Que no se entere el jardinero

En inglés existe la expresión “walk of shame”, que según entiendo, se refiere a volver a casa con la misma ropa del día anterior después de una noche de sexo. Se traduce literalmente como “la caminata de la vergüenza”.

No sé si ese “walk of shame” puede aplicarse a otras situaciones ni cuál es su origen. Lo que sí sé es que con mi “perro temporal” o “perro compartido” a veces caminamos con vergüenza durante el día, y somos “delincuentes” a las 3 de la madrugada. Porque mi perro sufre de alergias alimenticias y no hay banquete más exquisito para él que vómito de otro perro o, a veces, la corteza que cubre los jardines del barrio.

Tabliczka-Pies-POSPRZATAJ-PO-SWOIM-PSIE-20x30cm
El cartel dice: “Limpie lo que hace su perro. ¡Aquí juegan niños!”

Es un perro de catorce años y no es raro verlo caminar con desgano o tropezarse después de una caminata extenuante. Es además muy inteligente y pareciera entender cuál es la mejor zona para “dejar caer su bomba”. Evita el cemento, va detrás de los contenedores de basura que están más o menos escondidos de la mirada pública, y prefiere sobre todo zonas con mucha corteza; allí nosotros podemos cubrir el crimen y simular que nos hemos olvidado de él.

Antes del cambio de horario de verano era más fácil. Nadie podía detectarnos en la oscuridad. Ahora, si está enfermo, debemos cambiar la ruta de la caminata para no encontrarnos con vecinos, niños y jardineros.

Estos últimos deben odiar a los dueños de perros. Es comprensible. Muchos hacen como nosotros. Aunque al menos nosotros tenemos una excusa: ¿cómo recoger algo tan… efímero y poco sólido?

Hemos tenido suerte. Solo hubo una caminata embarazosa frente al nuevo y sofisticado edificio que da al río, con los obreros como público. El crimen, de cualquier forma, fue tan líquido que a la mañana siguiente ya se había evaporado.

Señor jardinero, discúlpenos. ¿Le servirá el regalo de mi mascota al menos como abono?

kupawstydu_baner_duzy
Sanción social para quien no limpia. En una ciudad de Baja Silesia, el gobierno creó una galería de dueños “cochinos”.

P.D.: Los padres detestan cuando su hijo, el explorador de dos o tres años, da con el recuerdo de algún perro. Pues bien, los caminantes de perros odiamos cuando papás o mamás no recogen el yogur, el pedazo de pan a medio morder, o la galleta de maíz que su hijo lanzó caminando o desde el cochecito al suelo. Si no hubiera yogur, ni pan ni galleta tampoco habría diarrea canina que lamentar.

Advertisements

Usted sabe que está en Colombia (o en Bogotá) si…

Después de vivir unos seis años por fuera de Colombia, me he desacostumbrado a algunas cosas típicas. Con mi última visita lo descubrí. Hábitos que un colombiano puede dar por sentado me empezaron a parecer exóticos, risibles. O  será que con la edad empiezo a ver mi país con otros anteojos. Aquí una lista.

La señora de los tintos en los bancos o empresas (como El Tiempo). En Polonia la señora de los tintos es cada uno (o eso parece; tengo la duda de si en las multinacionales existe la figura). No hay una mujer, en uniforme, que camine con su tintineo de tazas y platos pequeños para que los jefes, en su trono, se tomen un cafecito.

La paranoia. El bolso abierto, por favor. Nos sorprendió el tener que abrir el morral, antes de entrar a la librería Panamericana, para la inspección de la vigilante. Y al salir, igual -aunque esto no es nuevo-. Esos guardias de almacenes bien podrían trabajar en un aeropuerto con esas medidas de seguridad tan estrictas. Paralelamente el saludo del guardia en el banco puede ser, ¿Me colabora con la gorrita? El rostro debe estar despejado para las cámaras de seguridad. Como bien explicaba una profesora de la universidad, todos somos delincuentes en Colombia antes de que se pruebe lo contrario.

Lo absurdo (en tres ejemplos). A la salida de los supermercados, los vigilantes firman -rayan, más bien- las facturas. Los guardias aspiran a revisar que los contenidos de la compra sean los mismos de los recibos, pero muchas veces simplemente hacen un tachón mientras hablan con el compañero. No sé cuántos robos se pueden prevenir con los autógrafos en la cuenta.

