La Atenas no sudamericana, la griega

Normalmente solo escribo sobre Colombia y Polonia aquí, pero hago una excepción por eso de Bogotá como la “Atenas sudamericana”.

¡Atenas y sus gatos! ¡Amigables y amos de las calles! Uno se acercó mientras descansábamos los pies y revisábamos un mapa en la Acrópolis. Se restregó contra nuestras piernas, se subió al regazo de M. y terminamos acariciando su pelo polvoriento ante su insistencia.

Otro día dimos con un hombre con problemas para estacionar porque un gato no quería moverse del espacio de parqueo. Maniobró el carro con cuidado, y luego nos preguntó preocupado, primero en griego (¿“Gatakia…”?) y luego en inglés, si el gato se había movido de allí y estaba a salvo.

Hasta los canarios o pájaros en jaulas colgadas fuera de los locales de la Plaka -el barrio que rodea la Acrópolis-  parecían una ofrenda para el entretenimiento de los dioses gatos, igual que los platos de agua y comida en las calles.

También había perros callejeros. Llevaban placas con sus nombres, y parecían la reencarnación de algún filósofo griego: un Diógenes, casi del tamaño de un pastor alemán, pero con pelo blanco y una mancha negra, tumbado en el escenario del teatro de Dionisio, por ejemplo, dándonos el espectáculo de su espalda a quienes estábamos sentados en las bancas.

Uno de los perros callejeros en el Ágora

Atenas sudamericana”

Bogotá bien parece “la Atenas sudamericana”. Pero no lo digo como un halago.

En la Atenas original los taxis son amarillos, como en Bogotá; los carros no respetan las cebras; los buses urbanos supuestamente tienen un horario, pero pasan más bien a deshoras, cuando quieren -a excepción de los del aeropuerto-; hay barrios que es mejor evitar en la noche; hay montañas, pero también pocos parques y árboles y mucho edificio. Además abundan historias sobre estafas y cosquilleo: de ahí que me sintiera un poco paranoica, ansiosa, abogotanada, especialmente en las zonas no recomendadas para turistas.

Y viví una experiencia extraña en un baño público de un parque: tuve la sensación de que podrían haberme violado, aunque nunca nada como esto me ocurrió en Bogotá. ¿Mi imaginación me jugó una mala pasada? Puede que no del todo.

El baño no estaba en buen estado. Ni papel había.

 El de la derecha tenía una bolsa en el inodoro, y hojas, botellas de plástico, basura -después me daría la impresión de que había sido dañado a propósito-. El otro sí funcionaba.

M. me esperó a la vuelta de la caseta, de espaldas y a unos seis metros de la entrada.

Yo me encerré y colgué la chaqueta en el cerrojo oxidado. Al rato escuché que alguien entró. No sé por qué tuve la impresión de que no era una mujer. Caminó de un lado a otro y me sentí en peligro: tuve la certeza de que al salir alguien me taparía la boca y me violaría porque M. estaba relativamente lejos. Entonces me di cuenta de que había un pequeño hueco en la puerta. Moví la chaqueta para taparlo, y después de un momento dejé de escuchar los pasos, el corazón aún acelerado.

Esperé, sin saber si debía alertar a M. con un mensaje de texto. Salí nerviosa a lavarme las manos y volví con M.

Caminamos alrededor del parque, mientras le contaba la historia de terror a M., y descubrí a un hombre en diagonal a los baños, en una banca desde donde podía vigilar quién entraba; el mismo que a veces hacía una ronda alrededor de la caseta.

Cuando lo sorprendimos acechando en su banca, lo observé con rabia e indignación, y él quitó la mirada, incómodo.

Estoy casi segura de que el hombre tenía por “hobby” mirar por el orificio de la puerta. No puedo explicar de otra forma por qué me sentí amenazada por unos simples pasos (eso, o mi imaginación está fuera de control; no obstante la amenaza se sintió muy real).

Luego me encontré también con cerraduras tapadas con papel en las puertas de otros baños, ¿para evitar otros mirones? También había puertas de baños que no cerraban en algunos restaurantes.

Manos inquietas

Vimos personas dándose la bendición simultáneamente, o una después de otra, en el bus y en el tranvía. La cruz empezaba en el ombligo, subía a la clavícula y terminaba con una especie de doble golpe de pecho, o mejor, como una descarga de culpa por encima del hombro: ¿un latigazo a la espalda? Y siempre en la misma calle o estación, frente a una iglesia o algún monumento.

Muchos hombres movían las cuentas de una “camándula” del tamaño de una pulsera en la parada de bus; o hacían chocar las cuentas cuadradas en el metro. Los griegos me habían parecido devotos con sus bendiciones reversas y por eso deduje que las pulseras tenían un significado religioso. Al final del viaje, los vendedores de una tienda de souvenirs aclararon que esas “camándulas” se llamaban “kombolói”, worry beads, y eran simplemente un pasatiempo “para hombres”, para desestresarse. ¿Y las mujeres no lo usan?, pregunté. La mujer dijo que tendría que ser una mujer más bien ruda. Wikipedia dice que ya no solo son objetos usados por los hombres.

Bonus track:

Escuchamos las sirenas: el viento jugando contra una decena de astas en uno de los puertos, como un arpa de boca.

Era noche de tormenta. Incluso en la madrugada, la fuerza de la lluvia y el viento nos despertó. Era el tipo de tormenta que hace pensar en que la calle y el hotel o la casa amanecerá inundado.

