Rybcium, el pe(do)rrito atómico

Debería instaurarse el sistema del perro prestado, así como ahora está de moda compartir casa, comida y etcétera con AirBnb, las neveras compartidas, las bicicletas públicas. ¿O a lo mejor el perro compartido ya existe y estoy desactualizada?

Estuvimos cuidando un perro por unos días. Su nombre viene de una canción folclórica polaca sobre unos zapateros sin dinero, pero con  tiempo, que vagabundean por el bosque y que cantan “rybcium pypcium”. Este perro encarna el espíritu alegre de la canción cuando sale a pasear.

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Rybcium es un perro gigante, una bestia con una trompita de oso. También parece un león con su abundante pelaje amarillo y blanco y sus mechitas rizadas. Tiene unos trece años, y cuando lo dejábamos caminar sin la correa parecía un cachorro -o por lo menos un perro joven-: corría, jugaba con las ramas, se rascaba la espalda contra el suelo o los árboles. El otro día fuimos al bosque Strachociński en bicicletas con él. Si nos le adelantábamos mientras él se quedaba atrás comiendo pasto, venía hasta donde nosotros feliz en un carrerón.

En el bosque le daba por abrir huecos en la tierra para comérsela o moder gusanos, y solía meterse a un estanque cubierto de plantas verdes y lleno de lodo. De modo que salía del agua con las patas y la barriga enlodadas, como si vistiera unas botas y un traje negro en la panza.

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A Rybcium lo dejábamos sin correa en el bosque y a la orilla del río, o donde pudiéramos controlar, en la medida de lo posible, que no hubiera perros. Si lo llevabámos con la correa andaba despacito, despacito, con achaques y tropiezos; y cuando lo soltábamos hacía acopio de todas sus energías y se nos adelantaba un buen tramo. Marcin tenía que correr detrás de él para atraparlo.

Si estaba sucio, Rybcium tenía permiso, o la obligación, de meterse al río, aunque Marcin no lo soltaba porque le daba miedo de que la corriente se lo llevara.

Es un perro inteligente o de una gran intuición. Podía predecir si íbamos a salir a su vuelta, y entendió cuando le dijimos que el arroz que una vez preparamos era para él.

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Marcin medita por lo general en nuestro cuarto encima de una cobija bien gruesa. Cobija que Rybcium, el perro meditador, estuvo usando en las primeras noches ya que la suya en el pasillo era muy delgada.

Una mañana me puse a recuperar sueño porque Rybcium nos había despertado a las tres de la mañana para salir por problemas de diarrea. Así que Marcin se llevó su cobija a la sala para meditar mientras yo descansaba. Una hora después, me levanté al baño, cerré la puerta y oí unas paticas en dirección de la habitación. Pensé que Rybcium había ido a saludarme. Sin embargo, cuando Marcin terminó su sesión, lo encontró en el pequeño “nido” caliente que yo había dejado en la cama. “¿Si tú usas mi cobija, yo uso tu cama?”, le preguntó Marcin intentando sonar serio con su regaño.

Un domingo que lo dejamos solo por unas cuatro horas descubrió el sofá: a nuestro regreso había mechones rubios y algunos pelos rizados. Esa noche además decidimos cerrar la puerta de nuestra habitación porque anteriormente nos había desvelado haciendo ruido y tirándose “pedos atómicos”. Y cuando Marcin se levantó al baño, en mitad de la noche, no lo encontró en el pasillo sino en el sofá, muy avergonzado. Desde ese día disimulaba su antojo por el mueble y no intentaba subirse en nuestra presencia -o nos miraba para pedirnos permiso-. Si estaba trasnochado, no nos escuchaba salir del cuarto, y podíamos admirarlo profundamente dormido y despreocupado en el sofá; o si estaba alerta, se bajaba del mueble rápido, antes de que alguno saliera. De cualquier forma, en las mañanas siempre descubríamos pelusas en el sofácama.

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Nuestro vecino el avión

 

Tomada de https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/4/4a/Delichon_urbicum_-Iceland_-flying-8_%281%29.jpg

Mientras estábamos de viaje, los aviones que montaron su nido en la ventana de nuestro dormitorio se fueron de vacaciones. Empacaron insectos en un par de maletas, una sombrillita de sol, y a volar, aprovechando que los hijos finalmente salieron del nido.