  • Viajar en el sistema integrado de transporte público (SITP) de Bogotá podría ser más fácil y barato. Es necesario comprar una tarjeta de transporte (Tu llave) y tenerla personalizada para gozar de un descuento de unos dos mil pesos en algunos transbordos. Antes se podía hacer la personalización por internet; ahora solo es posible en 40 puntos de Bogotá, incluido el aeropuerto. Si no se hace esta diligencia en persona por pereza o falta de tiempo o por desconocimiento, cada viaje puede costar unos 2.400 ó 2.200 pesos; es decir, un robo para un servicio no siempre puntual con conductores de “buses de carreras”.

    Tomada de https://www.tumblr.com/search/para%3Asitp
  • Por último, ya cuando estábamos de regreso en Polonia, salió la noticia de una multa exorbitante por comprarle una empanada a una vendedora ambulante en la calle. Se buscaba castigar al cliente por promover la venta informal. “La empanada más cara del mundo” costó más de 800 mil pesos gracias al “trabajo de inteligencia” de siete policías.
    Tomada de https://pbs.twimg.com/media/DzfFd9WWkAICCjP.jpg:large

    La demora (o el desorden). Hay una fila de cinco personas en el banco de Bogotá esperando turno en el área de servicios. Solo trabajan dos asesoras de servicio al cliente. Una está ocupada reuniendo papeles para el usuario. Su compañera, mientras tanto, se pone a hablar con la vigilante, y luego conversan entre las tres. Los cinco esperamos y nos desesperamos de pie mientras ellas se ríen. Y así, pasan dos horas antes de que la quinta persona pueda salir de allí.

Las esperas también son frecuentes con los buses del SITP. Algunas rutas pasan veinte minutos más tarde de lo esperado, diez minutos antes, o peor, dejan de pasar después de cierta hora en la noche.

O citas planeadas para las 11 a.m. en una peluquería pueden empezar a las 11:40 a.m., porque la peluquera llega tarde y acaba de enterarse de que su compañera decidió no venir hoy. Si el jefe no está, las peluqueras hacen fiesta.

El arte callejero en TransMilenio. No sé si después del episodio de las empanadas, los vendedores de TransMilenio estén ahora teniendo problemas para subirse al transporte público a ofrecer sus productos. La mayoría venden paquetes de papas, maní dulce, galletas, esferos (bolígrafos en bogotano). También están los artistas. Vimos un abuelo, o lo parecía, con una flauta interpretando bambucos en la troncal de la avenida Suba. También un rapero, cómico y simpático, que parecía leerle la mente a los pasajeros. Cuando mi novio le dio un billete, el músico le preguntó jugando por qué no le había dado el de 50 mil -que tenía bien escondido en el bolsillo-. Trató de princesas a unas muchachas jóvenes; adivinó la soltería de una mujer, e intentó que dos pasajeros desconocidos entablaran un romance.

https://thumbs.gfycat.com/FinishedIdealHornedviper-small.gif

Luego una noche asistimos al espectáculo de un hombre que prometió algo distinto. Llevaba un parlante pero no micrófono: se puso a bailar muy concentrado salsa choke, o una coreografía elaborada, y no se cayó, a pesar de los frenazos y movimientos bruscos de TransMilenio. El peor artista, en contraste, fue un imitador o aprendiz de la música popular: ruidoso, desafinado e intérprete de música machista, “Ay, mamita”.

La afabilidad. Hola, ¿cómo estás?  dicen las asesoras de servicio al cliente, como si fueran tus amigas y te conocieran de toda la vida. Igual los vendedores, los meseros. O en algunos buses, los pasajeros se suben, le dan los buenos días (o tardes, o noches) al conductor y las gracias (¿por que los recogió y no siguió derecho, por que por fin llegó?). A la bajada, casi gritan desde la puerta, al otro lado del bus: “¡Muchas gracias, señor!”. En Polonia la gente va al grano: no hay preámbulos ni cómo estás en los bancos o restaurantes, y tampoco agradecimientos en voz alta al conductor del tranvía o el bus.

