El tronco del árbol is the new trash can

Hoy fue el World Cleanup Day. El día del año en el que tenemos una excusa para limpiar porque otros países también lo hacen al mismo tiempo. Pero cualquier ocasión es buena para ponernos unos guantes, coger una bolsa de basura y salir a recoger las botellas de vidrio o pedazos de plástico del camino.

Siete personas limpiamos a lo largo de la orilla del río Odra, en el barrio, durante unas tres horas. Entre ellas nuestros vecinos Beata, Teresa, Wiesław y Grażyna, a quienes conocimos hoy, así como Piotrek -compañero de trabajo de Marcin-.

Limpiar es mejor que un día de gimnasio. Hicimos sentadillas. Escalada desde la orilla del río hacia la calle. Carrera de obstáculos entre rosales y otros arbustos malolientes. Y levantamiento de pesas: bolsas que llenamos con botellas de vidrio, plástico, latas, ropa, en fin; también sacos de basura enteros que habían sido arrojados a la orilla del río.

El futuro ya llegó. Desde ya estamos viviendo en ese paisaje árido de basura enterrada que se ve en las películas de ciencia ficción. En el parque de bicicross del barrio, los arbustos, la ortiga y la tierra han devorado bolsas de plástico y latas de comida oxidadas. El plástico es una capa más, junto a las piedras, los insectos y el verde.

Lo peor fue hacer el hallazgo de “islas de basura” en la tierra, pequeños rellenos sanitarios entre los arbustos, dice mi novio.

Nos hubiera gustado limpiar más. Fue una lástima que hubiéramos sido tan pocos los involucrados en el aseo de nuestro río. Quizá falto ser menos tímidos e invitar a la gente en la calle, cara a cara. Esperamos repetir el evento en unos meses y continuar con el fragmento que aún nos hace falta; de allí hoy solo retiramos un coche de bebé sin dos ruedas que yacía en ese lugar hace tiempo.

Quedamos exhaustos. Como si hubiéramos jugado un partido de fútbol, o corrido. Me duele levantarme del sofá. O doblar los brazos.

P.S.: Me picó una garrapata. Este es un bautizo polaco más.

Otras voces:

Sí. Le hablo a usted. Lo vi tomándose su cerveza y hablando por teléfono. Se le olvidó su paquete y su botella, ahí, junto al pedazo cortado de tronco. Orange is the new black, and El tronco is the new trash can.

Tan cool, tú. Tan apresurada. Estás in: llegas a la oficina con tu bolso en una mano, y un café en vaso desechable -dificilísimo de reciclar- en la otra. Y pa’l Instagram. De almuerzo, un granizado con crema en un vaso transparente de plástico con pitillo. Pa’l Face. ¿Y para la cena? ¿Qué plástico a las finas hierbas? Tan cool que se ven el café y el granizado antes de terminar en la caneca.

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Misión (casi imposible): plástico cero

Desde hace casi dos meses estamos dejando el plástico. En otras palabras: ya no compramos frutas ni vegetales congelados, ni botellas de agua, ni granos que vengan en bolsas plásticas o en materiales no biodegradables.

El cambio empezó con la intención de ahorrar en la compra compulsiva de congelados, que era la mayor carga en nuestro presupuesto semanal: estábamos consumiendo por semana unos diez paquetes. Pero nos pusimos a leer sobre el tipo de plástico en el que conseguíamos nuestras bayas para el desayuno y vegetales para comidas rápidas, y descubrimos que venían empacadas en el número 7, uno de los menos recomendables, sino uno de los más tóxicos y que menos se reciclan.

Podríamos haber seguido cada semana con ese ritmo o haber decidido comprar menos. ¿Por qué ser tan radicales? El plástico después de todo se recicla, ¿no? Tristemente, solo un porcentaje menor llega a tener una segunda vida. La National Geographic hace referencia a un estudio según el cual solo se ha reciclado un 9 por ciento del plástico producido desde hace décadas, mientras otra investigación dice que actualmente solo se recicla un 5 por ciento de este material.