Me los imaginaba en una cascada jugando a mojarse entre las cortinas de agua. Garabateando con sus plumas y colas en el aire: giros y giros que pueden ser eses, espirales, o quién sabe qué.

Aquí los estuvimos extrañando durante un par de semanas. Yo por lo menos ya no tenía pájaro despertador y tenía que contentarme con levantarme tarde o con la ayuda de la alarma del teléfono.

El padre o la madre entrando al nido

Cruzando la calle hay un condominio de nidos de aviones, en el nuevo edificio cercano al río. Allí bailan en el aire docenas de estos parientes de las golondrinas, llevándoles comida a los hijos que aún no se aventuran fuera del nido o simplemente volando alrededor de las casas de lodo, arriba y abajo, como si estuvieran en un carrusel. Planeando y haciendo alharaca por el simple gusto de hacerlo.

Mientras los aviones estuvieron ausentes durante la ola de calor, ningún otro intentó apoderarse de la casa que desocuparon nuestros primeros huéspedes. Hace dos días viene una familia, no sabemos si la misma, en las primeras horas de la mañana. En la tarde, el calor y el brillo del sol en la ventana se hace insoportable y por eso los aviones desaparecen para, quizás, echarse una chapuceadita en el río Odra.

Leímos que los aviones pueden poner huevos dos veces al año. No sabemos si ahora planean una segunda camada. Si empollaran hoy, los hijos nacerían en septiembre u octubre, y tememos que para esa fecha ya tendrían que estar buscando la manera de emigrar, y no ocupados en que los polluelos aprendan a volar.

Dicen nuestras cuentas alegres que levantaron su casa a punta de arcilla y babas en semana y media, y que luego la tapizaron con plumas y pasto seco en un par de días. Al mes nos preguntábamos si estarían teniendo problemas para concebir, porque a pesar de que abríamos y abríamos los oídos, no escuchábamos ningún pío infantil.

Una tarde creí escuchar una tímida voz de pájaro y el sonido crujiente de un cascarón que se rompe. Pero no volví a oír nada raro ese día, ni esa noche, ni esa semana, así que se lo atribuí a mi imaginación.

Finalmente, una noche, los escuchamos hambrientos. No era el tímido pío, o ronquido, o gruñido de pájaro que intenta acomodarse que habíamos advertido en el último mes antes de dormirnos. Tenía un tono nuevo.

Unos días más tarde confirmaríamos el hecho: apareció un avión muy escandaloso en el umbral del nido. Con una observación más cuidadosa resultó que no era uno, sino dos, asomados allí, quejándose de hambre. A veces salía a piar el primero; otras lo remplazaba su hermano (o hermana). Aunque puede que hubiera más crías adentro. No era posible saber exactamente cuántos eran: entraba el padre, salía la madre, o al revés. Y dos cabecitas se apretujaban en el estrecho orificio “a prueba de niños” para contemplar a sus padres, el parqueadero, los árboles, el cielo o la gente rara esa que los examinaba a través del vidrio.

En otros momentos aparecía la cola de alguno por fuera del nido, y muy delicadamente hacía popó; entonces el desecho caía en nuestra ventana y en el alféizar exterior, y a pesar de que hubo una sesión de limpieza, aún hoy se erige como regalo y monumento de los aviones fundadores.

Diario de viajes: verano a la italiana

Quise volver al hotel Domus Aurelia, la casa religiosa en Roma donde dormimos por primera vez en nuestro viaje a través del océano, cuando yo tenía 13 años.

Como recordaba, Domus Aurelia quedaba lejos a pie. Nos costó trabajo llegar hasta allí, en la loma, en ese calor de 30 grados a las 9 de la noche después de bajarnos del bus. Y también sudamos mucho al día siguiente, bajando hasta San Pedro y de ahí al río Tiber para buscar la calle Petroselli bajo el ardiente sol.

En nuestra primera noche estuvimos buscando “alimentari”, tiendas de barrio, o pequeños supermercados con frutas, agua e incluso sombreros, administradas sobre todo por inmigrantes, donde vendieran cereal para el desayuno.