Las frutas y lo dulce. A pesar de las demoras y la paranoia, Colombia sigue siendo mi casa. En Polonia no hay papaya fresca, ni granadilla, ni guanábana, ni tomate de árbol, ni lulo, ni maracuyá. Ahora, y es triste reconocerlo, parezco conocer mejor las frutas de Polonia. Solo recientemente aprendí a distinguir el mangostino, y no puedo decir con total seguridad cuál fruta es borojó, maracuyá o lulo. Incluso, gracias a una visita a Paloquemao descubrí una fruta nunca antes vista: dijeron que se llamaba melocotón e internet complementó la información diciendo que se conoce como calabaza de Paraguay, curuba, o pepino melocotón en Colombia.

Tomada de https://bit.ly/2EmueHC

Por lo pronto, y para remediar la nostalgia, aquí imagino que los dátiles son la versión vegana y colombiana del arequipe. O cocinamos batata horneada como remplazo del plátano maduro frito. Lástima que no haya substituto para el papá, los abuelos, tíos, primos o amigos de Colombia.

“Non dare papaia” a los carteristas en Roma; más ñapa

Roma. Si imagino que en las próximas horas debo caminar sola o esperar en los alrededores de la estación de trenes de Termini, empiezo a sentirme nerviosa. Termini es famosa por sus carteristas: por el cosquilleo.

Tomada de Google.

La iglesia de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri (Santa María de los ángeles y los mártires), a pocos metros de allí, por ejemplo, tiene un aviso a la entrada advirtiendo: “¡Cuidado con los carteristas!”.

Domingo, 11:50 a.m. Estamos en la fila del bus que nos llevará al aeropuerto de Ciampino, en la vía Marsala 5. Una joven con una maleta de rueditas, una chaqueta y un morral le pregunta a una mujer si la fila es para el bus de Ciampino. Luego abren las puertas del bus con ventanas semi polarizadas y nos subimos los veinte pasajeros. Yo me siento al lado de la ventana.

Solo la joven no se sube. Se sienta en el umbral de un edificio con su maleta a los pies, el morral a un lado, y el abrigo por las rodillas. Está enviando mensajes mientras espera el bus de Fiumicino, el próximo en salir, después de las doce.

Una anciana aparece caminando al lado del bus con una niña de unos nueve años. La mujer lleva una cobija al hombro. Parece vivir en la calle. La niña rueda una bolsa plegable de color verde oscuro con ruedas. Tienen rasgos orientales o gitanos. Pidiendo limosna, se le acercan a la joven: las dos manos a la espera, insistentes, agresivas. No quisiera ser esa joven: estar sentada sola, ahí, en ese momento -si yo fuera ella, estaría nerviosa-. La joven se niega. No les da nada. Parece decirles: No tengo monedas.

.

La niña de nueve años empieza a alejarse en dirección de la estación, con el carrito de compras por delante. La mujer se retira dos pasos y se queja, los brazos hacia el cielo, como expresando: ¡Qué voy a hacer, tengo que alimentar a esta niña y no tengo cómo! ¡Pobres nosotras, viviendo en la calle en este frío! Entonces vuelve a donde está la joven del umbral, se le acerca hasta ponerle la mano, o la cobija, por la espalda, y le dice algo (no sé si le desea suerte o la maldice); mientras, aprovecha para agarrar el morral de la joven por debajo de la cobija.

“¡Esa señora le robó la maleta!”, digo en voz alta, indignada. Mi novio se alerta. “Robaron a esa joven”,  repito, asombrada. Él le dice al conductor que necesita salir un momento. Aún no es mediodía, la hora de partida del bus. “¿Tienes todo?”, le pregunta él a la joven. Ella dice que sí, ensimismada en su teléfono. “¿Estás segura de tener todo? Creo que esa señora te quitó la mochila”, intenta de nuevo.

Mi novio se devuelve al bus. No entiende. ¿Quién robó a quién? La joven asegura que su equipaje está completo. Le hablo de la anciana. La joven vuelve a repasar su equipaje: maleta, chaqueta, teléfono, ¿morral? Ya no está.

Va furiosa hasta donde la anciana para recuperar su mochila. Mi novio vuelve a bajar del bus para apoyarla en la denuncia. La niña, me parece, toma el morral por debajo de la cobija, y se lo devuelve a la muchacha.