Basta con echar un vistazo a los contenedores de basura destinados a plásticos: a veces están casi vacíos, mientras los contenedores de basura general están a rebasar con botellas de agua y bolsas de chucherías. Según la National Geographic, para 2050, “los océanos contendrán más desperdicios plásticos que peces”. Pero no es una afirmación exclusiva de esa revista. Ya casi es un lugar común en películas y redes sociales para llamar la atención sobre la magnitud del problema.

Querer llevar una vida sin plástico parece imposible. Está omnipresente en cosméticos, aparatos electrónicos, condimentos, cinta pegante, ropa, zapatos, bolsitas de té, comida para llevar. Donde usted menos se lo imagina, ahí está, latente, así sea como un cinco por ciento de nylon, un 8 por ciento de viscosa, un sticker con un código de barras o papel laminado en el café para llevar.

Por eso el cambio solo puede ser gradual. Nosotros empezamos por la compra semanal de comida. Ahora conseguimos granos y harinas al granel en Bez Pudła, la primera tienda de cero residuos de Wrocław. No queda cerca de nuestro barrio, pero está en el centro, tiene productos para veganos y por eso nos las arreglamos para ir unas dos veces al mes, con bolsas de papel y de tela, y frascos de vidrio.

Tomado de http://www.cuerpomente.com/ecologia/medio-ambiente/cuanto-tarda-desaparecer-tu-basura_970

También probé a producir mi propio desodorante con una receta de la página Mama Wellness y la fórmula resultó mejor que cualquiera en el mercado. Estuve buscando este tipo de desodorante toda la vida.

Hace poco además se nos acabó la crema de dientes. Conseguimos un pequeño frasco con tapa plástica qué le vamos a hacer- con un polvo que huele a salvia y es tan dulce y sabroso como cualquier otro dentífrico. En la lista de cosméticos por reemplazar siguen jabones y champús.

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Ahora cargo una botella de acero inoxidable, que lleno con agua de la llave en el apartamento y en la oficina. Y las últimas botellas de plástico que usamos en febrero están en un rincón de la cocina esperando a convertirse en contenedores para plantas o quién sabe qué otra cosa.

Confieso que a veces me siento ridícula con estos cambio. Me he preguntado si simplemente estamos siguiendo una moda. Tal vez soy un estereotipo con la bicicleta, el veganismo y la reducción de residuos. Pero estoy convencida de que decidir no participar de la compra de plástico tiene un impacto real en el medio ambiente. No necesito ver películas sobre las islas de plástico (o de microplástico, más bien) en altamar para convencerme del problema. Veo basura a diario, casi al pie de donde vivo, a la orilla de un río.

El viento fácilmente puede juguetear con botellas que luego terminarán en el río, y de ahí llegarán al mar. O en el mejor de los casos, la brisa puede acomodar las bolsas en las ramas de los árboles como un desgastado y sucio adorno de Navidad. No quiero ser parte de eso aunque me sienta un poco loca.

¿Cómo sobrevivíamos antes? ¿Era la vida más engorrosa sin plástico? ¿O éramos más felices, llevábamos una vida más pausada? No lo sé. En todo caso, y por superficial que suene, ¿no es el plástico más bien feo?

A veces imagino que los humanos del futuro, en unos 400 años, se toparán con nuestra basura plástica en sus excavaciones arqueológicas. Quizá los museos del siglo XXV exhiban nuestras botellas y envases como muestra del avance (o retroceso) de la civilización.

Diferenciar las escalas de frío o cómo convertirse en cubo de hielo en ‘bici’

Hace dos semanas tuvimos nueve días de temperaturas gélidas. En la aplicación del teléfono, o en AccuWeather, denominaron el frío más frío como “bitterly cold” (que se traduce como amargamente frío).  Ya sé qué se siente estar a -10 ó -11; y más que eso, qué se siente, según la sensación térmica, estar a -20 (¿o quizás a -30, por el viento generado al pedalear?).