Nos perdimos un poco entre las calles de Roma, a las diez, casi once de la noche, mientras italianos y turistas se refrescaban en las gelaterias, como ocurrió en ese primer viaje a Italia con mis papás. Pero no éramos los únicos desorientados: había otra pareja, sin teléfono inteligente ni GPS, confundida sobre la dirección que debían tomar en una calle del centro cerca del río. Sí, todos los caminos llevan a Roma, pero Roma hace que todos nos perdamos en sus caminos.

Mamma mia, che caldo fa!

Prefiero el invierno de Italia o su otoño tardío que su verano. En la temporada fría casi todos los árboles conservan sus hojas, caminar no incomoda y con suerte las temperaturas no son tan extremas. Aunque pueden llegar a -1, como le escuché a una italiana que defendía el frío romano.

Julio en Opi (en la zona del parque Abruzzo):

Sobre las dos de la tarde, cuando los pueblos arden a 30 grados, no se ve gente: está encerrada, a la sombra, las cortinas bajas, haciendo la siesta del almuerzo y huyendo del calor. Porque, ¿a quién se le ocurre salir a pasear o a hacer la compra a la hora en que la sombra es mínima? ¿quién quiere salir a sudar y sudar y quemarse los sesos? Ya las almas saldrán en la noche a sentarse en las bancas construidas fuera de las casas para conversar, o se refrescarán con alguna bebida en el bar.

Con esas temperaturas, ni los animales saben dónde meterse: si en baúl de un carro abierto, bajo una banca con sombrilla, o entre las aguas medio secas de un riachuelo.

En las montañas tampoco hace frío. Hay que buscar la oscura y seca Gruta de las Hadas o más bien el arroyo Tornareccia, donde dicen, vive la ninfa Calisto, para pedirle sosiego, con la música de las campanas de caballos y vacas de fondo.

Roma, la lasaña arqueológica

Es pésima idea hacer turismo entre las diez y las cinco de la tarde bajo ese sol abrasador. O mejor: es pésima idea visitar Roma en verano. Pero si no se tiene opción, lo mejor es buscar el costado de la calle a la sombra -así lo recomendaba alguien en un artículo-, y cruzar cuantas veces sea necesario la vía para estar protegido bajo el fresco de los árboles y edificios. Un hombre que pedía dinero por limpiar la calle Appia Nuova lo sabía: en las mañanas barría el costado oriental y en las tardes el occidental.

Si a pesar de caminar por la sombra se siente desfallecer, atención a las fuentes de agua en las calles y puntos turísticos: puede beber y rellenar la botella con agua fría cuantas veces lo requiera. Los mismos acueductos de los antiguos romanos surten a Roma y es seguro consumir su agua, dice quien me hospedó (ojo, puede que en estos días, finales de julio, se presenten racionamientos por una emergencia ambiental por sequía).

Hay además un par de atracciones para guarecerse del sol en días a 35 ó 32 grados: las catacumbas de San Sebastiano y San Calixto, que datan del primero y segundo siglo D.C.. Sin embargo, una advertencia, para llegar debe estar dispuesto a bien: esperar el bus que va hasta allí y pasa cada media hora, resignarse a derretirse con la caminata o pagar un taxi. Bajo tierra tendrá por lo menos treinta minutos en cada cementerio para retomar energías a salvo del sol y del bochorno.

Ambos cementerios fueron construidos de arriba hacia abajo con gravilla volcánica de la zona, y es posible admirar tanto lámparas de arcilla con las que se velaba a los muertos, como tumbas de un tamaño reducido: en esa época la mortalidad infantil era muy alta, dicen los guías. Mientras las de San Calixto se extienden unos 20 kilómetros, las de San Sebastiano tienen unos 12.

En las paredes de ambas aún son visibles símbolos cristianos como el pez, el ancla o la paloma. Y en las de San Sebastiano hay además grafitis de la época, específicamente nombres grabados sobre todo en honor a San Pedro y San Pablo.