La anciana y su (probable) nieta se van, quizá caminando con un poco de prisa, por detrás del bus. Nadie llama a la policía. La joven se pone la maleta en los hombros para evitar futuros intentos de robo, para “no dar papaya”, en colombiano, “non dare papaia”, si pudiera traducirse literal al italiano. Como decía mi abuelito: ladrones hay en todas partes.

Tomada de https://www.flickr.com/photos/stevendepolo/4637904620

La semana pasada, en la clase de polaco, uno de mis compañeros contó que, sin darse cuenta, una vez le robaron en Varsovia una maleta con su pasaporte, su dinero, y su tarjeta de identidad; tuvo que pedirle ayuda a su hermana, quien le enviaría dinero por Western Union. El problema: necesitaría algún medio de identificación para recibir la transferencia. Debió ser un robo similar a este, una distracción repentina y ¡magia!, el equipaje desaparece. Si mi novio no hubiera actuado rápido o si nadie se hubiera dado cuenta del robo en Termini, quién sabe si la muchacha habría perdido pasaporte y dinero; tal vez seguiría hoy en Roma, intentando emitir un nuevo pasaporte en la embajada como mi colega de la clase.

Entre otros:

La dependiente o dueña del Tabbachaio, que tiene rasgos orientales y acento italiano, atiende enérgica a los clientes. Estamos allí para imprimir los documentos necesarios en el Comune di Roma. Se comporta a la italiana. Es abierta, extrovertida. ¡Feliz inicio de año!, se despide de sus compradores frecuentes. Y le pregunta a una anciana de baja estatura, ¿Qué tal el fin de año? ¿Le tocó cocinar mucho? A lo que la mujer responde, “¡Ay!, sí”.

Las abuelas italianas, le nonne, son famosas por la cantidad de comida que preparan para las reuniones familiares; sin duda en Navidad y Año Viejo cocinan el doble o el triple para darles gusto a hijos, nietos, y acompañantes.

Tomada de https://pxhere.com/it/photo/1324132

Otro día. Cinco de enero, diez de la mañana. Aunque no hay nubes hace frío. Estamos en el cruce que nos llevaría al Circo Massimo. Hay una mujer oriental vestida de novia, con una chaqueta blanca de pana -que no le hace juego-, acompañada por su amiga al otro lado de la calle. “¡Ma che bella!”, exclama una italiana, junto a sus jóvenes hijos o sobrinos. La novia cruza la cebra y pasa por nuestro lado, alegre.

Auguri!”, dice con una sonrisa la italiana, deseándole buena suerte, y parece como si quisiera alargar un brazo para tocarle el hombro y felicitarla. “Va para la iglesia”, conjetura la mujer. “No”, le responde alguno de sus acompañantes…

Aprender polaco: gimnasia mental

Llevo poco más de cinco años en Polonia y aún no hablo su idioma de manera fluida. Parece un trabajo de tiempo completo; envidio a quienes supuestamente lo dominan en pocas semanas o meses. No sé si la escuela de la calle, la familia, los amigos y el contexto enseñan más que las aulas. A veces pareciera que sí.

Al inicio pensaba que lograría absorber el lenguaje polaco a punta de visitas a los suegros, televisión, radio y lectura -de periódicos, avisos en edificios y calles, y menús en restaurantes-. Confiaba en estos métodos. Pero no fueron suficientes. Me ahogaba en la laguna de la gramática y sus intrincados, casi malvados y traviesos siete casos (los pzrzypadki): no aprendía la raíz de la palabra, sino alguno de sus disfraces, sus przypadki.

Nuestra cara en la escuela cuando descubrimos una nueva regla o excepción.

Probé un par de veces con tándems de español-polaco con conocidos o desconocidos. Resultó un método sin mucha regularidad: viajes y compromisos se interponen en las clases, últimas en la lista de prioridades.

Hace un año por fin me rendí, y empecé a estudiar en una escuela. El polaco es como una selva. Hay una gran “biodiversidad” de palabras, reglas y excepciones. El lema es: ¡para qué hacerlo sencillo si se puede complicar! Dos masculino se dice de una forma; dos femenino, de otra; no tengo dos en masculino, es otro caso; y para qué seguir, no les voy a decir mentiras, no lo tengo claro.

