“Verde que te quiero verde”

Cambié de ruta de camino al trabajo. Ahora voy por el río. Es un kilómetro más, pero casi todo el trayecto evito carros y cruces, y me siento de excursión por una paisaje quizá similar al de los Llanos orientales, con garzas sobrevolando los árboles.

Pájaros desconocidos salen a saludarme o más bien huyen de mí: he visto varias veces a Serinus serinus (por ejemplo), una mezcla entre gorrión y canario de color verde, marrón y amarillo.

Con la ‘bici’ también nos cruzamos con Motacilla Alba, que tiene un lindo nombre en español: Lavandera blanca o aguzanieves, de cabeza y cola blancas, y cuerpo grisáceo.

Una semana tuve mucha suerte: vi pájaros carpinteros de pecho verde, un erizo y un faisán.

Otra vi una lagartija, y otra un halcón -o alguna ave rapaz por el estilo-. Y casi todos los días hay un par de cisnes en el río con su prole.

Es irónico que cuando vivía en Bogotá (en uno de los países más biodiversos del mundo), no llegué a ver tantos animales. Aunque Bogotá es capital, y Breslavia es una ciudad mucho más pequeña. Además en Bogotá no era vecina de un río ni de zonas boscosas, como ahora aquí.  Si hubiera vivido en zonas verdes de Silvania o Melgar, quizá Breslavia no me parecería tan rica en fauna y flora. A diferencia de la “tierra caliente” colombiana, por ejemplo, no tenemos lagartijas todas las noches reptando por las paredes del apartamento; y no creo que bien entrado el verano vengan a visitarnos.

P.D.: El descubrimiento biodiverso se debe también a que desde octubre vivimos cerca del río Odra, lejos del centro, y a veinte minutos a pie de un bosque (el bosque del Dragón) cuyos inquilinos son, entre otros, castores y grullas (estas últimas en primavera-verano).

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Desayuno de Pascua

Fue sábado de preparar desayuno de Pascua vegano con recetas de un libro y un blog: una pasta de aguacate con habas, cebolla larga y medio limón.

Y un pastel (pasztet) o paté, con lentejas, batata al horno, perejil y otros ingredientes.

De la primera receta sobró medio limón. Con C. habíamos quedado en que él lo usaría. Pero pasó al menos una hora y el limón empezó a ponerse triste: su otra mitad en la receta, y él, inútil. Quiso empezar a llorar agrias lágrimas de limón. Arrugó la cara. Empezó a imaginarse triste en la nevera, reseco de tanto estrés, junto a un tomate con moho y un perejil sin color, medio muerto.

Pasaría una noche fría, solitaria: con su otra mitad irreconocible hecha jugo en esa mezcla verde y cremosa sellada en un envase de plástico con tapa azul.

¿Podría idear algún plan para colarse en ese envase como parte de la receta? Quizá los otros limones enteros le ayudarían; u ojalá los champiñones, el apio, la batata y las nueces con forma de cerebro -inteligentes ellas- pudieran colaborarle.

¡No quería terminar en la basura sin haberse reencontrado con su amor, ni mucho peor, (ab)usado como simple desodorante!

En eso pensaba sobre la tabla para picar, cuando lo hicieron llorar de repente sobre el exprimidor. Lloró tanto, que hasta C. sintió su amargura garganta abajo.

El único consuelo del medio limón es que a la mañana siguiente, con suerte, se encontraría con su otra mitad en algún recoveco del estómago.

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La Atenas no sudamericana, la griega

Normalmente solo escribo sobre Colombia y Polonia aquí, pero hago una excepción por eso de Bogotá como la “Atenas sudamericana”.

¡Atenas y sus gatos! ¡Amigables y amos de las calles! Uno se acercó mientras descansábamos los pies y revisábamos un mapa en la Acrópolis. Se restregó contra nuestras piernas, se subió al regazo de M. y terminamos acariciando su pelo polvoriento ante su insistencia.

Otro día dimos con un hombre con problemas para estacionar porque un gato no quería moverse del espacio de parqueo. Maniobró el carro con cuidado, y luego nos preguntó preocupado, primero en griego (¿“Gatakia…”?) y luego en inglés, si el gato se había movido de allí y estaba a salvo.