Roma no ha hecho más que crecer hacia arriba y acercarse cada vez más hacia el sol y el calor. El mausoleo pagano en las catacumbas de San Sebastiano, casi intacto y con colores bajo la Basílica homónima, estuvo en su tiempo al aire libre: dice el guía que el techo que hoy vemos encima del mausoleo, equivalente al piso de la iglesia, alguna vez fue un cielo tan azul como el de ese día. Dice, si recuerdo bien, que hay tantas cosas por descubrir bajo tierra en Roma, que “la capital es como una lasaña”. Una lasaña hirviendo en verano, con calles fundidas bajo el calor.

Y bien, no recomiendo andar ligero de ropas si el plan es de iglesias, pues pueden amonestarlo por llevar los hombros descubiertos. Sin embargo, no le negarán la entrada: le entregarán un velo desechable del mismo material de las batas quirúrgicas –mamma mia! una capa más- para que no irrespete el lugar sagrado y se vea “mejor”. O será que la piel alrededor de las axilas es un insulto.

A salvo en la playa

Basta meter los pies en el mar para sentir alivio.

Al menos en Pescara y Montesilvano, en la costa Adriática, hay playas pagas, gratuitas, para discapacitados y para amos con sus animales. Playas a donde se puede llegar en bicicleta siguiendo la ciclorruta construida a lo largo del malecón que une a estas dos ciudades.

En las playas libres cada quien lleva su toalla y sombrilla y escoge dónde acomodarse. En las pagas, la sombrilla con sillas o tumbonas pueden costar 15 euros por medio día. La palma -una versión para un grupo numeroso, con juguetes para niños- seguramente equivaldrá al doble.

Quien decide en qué zona exacta de cada playa podrá sentarse es el “baywatch”, el salvavidas o bagnino. Él le asigna la ubicación en la arena después de que paga.

Aquí los vendedores ambulantes halan carruajes construidos con un par de sombrillas y una tela encima conectándolas; de las sombrillas cuelgan vestidos de baño y pareos, y la carroza da la impresión de ser una gran oruga.

Mientras los vendedores pasan, los italianos practican el deporte de las tumbonas acuáticas: dícese del baño de sol ya sea en el agua o en la arena. Los niños, por su parte, juegan en los rodaderos playeros: plataformas flotantes con pedales con un rodadero que da al agua, o rodaderos enterrados un poco más allá de la orilla.

Un servicio público que exaspera

Yo quería recorrer Roma a pie y evitar el transporte público. A nuestra llegada tomamos un bus donde íbamos tan apretados como TransMilenio en hora pico, con el agravante de una maleta de ruedas de la altura de un niño de cinco años. Ese viaje me recordó porqué lo mío es la bicicleta: odio tener que esperar el bus y sufrir porque tengo que abrirme paso entre un laberinto de codos y brazos; en Bogotá a veces prefería bajarme en una estación donde no hubiera tanta gente y coger otro bus o caminar.

Para mí no es problema esperar diez o quince minutos en una temperatura como la de Bogotá; sin embargo, si se retrasa mucho, mi impaciencia casi siempre me incita a caminar. Pero si calienta, si fa caldo, coger el bus puede ser lo más sensato; especialmente si no hay andenes (caso de la vias Adreatina y Appia Antica).

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Me hubiera gustado probar las bicicletas públicas de Roma, pero no me decidí y parece que el modelo dejó de funcionar hace unos años. Vi la zona donde supuestamente se podrían alquilar sin ninguna bicicleta.

En todo caso, no hay muchas ciclorrutas en Roma, y no me habría sentido muy segura pedaleando en ese tráfico.

Para finalizar, una escena en un bus:

El conductor tenía una gorra de los yanquis y una bandera de Estados Unidos colgada en el asiento.

Íbamos en una ruta donde se suben los funcionarios del Comune di Roma, digamos que los funcionarios distritales. Después de pasar por las Termas, una mujer se acercó al conductor furiosa y empezó a reclamarle porque era un servicio público y portaba la bandera estadounidense.

“Estamos en Italia, no en Estados Unidos”, le decía.

El conductor, alterado, se detuvo antes de la siguiente parada para que la mujer se bajara. Le abrió las puertas delanteras pero ella se negó. Incluso el conductor se desconcentró y tuvimos alguna frenada en seco o susto menor de accidente.