El paseo en bicicleta de una hora, de la casa de mi estudiante a mi apartamento, a -10 me espantó las ganas de salir a la calle por dos días. A la mañana siguiente estuve inicialmente vigorizada, pero después de dos horas empecé a sentirme cansada; y ni me animé a salir para la clase de polaco porque eso implicaba estar de nuevo a -10, o menos, en la calle, después de las ocho de la noche.

Los polacos continúan con su vida en esta temperatura. No se abstienen de ir a clase o a la oficina solo porque hace muchisisísimo frío. En cualquier caso, están dispuestos a saltarse las reglas con tal de no pasar mucho tiempo afuera. La noche de mi experimento polar casi no había peatones, y los que estaban por ahí corrían, caminaban rápido y cruzaban semáforos en rojo.

El frío de -20 es un frío que duele. Duele la nariz al respirar ese aire. Duelen los dedos de los pies, que después de cuarenta minutos de camino ya ni se sienten, y parecen una roca, especialmente si usted no está bien preparado, es decir, si no tiene al menos dos pares de calcetines puestos. Y si las manos pasan mucho tiempo fuera de los guantes, porque se desanudó el cordón del zapato o hay que sonarse, lo mejor es actuar rápido, para no terminar con las manos resecas, rojas o doblegadas por el dolor.

Esa noche mis pies resultaron quemados o hipersensibles. Llegando a los barrios aledaños, dejé de sentir un dedo del pie (claro que a -8 tampoco también dejé de sentirlo en otro par de ocasiones). Alcancé a asustarme pero afortunadamente no pasó nada. Una vez en casa me quité los zapatos y me puse unas medias limpias y secas, para calentar los deditos rojos y helados. Ya con los nuevos calcetines, la piel se sentía sensible al roce de la textura, casi como si el tejido me hiciera cosquillas.

Después de cambiarme la ropa, lo mejor fue tomar té caliente. Creo que nunca había sentido el té bajar por mi estómago y calentarme como esa noche -en otras palabras, tuve la impresión de poder ver, literalmente, una bola caliente bajando por el esófago- ; además estuve muy agradecida de poder tomar algo caliente.

Por fin me gradué como conocedora de las escalas de frío de este país. Dos grados centígrados se sienten templados, casi cálidos, en comparación con -10 ó -20. Luego, -5 puede contar como frío, o un poco frío. Pero el frío real solo se siente cuando la temperatura baja a -10 ó -15.

“Yo tengo el Jesús más grande del mundo”

En Świebodzin, un diminuto pueblo de Polonia con una población de unas veinte mil personas -más o menos como la localidad de La Candelaria, en Bogotá-, hace ocho años construyeron la estatua del “Jesús más grande del mundo”.

En broma, y en una de sus Fanpages de Facebook, la gente lo conoce como Cristo Rey en Rio de Świebodzineiro. Es una página con diversos memes religiosos y políticos, en donde la estatua interpreta la coreografía de la famosa canción de Village People, YMCA; o toma el rostro del demagogo y devoto senador Jarowsław Kaczińsky.

Tomada de https://www.facebook.com/Pomnik.Chrystusa.Krola/

Świebodzineiro está de camino en la carretera que comunica Berlín (Alemania) con Poznań (Polonia), la A2, al noroccidente, pero en dirección opuesta a las rutas turísticas más transitadas por los extranjeros: Varsovia, la capital, Cracovia, Oświęcim, o mejor conocido como el campo de concentración de Auschwitz, y Czestochowa están en el nororiente y sur del país.

Hace tres años, cuando empecé a hacer averiguaciones sobre Świebodzineiro, el monumento había recibido visitantes de Alemania, Holanda, Francia, España, Italia, Estados Unidos, Filipinas, Sur África e incluso cariocas, “asombrados con la nieve”. Según la oficina al frente de este Cristo Rey en Polonia, cada mes llegaban entonces unas 60 mil personas.