Hasta los canarios o pájaros en jaulas colgadas fuera de los locales de la Plaka -el barrio que rodea la Acrópolis-  parecían una ofrenda para el entretenimiento de los dioses gatos, igual que los platos de agua y comida en las calles.

También había perros callejeros. Llevaban placas con sus nombres, y parecían la reencarnación de algún filósofo griego: un Diógenes, casi del tamaño de un pastor alemán, pero con pelo blanco y una mancha negra, tumbado en el escenario del teatro de Dionisio, por ejemplo, dándonos el espectáculo de su espalda a quienes estábamos sentados en las bancas.

Uno de los perros callejeros en el Ágora

Atenas sudamericana”

Bogotá bien parece “la Atenas sudamericana”. Pero no lo digo como un halago.

En la Atenas original los taxis son amarillos, como en Bogotá; los carros no respetan las cebras; los buses urbanos supuestamente tienen un horario, pero pasan más bien a deshoras, cuando quieren -a excepción de los del aeropuerto-; hay barrios que es mejor evitar en la noche; hay montañas, pero también pocos parques y árboles y mucho edificio. Además abundan historias sobre estafas y cosquilleo: de ahí que me sintiera un poco paranoica, ansiosa, abogotanada, especialmente en las zonas no recomendadas para turistas.

Y viví una experiencia extraña en un baño público de un parque: tuve la sensación de que podrían haberme violado, aunque nunca nada como esto me ocurrió en Bogotá. ¿Mi imaginación me jugó una mala pasada? Puede que no del todo.

El baño no estaba en buen estado. Ni papel había.

 El de la derecha tenía una bolsa en el inodoro, y hojas, botellas de plástico, basura -después me daría la impresión de que había sido dañado a propósito-. El otro sí funcionaba.

M. me esperó a la vuelta de la caseta, de espaldas y a unos seis metros de la entrada.

Yo me encerré y colgué la chaqueta en el cerrojo oxidado. Al rato escuché que alguien entró. No sé por qué tuve la impresión de que no era una mujer. Caminó de un lado a otro y me sentí en peligro: tuve la certeza de que al salir alguien me taparía la boca y me violaría porque M. estaba relativamente lejos. Entonces me di cuenta de que había un pequeño hueco en la puerta. Moví la chaqueta para taparlo, y después de un momento dejé de escuchar los pasos, el corazón aún acelerado.

Esperé, sin saber si debía alertar a M. con un mensaje de texto. Salí nerviosa a lavarme las manos y volví con M.

Caminamos alrededor del parque, mientras le contaba la historia de terror a M., y descubrí a un hombre en diagonal a los baños, en una banca desde donde podía vigilar quién entraba; el mismo que a veces hacía una ronda alrededor de la caseta.

Cuando lo sorprendimos acechando en su banca, lo observé con rabia e indignación, y él quitó la mirada, incómodo.

Estoy casi segura de que el hombre tenía por “hobby” mirar por el orificio de la puerta. No puedo explicar de otra forma por qué me sentí amenazada por unos simples pasos (eso, o mi imaginación está fuera de control; no obstante la amenaza se sintió muy real).

Luego me encontré también con cerraduras tapadas con papel en las puertas de otros baños, ¿para evitar otros mirones? También había puertas de baños que no cerraban en algunos restaurantes.

Manos inquietas

Vimos personas dándose la bendición simultáneamente, o una después de otra, en el bus y en el tranvía. La cruz empezaba en el ombligo, subía a la clavícula y terminaba con una especie de doble golpe de pecho, o mejor, como una descarga de culpa por encima del hombro: ¿un latigazo a la espalda? Y siempre en la misma calle o estación, frente a una iglesia o algún monumento.

Muchos hombres movían las cuentas de una “camándula” del tamaño de una pulsera en la parada de bus; o hacían chocar las cuentas cuadradas en el metro. Los griegos me habían parecido devotos con sus bendiciones reversas y por eso deduje que las pulseras tenían un significado religioso. Al final del viaje, los vendedores de una tienda de souvenirs aclararon que esas “camándulas” se llamaban “kombolói”, worry beads, y eran simplemente un pasatiempo “para hombres”, para desestresarse. ¿Y las mujeres no lo usan?, pregunté. La mujer dijo que tendría que ser una mujer más bien ruda. Wikipedia dice que ya no solo son objetos usados por los hombres.