Ante la respuesta displicente y retadora del chofer, ella amenazó con tomarle una foto con la bandera.

“No, una foto no”, dijo atemorizado, y escondió el objeto de la discordia.

La mujer continuó hablando de los deberes del conductor y por qué no debía portar ese símbolo de otro país en un servicio de transporte público.

Luego otra mujer a mi lado interpeló impaciente: “¡Cállese! Este es un país libre”. “¡Zitta!”. Y lanzaba miradas de reproche y desespero.

Nadie apoyó a la mujer que se quejó por la bandera (yo supongo que era una trabajadora del municipio); derrotada, se devolvió hacia la mitad del bus, un poco avergonzada.

Aprovechar el (buen) tiempo

En días de sol y buena temperatura -tipo Bogotá en un domingo caluroso- la gente se vuelca a los parques y calles de Breslavia en un trancón de gente y bicicletas. El encierro “pica” después de meses de cielos grises y árboles desnudos.

Ya todos los árboles se vistieron de verde y las golondrinas parecen chillar de alegría en su vuelo. Quedarse encerrado es un desperdicio: los días de sol son bienes “preciosos” que no se subestiman, porque más de la mitad del año (quizá unos siete meses) nubes densas y deprimentes ocultan el sol en Polonia.

La mayoría de polacos que he conocido le achacan su temperamento tristón a la falta de sol.  De ahí el anehlo de una vida en España, o en cualquier país con luz, calor y fresas locales el año entero. El sueño no es americano sino español o suramericano.

Hace poco mi estudiante me regañó en broma: “¡hay fresas todo el año en Colombia! ¿Qué haces en Polonia?”. Y fue imposible no recordar a mis amigos colombianos con su “¿qué haces aquí en Colombia? Con tu doble nacionalidad yo no me quedaría a vivir aquí”. Cuestión de valores.

De volver a Colombia, las frutas frescas y el buen clima serían valores agregados: en mi escala está primero aprovechar el tiempo con la familia y los amigos.

Escribiendo como vecina (de El Tiempo Zona Breslavia)

Si yo trabajara ahora como reportera local de El Tiempo Zona Breslavia, no sería nada raro recibir una llamada como la descrita abajo. La Vanessa reportera habría publicado una versión de esta historia -con la correspondiente respuesta de la autoridad ambiental- bajo el título “Polución toca nuestra puerta” en la sección Desahóguese.

Buenos días, señorita, la llamo porque necesitamos que alguien del Dama venga urgente a nuestro barrio, al Triángulo (Trójkąt). Ya casi tenemos los pulmones carbonizados y la Alcaldía no hace nada. Todos los santos días en las mañanas y en las noches ese olor como de aceite con papel periódico, y a nadie le importa. Es que ya hasta el médico me prohibió abrir las ventanas del apartamento en invierno por la humareda de carbón de los otros edificios. Este barrio está ahogándose en la cochinada.

La administración de mi edificio limpia la entrada todos los días, y todos los días alguien convierte la misma entrada en discoteca e inodoro. No solo es en mi cuadra, si usted se da un paseo por las calles Komuny Paryskiej o Kościuszki va a encontrar botellas de cerveza y vodka y orines en los portones, y ni le quiero decir qué otras asquerosidades, ustedes mismos pueden venir a comprobar y tomar fotos.

Lo otro es la alharaca de los tomatrago en el antejardín en las noches templadas. Y uno ni llama a la Policía porque luego eso es para ganárselos de enemigos. Hace unos años a mi amigo Francesco le dio por quejarse en la comisaría y los vándalos esos se la pasaban amenazándolo, el pobre hasta tuvo que mudarse. Pero el colmo de la suciedad son los anuncios de pizza que nos dejan colgados en las manijas de las puertas como un adorno de Navidad. ¡Eso tiene que ser ilegal! Un momento busco esos folletos, ¿dónde fue que los metí?… Ya, a ver, un segundito me pongo las gafas para leer… Mire, Party pizza me ha dejado papeles dos veces. Y tengo otro de Pizza Widmo. Entonces señorita, a través de ustedes les hago un llamado a los señores del Dama para que por favor multen a esas pizzerías. Esos papeles están violando mi derecho a la intimidad y a la tranquilidad.  No le doy mi nombre porque luego eso es para problemas con los vecinos. Gracias.

