días, hemos estado entre cinco y menos un grado -éste, con sensación térmica de menos ocho-. En la ‘bici’, insisto, no paso frío. Y ahora que subió la temperatura, los cinco grados se sienten en la cara como la caricia cálida de la primavera. Los polacos y los ingleses tienen distintas medidas para el frío, y más de cinco o diez grados clasifican como “calor”. Frío se siente con cero. Frío, frío, de cero para abajo; o esa pareciera ser la regla.

No entiendo cómo trabajan los tenderos en los mercados navideños. Están ahí, quietos, en una pequeña cabaña, con las narices rojas, envueltos en chaquetas y cubiertos con gorros y guantes. Venden relojes de bolsillo, quesos fritos, panes, piedras preciosas, muñecos de madera. ¿No se enferman sin poder moverse en esos pocos -dos o tres- metros detrás del mostrador? Habrá calefacción (digamos), pero no hay una puerta o una ventana que mantenga el aire caliente circulando solo dentro de la vitrina. En los centros comerciales, en cambio, la primera puerta automática que se abre es la de la derecha, y la siguiente es la de la izquierda para evitar que se escape el calor (supongo).

¿Y los vendedores de vegetales o de gorros en los túneles bajos? Solo unos pocos continúan ofreciendo sus productos en este clima.  ¿Valientes o ambiciosos?

*

La feria navideña de Breslavia es la más grande de Polonia y este fin de semana la visitamos con un par de amigos colombianos que vinieron de paseo. Aunque ellos no son muy friolentos -zmarzluchy-, el viernes caminamos durante un par de horas, recobramos calor en un restaurante, luego dimos una segunda vuelta, y nos calentamos en un café con una sopa picante de “vegetales blancos”.

Ayer probaron la sopa de barszcz y de tomate (pomidorowa) en uno de los bares de estilo comunista de Breslavia. No podían creer que dos sopas y un plato más, o en sus palabras, “tres sopas”, costaran solo cinco zlotis, es decir, unos 3 mil cuatro cientos pesos o un poco más de un euro. Después de esa compra tan barata, las sopas se convirtieron en su rasero. “¿Este llavero me cuesta cinco sopas?”, “Esta entrada al concierto son dieciocho sopas” “¿Y eso en sopas, cuánto es?”, bromearon durante el resto de la tarde. ¡Espero que en el resto de su viaje no los acompañe el fantasma de las sopas -o todo podría parecerles caro-!

*

Desafortunadamente, mi nivel de polaco aún es muy básico. En el bar comunista Miś quise pedir pierogi  (empanadas cocinadas rellenas) vegetarianos y sin queso, y una sopa de barszcz más, pero la presión de la fila y la cajera que nos apremiaba, me lo impidió. No sabía cuáles eran los pierogi “vegetarianos” en el menú colgado en la pared -dudo que tuvieran- y olvidé decir dwa razy barszcz (algo así como dos veces la sopa de remolacha). Si hubiera podido hacer la orden al lado de la barra, tal vez habría tenido más éxito; en ese bar, sin embargo, la cajera estaba al lado del menú, lejos de la cocina. Para la próxima visita espero que mi nivel de polaco dé para ordenar sin ansiedad los pierogi y la zupa deseada.

Queridos Carlos y Julián, ¡gracias por habernos visitado!