“Aquí vino un grupo de Brasil con unas 34 personas que tenían raíces polacas. Una mujer de 85 años que no había visitado el Cristo brasilero comentó que ya podía morir tranquila”, relató a finales de 2014 el sacerdote Jan Romanik, encargado de la administración del Cristo polaco, en una pequeña cafetería adyacente a la estatua.

Romanik hizo tintinear las monedas en una bolsa de tela que llevaba, y explicó que “todo ha sido construido gracias a las donaciones”. Donaciones que permitieron inaugurar, además, en los últimos años, un hotel.

El predecesor de Romanik tuvo la idea de erigir este Jesús, “el más grande del mundo”, al lado de una carretera, en este pueblo sin gracia, para “proteger y bendecir a todos los viajeros, quisieran o no”: católicos y no católicos.

Tomada de https://www.facebook.com/Pomnik.Chrystusa.Krola/

Polonia no compite por tener el “Jesús más grande”, decía Romanik, “esto no es una carrera”. Sin embargo, como anota mi novio, el afán de poseer dicho título recuerda las discusiones de adolescentes cuando comparan su falo. Así podríamos imaginar una conversación intercontinental entre los Jesuses más representativos del mundo:

Mi monumento es de 37 metros, se ufanaría el Santísimo, en Floridablanca, Santander (Colombia).

El mío también, respondería desde Lima el Cristo peruano del Pacífico.

Pero el tuyo solo mide eso si cuentas desde el pedestal. El mío en cambio tiene 34, 20 metros sin él, o mejor dicho, 40,44 metros con pedestal, agregaría el boliviano, en Cochabamba.

El Redentor de Brasil se defendería con sus 39 metros, (“Tengo nueve de pedestal incluido, y ni hablar del cerro desde donde miro y bendigo a Rio de Janeiro”), mientras el polaco, como reina de belleza concluiría, “mis medidas son, 33 de largo, tres de corona, y 16,5 de montículo, con lo que llego a los 52,5 metros”.

Pero los 52,5 metros y el pomposo título del “Jesús más grande del mundo”, no le han garantizado al polaco mayor popularidad que su hermano mellizo brasilero: en las fotos “de mostrar” en Instagram hay unas 540 mil publicaciones con el Redentor del cerro Corcovado y solo 300 con Świebodzinejro o Świebodzineiro. El joven Jesús carioca, el cálido clima brasilero y la vista panorámica compiten con un Jesús de mayor edad subido a un árido montículo rodeado de piedras en la “fría” Polonia (que solo se siente tropical en verano).

Por eso en las fotos de quienes viajan seguirán apareciendo Machu Picchu, la torre Eiffel, el coliseo de Roma y el Cristo Redentor de Rio de Janeiro. La batalla contra el Jesús más popular del mundo está perdida.

“Verde que te quiero verde”

Cambié de ruta de camino al trabajo. Ahora voy por el río. Es un kilómetro más, pero casi todo el trayecto evito carros y cruces, y me siento de excursión por una paisaje quizá similar al de los Llanos orientales, con garzas sobrevolando los árboles.

Pájaros desconocidos salen a saludarme o más bien huyen de mí: he visto varias veces a Serinus serinus (por ejemplo), una mezcla entre gorrión y canario de color verde, marrón y amarillo.

Con la ‘bici’ también nos cruzamos con Motacilla Alba, que tiene un lindo nombre en español: Lavandera blanca o aguzanieves, de cabeza y cola blancas, y cuerpo grisáceo.

Una semana tuve mucha suerte: vi pájaros carpinteros de pecho verde, un erizo y un faisán.

Otra vi una lagartija, y otra un halcón -o alguna ave rapaz por el estilo-. Y casi todos los días hay un par de cisnes en el río con su prole.