Feliz día de la vagancia

Hoy, oficialmente primer día de la primavera por calendario, también se celebra el día de la capada de clase (día de hacer novillos): dzień wagarowicza.  Así, por ejemplo, en la hora de matemáticas los adolescentes se dedicaron a tomar algo con sus amigos en un bar, un parque, o un centro comercial (no me lo invento, lo dicen las imágenes de Twitter). El periódico Gazeta Wrocławska advirtió que los policías locales estarían patrullando las calles: visitarían sobre todo tiendas para controlar la venta de licor a menores, así como parques porque consumir alcohol en la vía pública acarrea una multa de cien zlotis.

Por eso, dice Marcin, hoy la profesora no pondría mucho problema si los estudiantes prefieren quedarse en casa o ir al parque a jugar rol en vez de ir al colegio. Aunque hay profesores de profesores, y los habrá exigentes incluso en el dzień wagarowicza. ¿Será como una especie de Jean-day? Quizá nuestro equivalente sea más bien un día de paro nacional: entonces hay una excusa para faltar.

No tuve la impresión de ver a jóvenes capando clase esta mañana. Aunque bueno, no hay forma de detectarlos.

*

El invierno parece envejecernos. Una mujer de unos setenta u ochenta años que vive en este edificio y usa gafas oscuras para las cataratas se veía llena de energía en octubre, pero hace unos días daba la impresión de ser otra mujer: estaba encorvada y delgada, demacrada. A otra vecina que sale a fumar y pasear el perro en el jardín del frente le ocurrió una transformación parecida. No creo que sea cuestión de un corte de pelo (o quién sabe); parece haber perdido masa corporal, alegría. Y conozco a otra persona con arrugas más pronunciadas después de estos meses de frío -aunque vale decir que ha estado preocupada-.

Leche caliente, miel y ajo

Hace dos semanas, un domingo por la tarde, alguien se quejaba de dolor, tosía, estornudaba o ardía en fiebre en los comerciales de un canal polaco de televisión. Distintas marcas de jarabes nos hablaban a nosotros, los apestados por resfriados, gripe o infecciones bacterianas. Somos muchos. Casi todos en la familia de mi novio estuvimos enfermos este otoño-invierno. Mis estudiantes también, y sus allegados, igual.

Veinte años atrás, el remedio casero para los resfriados aquí -así como el de cebolla con miel, en mi caso- era de leche caliente con miel y un diente de ajo. Yo creía haber visto a mi novio comerse un ajo crudo para curarse un dolor de garganta, y eso, sumado a mis lecturas en internet (debería dejar de consultar al doctor Google), me convencieron de comerme un diente para tratarme lo que sentía como inicios de una amigdalitis o una faringitis: “Es un antibiótico natural”, había leído.

Foto tomada de http://all-free-download.com/
Foto tomada de http://all-free-download.com/

Lamento haberme automedicado. Con el primer y único bocado pensé que me estaba intoxicando: me ardió la lengua y la garganta, me lloraron los ojos,  tuve vómito y no pude quitarme el sabor esa noche, ni siquiera después de cepillarme los dientes y la lengua con crema dental. Ojalá alguien me hubiera advertido de los efectos del ajo crudo. No recuerdo a mi mamá o mi abuela desaconsejándome de comerlo sin cocinar.

“Solo, sin pan ni otro alimento, es muy pesado para el estómago”, supe ya tarde.

De niña, disfrutaba oler el frasco de pasta de ajo en la alacena de la casa de mi abuelo. No sé si volveré a tener ese placer. Hoy lo cociné en una ensalada de calabacines con cebolla puerro y tomate y me provocó repulsión. Para completar, tras haberlo horneado, yo lo veía azul en el plato y mi novio verde, al estilo del vestido que fue noticia.

¿Hasta pronto, ajo?

P.D.: En algunos pueblos de Rusia comen cebollas como manzanas, dice mi novio.