Quiero compartir aquí* algunas palabras o expresiones que he aprendido, casi sin querer. Escucharlas o leerlas a menudo me transporta al lugar donde las conocí, y por ende, a las historias de estas palabras en mi vida; al cariño que les tengo.

Está nie mam, por ejemplo. No tengo. Muy parecida a nie ma. No hay. ¿Tiene la carta de cliente?, me preguntó una vez una cajera. Dije nie, no a secas. Y ella me corrigió, nie mam. Gracias, Pani cajera.

A las malas aprendí ciclorruta, ścieżka rowerowa –me cuesta trabajo escribirla; sólo sé pronunciarla, si es que la pronuncio bien-. Fue la noche en que una mujer me gritó porque no usé la ciclorruta.

Les debo Ratunek, ratunek!, ¡auxilio, auxilio!, a los juegos de mis estudiantes de nueve años.

O balde, wiaderko, a mi sobrino, que sacaba agua de un cubo para echársela a las zanahorias, calabazas y flores del jardín de mis suegros.

Na drutach, a dos agujas, viene de una exestudiante que teje.

Tajemnica, secreto, misterio, llegó a mi vida mientras hacía una reportería sobre un castillo.

Kask, casco, apareció en un crucigrama mientras visitábamos a la abuela de mi novio.

Świt, amanecer: la hora en que un buen aficionado a la recolección de hongos empieza a recorrer el bosque; gracias a una de mis profesoras por este término.

Mis suegros me enseñaron en un paseo wiedziałam (yo mujer, supe) y widziałam (yo mujer, vi). Hago la aclaración de “yo mujer” porque si un hombre supiera o viera, lo correcto sería decir wiedziałem y widziałem. Mi sobrino de dos años y yo tenemos problemas de género. Él habla como si fuera mujer -porque su papá le habla en su lengua materna, el español, y el polaco le viene de su mamá-. Yo entretanto me dirijo a los hombres, por descuido, como si fueran ellas.

Y mi última adquisición en clase: czarnowidz, agorero. Literalmente significa: el que todo lo ve negro.

¿Hay alguien por ahí aprendiendo polaco? ¿Alguien que aún guarde esperanzas de dominarlo en menos de diez o cinco años? ¿Alguien con problemas para recordar que palabra, słowo en polaco, ni es femenina ni es masculina sino neutra -¿o debería decir neutro?-?

*Quizá actualice la lista con el paso del tiempo.

El tronco del árbol is the new trash can

Hoy fue el World Cleanup Day. El día del año en el que tenemos una excusa para limpiar porque otros países también lo hacen al mismo tiempo. Pero cualquier ocasión es buena para ponernos unos guantes, coger una bolsa de basura y salir a recoger las botellas de vidrio o pedazos de plástico del camino.

Siete personas limpiamos a lo largo de la orilla del río Odra, en el barrio, durante unas tres horas. Entre ellas nuestros vecinos Beata, Teresa, Wiesław y Grażyna, a quienes conocimos hoy, así como Piotrek -compañero de trabajo de Marcin-.

Limpiar es mejor que un día de gimnasio. Hicimos sentadillas. Escalada desde la orilla del río hacia la calle. Carrera de obstáculos entre rosales y otros arbustos malolientes. Y levantamiento de pesas: bolsas que llenamos con botellas de vidrio, plástico, latas, ropa, en fin; también sacos de basura enteros que habían sido arrojados a la orilla del río.

El futuro ya llegó. Desde ya estamos viviendo en ese paisaje árido de basura enterrada que se ve en las películas de ciencia ficción. En el parque de bicicross del barrio, los arbustos, la ortiga y la tierra han devorado bolsas de plástico y latas de comida oxidadas. El plástico es una capa más, junto a las piedras, los insectos y el verde.

Lo peor fue hacer el hallazgo de “islas de basura” en la tierra, pequeños rellenos sanitarios entre los arbustos, dice mi novio.

Nos hubiera gustado limpiar más. Fue una lástima que hubiéramos sido tan pocos los involucrados en el aseo de nuestro río. Quizá falto ser menos tímidos e invitar a la gente en la calle, cara a cara. Esperamos repetir el evento en unos meses y continuar con el fragmento que aún nos hace falta; de allí hoy solo retiramos un coche de bebé sin dos ruedas que yacía en ese lugar hace tiempo.