Es irónico que cuando vivía en Bogotá (en uno de los países más biodiversos del mundo), no llegué a ver tantos animales. Aunque Bogotá es capital, y Breslavia es una ciudad mucho más pequeña. Además en Bogotá no era vecina de un río ni de zonas boscosas, como ahora aquí.  Si hubiera vivido en zonas verdes de Silvania o Melgar, quizá Breslavia no me parecería tan rica en fauna y flora. A diferencia de la “tierra caliente” colombiana, por ejemplo, no tenemos lagartijas todas las noches reptando por las paredes del apartamento; y no creo que bien entrado el verano vengan a visitarnos.

P.D.: El descubrimiento biodiverso se debe también a que desde octubre vivimos cerca del río Odra, lejos del centro, y a veinte minutos a pie de un bosque (el bosque del Dragón) cuyos inquilinos son, entre otros, castores y grullas (estas últimas en primavera-verano).

Desayuno de Pascua

Fue sábado de preparar desayuno de Pascua vegano con recetas de un libro y un blog: una pasta de aguacate con habas, cebolla larga y medio limón.

Y un pastel (pasztet) o paté, con lentejas, batata al horno, perejil y otros ingredientes.

De la primera receta sobró medio limón. Con C. habíamos quedado en que él lo usaría. Pero pasó al menos una hora y el limón empezó a ponerse triste: su otra mitad en la receta, y él, inútil. Quiso empezar a llorar agrias lágrimas de limón. Arrugó la cara. Empezó a imaginarse triste en la nevera, reseco de tanto estrés, junto a un tomate con moho y un perejil sin color, medio muerto.

Pasaría una noche fría, solitaria: con su otra mitad irreconocible hecha jugo en esa mezcla verde y cremosa sellada en un envase de plástico con tapa azul.

¿Podría idear algún plan para colarse en ese envase como parte de la receta? Quizá los otros limones enteros le ayudarían; u ojalá los champiñones, el apio, la batata y las nueces con forma de cerebro -inteligentes ellas- pudieran colaborarle.

¡No quería terminar en la basura sin haberse reencontrado con su amor, ni mucho peor, (ab)usado como simple desodorante!

En eso pensaba sobre la tabla para picar, cuando lo hicieron llorar de repente sobre el exprimidor. Lloró tanto, que hasta C. sintió su amargura garganta abajo.

El único consuelo del medio limón es que a la mañana siguiente, con suerte, se encontraría con su otra mitad en algún recoveco del estómago.

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La Atenas no sudamericana, la griega

Normalmente solo escribo sobre Colombia y Polonia aquí, pero hago una excepción por eso de Bogotá como la “Atenas sudamericana”.

¡Atenas y sus gatos! ¡Amigables y amos de las calles! Uno se acercó mientras descansábamos los pies y revisábamos un mapa en la Acrópolis. Se restregó contra nuestras piernas, se subió al regazo de M. y terminamos acariciando su pelo polvoriento ante su insistencia.

Otro día dimos con un hombre con problemas para estacionar porque un gato no quería moverse del espacio de parqueo. Maniobró el carro con cuidado, y luego nos preguntó preocupado, primero en griego (¿“Gatakia…”?) y luego en inglés, si el gato se había movido de allí y estaba a salvo.

Hasta los canarios o pájaros en jaulas colgadas fuera de los locales de la Plaka -el barrio que rodea la Acrópolis-  parecían una ofrenda para el entretenimiento de los dioses gatos, igual que los platos de agua y comida en las calles.

También había perros callejeros. Llevaban placas con sus nombres, y parecían la reencarnación de algún filósofo griego: un Diógenes, casi del tamaño de un pastor alemán, pero con pelo blanco y una mancha negra, tumbado en el escenario del teatro de Dionisio, por ejemplo, dándonos el espectáculo de su espalda a quienes estábamos sentados en las bancas.

Uno de los perros callejeros en el Ágora

Atenas sudamericana”

Bogotá bien parece “la Atenas sudamericana”. Pero no lo digo como un halago.