Bonus track:

Escuchamos las sirenas: el viento jugando contra una decena de astas en uno de los puertos, como un arpa de boca.

Era noche de tormenta. Incluso en la madrugada, la fuerza de la lluvia y el viento nos despertó. Era el tipo de tormenta que hace pensar en que la calle y el hotel o la casa amanecerá inundado.

El teatro de Dionisio

Dos miradas tristes

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Probablemente este sea colombiano, o de una región templada.

El perro podría haber pasado por uno callejero (colombiano): era una mezcla de pastor alemán con alguna “imitación” de labrador pequeño.

Fue extraño verlo sin collar en las calles: aquí los perros no llevan vidas independientes de sus dueños. No se arriesgan a vivir de las sobras de los restaurantes, y menos en invierno.

El animal cruzó la calle con el semáforo en verde, muy afanado. Intentó cruzar otro paso peatonal, pero se acobardó con los carros.

Luego, con la vía libre, corrió hacia el centro comercial y continuó con su paso rápido por la acera. Estaba desesperado. Pensé que su amo se había adelantado en la caminata del mediodía y el perro intentaba alcanzarlo.

Cruzó una cebra más y se perdió de vista. Pero luego volvió sobre sus pasos, perdido, desconcertado, olftateando el rastro de su amo en la nieve.

Tenía el rostro de Karol Wojtyla, aunque con ojeras de color rosa y muy pronunciadas.

Caminaba con un bastón, y se apoyaba en sillas o barandas del centro comercial para tomar un respiro y ayudar a su pierna, ¿la del dobladillo con una hebra, o la otra?

La palabra “Canada” estaba tejida en su gorro blanco con gris: regalo -imaginé- de su hijo o su nieto que vive en Canadá y a quien extraña mucho.

Cubitos de hielo

Hace tanto frío que los enanitos en las calles de Breslavia decidieron ponerse chaquetas y bufandas (aunque, mirándolo bien están poco abrigados: andan descalzos, sin gorro ni guantes para sorportar los -10 grados centígrados de los últimos días en las noches).

enanito

“Le deseo que tenga una Navidad nevada junto a su familia”, me pareció escuchar en una conversación entre un tendero y una mujer en el mercado, el 23 de diciembre pasado.

La Navidad blanca es un anhelo habitual entre los polacos: el regalo perfecto para los días 24, 25 y 26. Por eso hay predicciones metereológicas en los periódicos antes de la celebración. Este año, por ejemplo, se concluyó que la Navidad estaría “fea”: es decir, nublada y lluviosa; en cambio para mí es más feo el hielo.

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El río Odra a las afueras de la ciudad

La nieve finalmente llegó dos semanas después de lo esperado, tras las vacaciones decembrinas. Y ahora los patos parecen pingüinos que saltan entre el agua y los bloques de hielo de los canales del río Odra en el centro: hoy un grupo grande de ellos recibía comida bajo un puente, junto a cinco cisnes.

 

Con la lengua afuera — Yo prefiero la ‘bici’

Mi bicicleta y yo estamos dibujando trazos azulados en un mapa. El mapa parece más bien una telaraña de calles, casi una obra de arte digital colectiva. Es un mapa de calor (heatmap), y resulta de las mediciones de quienes pedaleamos y medimos nuestros tiempos con una aplicación para corredores y ciclistas. Desde hace unas […]

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La travesía de 500 colombianos para conocer al Papa Francisco en Polonia

Hace dos semanas, Breslavia (ciudad polaca) habría podido pasar por Bogotá en día de partido de la selección Colombia. Había bogotanos envueltos en banderas amarilla, azul y roja en el centro, gritando “eh, oh, eh, oh, eh, ¡Colombia!”. Nuestra bandera tricolor también colgaba del balcón de un apartamento estilo comunista en la periferia, e incluso en un piquete de domingo, en una cancha de fútbol de cemento, alguien entonó el ‘famoso’ “eh, eh, epa, Colombia”.

Fue una invasión de casi 500 colombianos en su camino a Cracovia para el encuentro con el Papa Francisco en la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ).

A su llegada a Breslavia, después de paradas en Madrid, Frankfurt, Nuremberg y Praga, algunos jóvenes durmieron en el piso de gimnasios de escuela, y luego fueron “adoptados” por familias adscritas a distintas parroquias de la ciudad.