Quedamos exhaustos. Como si hubiéramos jugado un partido de fútbol, o corrido. Me duele levantarme del sofá. O doblar los brazos.

P.S.: Me picó una garrapata. Este es un bautizo polaco más.

Otras voces:

Sí. Le hablo a usted. Lo vi tomándose su cerveza y hablando por teléfono. Se le olvidó su paquete y su botella, ahí, junto al pedazo cortado de tronco. Orange is the new black, and El tronco is the new trash can.

Tan cool, tú. Tan apresurada. Estás in: llegas a la oficina con tu bolso en una mano, y un café en vaso desechable -dificilísimo de reciclar- en la otra. Y pa’l Instagram. De almuerzo, un granizado con crema en un vaso transparente de plástico con pitillo. Pa’l Face. ¿Y para la cena? ¿Qué plástico a las finas hierbas? Tan cool que se ven el café y el granizado antes de terminar en la caneca.

Misión (casi imposible): plástico cero

Desde hace casi dos meses estamos dejando el plástico. En otras palabras: ya no compramos frutas ni vegetales congelados, ni botellas de agua, ni granos que vengan en bolsas plásticas o en materiales no biodegradables.

El cambio empezó con la intención de ahorrar en la compra compulsiva de congelados, que era la mayor carga en nuestro presupuesto semanal: estábamos consumiendo por semana unos diez paquetes. Pero nos pusimos a leer sobre el tipo de plástico en el que conseguíamos nuestras bayas para el desayuno y vegetales para comidas rápidas, y descubrimos que venían empacadas en el número 7, uno de los menos recomendables, sino uno de los más tóxicos y que menos se reciclan.

Podríamos haber seguido cada semana con ese ritmo o haber decidido comprar menos. ¿Por qué ser tan radicales? El plástico después de todo se recicla, ¿no? Tristemente, solo un porcentaje menor llega a tener una segunda vida. La National Geographic hace referencia a un estudio según el cual solo se ha reciclado un 9 por ciento del plástico producido desde hace décadas, mientras otra investigación dice que actualmente solo se recicla un 5 por ciento de este material.

Basta con echar un vistazo a los contenedores de basura destinados a plásticos: a veces están casi vacíos, mientras los contenedores de basura general están a rebasar con botellas de agua y bolsas de chucherías. Según la National Geographic, para 2050, “los océanos contendrán más desperdicios plásticos que peces”. Pero no es una afirmación exclusiva de esa revista. Ya casi es un lugar común en películas y redes sociales para llamar la atención sobre la magnitud del problema.

Querer llevar una vida sin plástico parece imposible. Está omnipresente en cosméticos, aparatos electrónicos, condimentos, cinta pegante, ropa, zapatos, bolsitas de té, comida para llevar. Donde usted menos se lo imagina, ahí está, latente, así sea como un cinco por ciento de nylon, un 8 por ciento de viscosa, un sticker con un código de barras o papel laminado en el café para llevar.

Por eso el cambio solo puede ser gradual. Nosotros empezamos por la compra semanal de comida. Ahora conseguimos granos y harinas al granel en Bez Pudła, la primera tienda de cero residuos de Wrocław. No queda cerca de nuestro barrio, pero está en el centro, tiene productos para veganos y por eso nos las arreglamos para ir unas dos veces al mes, con bolsas de papel y de tela, y frascos de vidrio.

Tomado de http://www.cuerpomente.com/ecologia/medio-ambiente/cuanto-tarda-desaparecer-tu-basura_970

También probé a producir mi propio desodorante con una receta de la página Mama Wellness y la fórmula resultó mejor que cualquiera en el mercado. Estuve buscando este tipo de desodorante toda la vida.

Hace poco además se nos acabó la crema de dientes. Conseguimos un pequeño frasco con tapa plástica qué le vamos a hacer- con un polvo que huele a salvia y es tan dulce y sabroso como cualquier otro dentífrico. En la lista de cosméticos por reemplazar siguen jabones y champús.

Image result for crush plastic

Ahora cargo una botella de acero inoxidable, que lleno con agua de la llave en el apartamento y en la oficina. Y las últimas botellas de plástico que usamos en febrero están en un rincón de la cocina esperando a convertirse en contenedores para plantas o quién sabe qué otra cosa.