En la Atenas original los taxis son amarillos, como en Bogotá; los carros no respetan las cebras; los buses urbanos supuestamente tienen un horario, pero pasan más bien a deshoras, cuando quieren -a excepción de los del aeropuerto-; hay barrios que es mejor evitar en la noche; hay montañas, pero también pocos parques y árboles y mucho edificio. Además abundan historias sobre estafas y cosquilleo: de ahí que me sintiera un poco paranoica, ansiosa, abogotanada, especialmente en las zonas no recomendadas para turistas.

Y viví una experiencia extraña en un baño público de un parque: tuve la sensación de que podrían haberme violado, aunque nunca nada como esto me ocurrió en Bogotá. ¿Mi imaginación me jugó una mala pasada? Puede que no del todo.

El baño no estaba en buen estado. Ni papel había.

 El de la derecha tenía una bolsa en el inodoro, y hojas, botellas de plástico, basura -después me daría la impresión de que había sido dañado a propósito-. El otro sí funcionaba.

M. me esperó a la vuelta de la caseta, de espaldas y a unos seis metros de la entrada.

Yo me encerré y colgué la chaqueta en el cerrojo oxidado. Al rato escuché que alguien entró. No sé por qué tuve la impresión de que no era una mujer. Caminó de un lado a otro y me sentí en peligro: tuve la certeza de que al salir alguien me taparía la boca y me violaría porque M. estaba relativamente lejos. Entonces me di cuenta de que había un pequeño hueco en la puerta. Moví la chaqueta para taparlo, y después de un momento dejé de escuchar los pasos, el corazón aún acelerado.

Esperé, sin saber si debía alertar a M. con un mensaje de texto. Salí nerviosa a lavarme las manos y volví con M.

Caminamos alrededor del parque, mientras le contaba la historia de terror a M., y descubrí a un hombre en diagonal a los baños, en una banca desde donde podía vigilar quién entraba; el mismo que a veces hacía una ronda alrededor de la caseta.

Cuando lo sorprendimos acechando en su banca, lo observé con rabia e indignación, y él quitó la mirada, incómodo.

Estoy casi segura de que el hombre tenía por “hobby” mirar por el orificio de la puerta. No puedo explicar de otra forma por qué me sentí amenazada por unos simples pasos (eso, o mi imaginación está fuera de control; no obstante la amenaza se sintió muy real).

Luego me encontré también con cerraduras tapadas con papel en las puertas de otros baños, ¿para evitar otros mirones? También había puertas de baños que no cerraban en algunos restaurantes.

Manos inquietas

Vimos personas dándose la bendición simultáneamente, o una después de otra, en el bus y en el tranvía. La cruz empezaba en el ombligo, subía a la clavícula y terminaba con una especie de doble golpe de pecho, o mejor, como una descarga de culpa por encima del hombro: ¿un latigazo a la espalda? Y siempre en la misma calle o estación, frente a una iglesia o algún monumento.

Muchos hombres movían las cuentas de una “camándula” del tamaño de una pulsera en la parada de bus; o hacían chocar las cuentas cuadradas en el metro. Los griegos me habían parecido devotos con sus bendiciones reversas y por eso deduje que las pulseras tenían un significado religioso. Al final del viaje, los vendedores de una tienda de souvenirs aclararon que esas “camándulas” se llamaban “kombolói”, worry beads, y eran simplemente un pasatiempo “para hombres”, para desestresarse. ¿Y las mujeres no lo usan?, pregunté. La mujer dijo que tendría que ser una mujer más bien ruda. Wikipedia dice que ya no solo son objetos usados por los hombres.

Bonus track:

Escuchamos las sirenas: el viento jugando contra una decena de astas en uno de los puertos, como un arpa de boca.

Era noche de tormenta. Incluso en la madrugada, la fuerza de la lluvia y el viento nos despertó. Era el tipo de tormenta que hace pensar en que la calle y el hotel o la casa amanecerá inundado.

El teatro de Dionisio