Para poder venir a la JMJ, Jersson y Eduard, integrantes de la Parroquia de Nuestra Señora de la Candelaria, de Ciudad Bolívar, se prepararon durante casi un año. Desde agosto del 2015, todos los domingos, de seis de la mañana a nueve de la noche, hicieron rifas, vendieron arroz con leche y lechona. “Fue un trabajo fuerte”, comentó Jersson, de 20 años, vestido con una de las chaquetas azul aguamarina de la Arquidiócesis de Bogotá.

“En algún momento pensamos que era imposible. Teníamos que conseguir 20 millones de pesos en una semana”, comentó Eduard, de 18 años, y agregó: “Pero valió la pena”.

Ni Eduard ni Jersson, ni los otros cuatro integrantes del grupo de su parroquia quisieron desistir de la idea de hacer esta peregrinación. “En nuestras mentes había un sueño. (…) Decíamos, lo hago porque puede cambiar mi vida”, dijo Jersson, quien espera “enriquecerse con la experiencia” para replicar lo aprendido en la comunidad de su parroquia.

Quizás Eduard y Jersson esperaban un golpe de suerte como los que tuvo Leonardo Jauregui Caycedo, peregrino y co-organizador en esta jornada. A los 23 años, en el 2002, Leonardo le entregó la bandera de Colombia a Juan Pablo II en Toronto, y luego en 2011, le “cantó” al Papa Benedicto XVI en su entrada a la plaza de Cibeles, en Madrid.

Entonces su composición Venimos, compuesta para la cita con el Papa, ganó como Mejor Voz en el concurso Madrid Me Encanta y por eso tuvo la oportunidad de interpretársela al Pontífice en la plaza: “Había unos dos millones de personas y me temblaban las manos”, comentó Leonardo, quien trabaja como psicólogo en colegios de barrios marginales, y canta con el grupo Ministerio de Música Kyrios. “Ni siquiera sé si (el Papa) me escuchó, porque él venía entrando”.

     Una cancha que bien podría haber sido Bogotá, pero era Breslavia

Una cancha que bien podría haber sido Bogotá, pero era Breslavia

A los colombianos puede que los hayan sorprendido las costumbres polacas y su lenguaje ininteligible: padres de sesenta o cincuenta años, sin habitaciones propias, que duermen en sofá camas en la sala; comida que se multiplica en la mesa con té y café; palabras donde la w suena como v, la ł como w, y la c como s.

Sin embargo, esas barreras no amedrentaron a los jóvenes. “Lo que más me ha gustado ha sido la acogida de las familias. No es una visita de médico como en Colombia”, dijo Eduard. A él y a Jersson, compañeros también en el Seminario Mayor de Bogotá, sus “papás polacos” los agasajaron entre comidas con quesos, frutas y té, y con pepinillos de la działka, la huerta familiar. De la działka suelen salir habichuelas, lechuga, tomates, cerezas, manzanas y flores para la mesa en verano; mientras que en invierno esa misma producción termina transformada en habichuelas en conserva, tomates secos, mermeladas y frutas en almíbar.

“Aquí no desperdician nada. No había día en que (las Hermanas Terciarias Capuchinas, que la alojaron a ella) no cortaran fruta para las conservas, porque la cosecha aquí se da una vez al año. Eso me sorprendió”, contaba Yohanna Arévalo, organizadora de la pre-jornada en Breslavia.

A los polacos parece gustarles preparar (y ofrecer) comida y postres en cantidades proporcionales a su simpatía por los invitados. En Navidad, en Pascua y los domingos circulan infinidad de platos caseros. “Pero come más. Come, come”, pueden repetir los anfitriones (a esta insistencia por llenar las barrigas de los invitados se le conoce en el oriente de Polonia como prynuka, una palabra sin equivalente en español). Yohanna “padeció” en estos días el prynuka con sopas de remolacha, de brócoli, de pasta, de champiñones con pollo, y postres y postres que se multiplicaban. Es probable que otros jóvenes peregrinos también hayan sido víctimas de las copiosas comidas.

La afición de los polacos por homenajear con almuerzos y postres es comprensible: es su forma de expresar cariño. Los polacos son más bien fríos con los saludos y despedidas entre recién conocidos.