Confieso que a veces me siento ridícula con estos cambio. Me he preguntado si simplemente estamos siguiendo una moda. Tal vez soy un estereotipo con la bicicleta, el veganismo y la reducción de residuos. Pero estoy convencida de que decidir no participar de la compra de plástico tiene un impacto real en el medio ambiente. No necesito ver películas sobre las islas de plástico (o de microplástico, más bien) en altamar para convencerme del problema. Veo basura a diario, casi al pie de donde vivo, a la orilla de un río.

El viento fácilmente puede juguetear con botellas que luego terminarán en el río, y de ahí llegarán al mar. O en el mejor de los casos, la brisa puede acomodar las bolsas en las ramas de los árboles como un desgastado y sucio adorno de Navidad. No quiero ser parte de eso aunque me sienta un poco loca.

¿Cómo sobrevivíamos antes? ¿Era la vida más engorrosa sin plástico? ¿O éramos más felices, llevábamos una vida más pausada? No lo sé. En todo caso, y por superficial que suene, ¿no es el plástico más bien feo?

A veces imagino que los humanos del futuro, en unos 400 años, se toparán con nuestra basura plástica en sus excavaciones arqueológicas. Quizá los museos del siglo XXV exhiban nuestras botellas y envases como muestra del avance (o retroceso) de la civilización.

Diferenciar las escalas de frío o cómo convertirse en cubo de hielo en ‘bici’

Hace dos semanas tuvimos nueve días de temperaturas gélidas. En la aplicación del teléfono, o en AccuWeather, denominaron el frío más frío como “bitterly cold” (que se traduce como amargamente frío).  Ya sé qué se siente estar a -10 ó -11; y más que eso, qué se siente, según la sensación térmica, estar a -20 (¿o quizás a -30, por el viento generado al pedalear?).

El paseo en bicicleta de una hora, de la casa de mi estudiante a mi apartamento, a -10 me espantó las ganas de salir a la calle por dos días. A la mañana siguiente estuve inicialmente vigorizada, pero después de dos horas empecé a sentirme cansada; y ni me animé a salir para la clase de polaco porque eso implicaba estar de nuevo a -10, o menos, en la calle, después de las ocho de la noche.

Los polacos continúan con su vida en esta temperatura. No se abstienen de ir a clase o a la oficina solo porque hace muchisisísimo frío. En cualquier caso, están dispuestos a saltarse las reglas con tal de no pasar mucho tiempo afuera. La noche de mi experimento polar casi no había peatones, y los que estaban por ahí corrían, caminaban rápido y cruzaban semáforos en rojo.

El frío de -20 es un frío que duele. Duele la nariz al respirar ese aire. Duelen los dedos de los pies, que después de cuarenta minutos de camino ya ni se sienten, y parecen una roca, especialmente si usted no está bien preparado, es decir, si no tiene al menos dos pares de calcetines puestos. Y si las manos pasan mucho tiempo fuera de los guantes, porque se desanudó el cordón del zapato o hay que sonarse, lo mejor es actuar rápido, para no terminar con las manos resecas, rojas o doblegadas por el dolor.

Esa noche mis pies resultaron quemados o hipersensibles. Llegando a los barrios aledaños, dejé de sentir un dedo del pie (claro que a -8 tampoco también dejé de sentirlo en otro par de ocasiones). Alcancé a asustarme pero afortunadamente no pasó nada. Una vez en casa me quité los zapatos y me puse unas medias limpias y secas, para calentar los deditos rojos y helados. Ya con los nuevos calcetines, la piel se sentía sensible al roce de la textura, casi como si el tejido me hiciera cosquillas.

Después de cambiarme la ropa, lo mejor fue tomar té caliente. Creo que nunca había sentido el té bajar por mi estómago y calentarme como esa noche -en otras palabras, tuve la impresión de poder ver, literalmente, una bola caliente bajando por el esófago- ; además estuve muy agradecida de poder tomar algo caliente.

Por fin me gradué como conocedora de las escalas de frío de este país. Dos grados centígrados se sienten templados, casi cálidos, en comparación con -10 ó -20. Luego, -5 puede contar como frío, o un poco frío. Pero el frío real solo se siente cuando la temperatura baja a -10 ó -15.