El teatro de Dionisio

Nostalgia de ciclovía

Foto tomada el domingo 20 de septiembre de 2015 (bajada de la página de Facebook de Rowerowy Wroclaw)

“Me gustaría que en Breslavia hubiera ciclovía”, le comenté a un ciclista de la asociación de bicicletas de mi ciudad (Rowerowy Wroclaw), en octubre. Hablábamos de la ‘bici’ en Bogotá y la admiración de los breslavos por nuestra ciclovía y nuestras ciclorrutas.

“Aquí no tendría éxito. Hasta hace poco era raro ver a la gente trotando en la calle, porque no somos muy activos”, me contestó.

Yo no le creía: ¿cómo explicar el gusto de la familia de mi novio por caminatas de ocho horas? Pensaba entonces que la mayoría de polacos eran amantes del senderismo en las montañas en los meses secos y del esquí durante el invierno. Si la ciclovía no llegara a funcionar, reflexionaba, sería porque estarían ejercitándose lejos del concreto, como mis suegros o mis cuñados.

Bien. Este domingo la predicción del ciclista sobre la ciclovía se “cumplió”. Sigo difiriendo de él sobre la actitud de los polacos hacia los deportes. El mayor impedimento para remplazar los carros por patinetas, patines, perros y niños en las calles es el clima. Si está nublado, llovizna y hace frío, la cama y las cobijas son más atractivas.

Por eso el cierre de un puente de casi dos kilómetros -en una versión miniatura de la ciclovía- no atrajo la masa de bicicletas de los ciclopaseos de verano. Con sol, o a 25 grados, probablemente el número de participantes habría superado la capacidad del puente Unywersitecki; al menos eso quiero imaginar.

Sumado al mal tiempo, a los organizadores quizás les faltó explicar, en persona -y no únicamente por Facebook-, en qué consistía el cierre. Algunos peatones, por ejemplo, no se atrevían a bajar a la vía vehicular, pese a que no había carros ni tranvías en movimiento y el andén, con sillas playeras y un tapete arrugado, les quedaba pequeño.

Aunque no quiero decir que el evento fracasó: un grupo de mujeres practicó yoga en plena vía; los niños jugaron golosa y tiraron los dados sobre un tablero gigante en el asfalto; algunos ciclistas registraron y marcaron sus ‘bicis’ con la Policía, y otros prepararon, a pedal, su propio cóctel de frutas en una cicla estática con motor y licuadora.

Pero sí faltó gente. Yo hubiera querido ver el puente lleno de bicicletas y caminantes como la avenida Boyacá o la carrera Séptima un domingo. Desafortunadamente, la baja asistencia contrastó con la protesta de miles de personas en las calles del centro en contra de los inmigrantes, los musulmanes y la Unión Europea, el día anterior.

Entre otras: El puente se cerró para celebrar el Día Internacional del No carro, hoy 22 de septiembre -aquí no tiene carácter obligatorio, es decir, si usted quiere sacar su carro, nadie lo multa-. Los organizadores quisieron aprovechar los 160 metros del puente para tomar una fotografía famosa entre los promotores de la ‘bici’: una comparación del espacio ocupado por un número de carros, más el mismo número de personas al lado del transporte público y el mismo número de bicicletas -allí solo faltaron nueve carros para la foto perfecta-. ¿No sería buena idea capturar esta foto en Bogotá en un día de ciclovía? Ojalá algún colectivo se anime a tomarla.

Nota publicada en el blog Yo prefiero la ‘bici’, de Diario ADN Colombia

Un pájaro dentro de otro pájaro

Por fin en casa
Por fin en casa

En septiembre pasado encontramos un vuelo en promoción a Bogotá por unos 300 euros (700 mil pesos colombianos, y 1.100 zlotys polacos). Oferta soñada para Navidad, si se compara con los precios del verano (más de 1.200 euros). Los anunciaba Fly4Free, una página de Facebook que publica vuelos baratos desde Europa hacia Asia, América del Norte y América Latina. Apenas vimos los tiquetes, decidimos comprarlos.

Con la ganga, el primer avión saldría de Berlín en la madrugada, después haríamos escala en Munich, de allí volaríamos a Houston (con una hora y 20 minutos para hacer aduana y cambiar de vuelo, mejor dicho, correr), y por fin, 22 horas más tarde, llegaríamos a Bogotá. El precio de volar tan barato -que viene incluido con la paranoia de “a última hora algo saldrá” mal-.

Mi novio estaba un poco preocupado con los tiquetes. Se preguntaba si al comprarlos por medio de una agencia de internet, y no con la aerolínea directamente, algún detalle podría cambiar a última hora y nosotros no nos enterearíamos.

Todo parecía estar en orden en Munich, hasta que  me pidieron un documento, aparte del pasaporte, que demostrara mi residencia en Polonia; yo rara vez cargo mi tarjeta de residencia polaca, un papel blanco del tamaño de la pantalla de una tableta pequeña, ni traía la tarjeta de la biblioteca conmigo. No podré volar, ¿y ahora? La azafata insistió con calma en que buscara mi “prueba” polaca y finalmente me salvó la tarjeta débito. Es por seguridad, decía ella con un suave acento peruano.

Después de ese primer susto en Munich con la prueba de la residencia, nos imprimieron el tiquete hacia Houston en el counter, pero nos informaron que el vuelo de Bogotá aparecía cancelado hacía poco por mantenimiento del avión. ¿A qué hora viajaremos? ¿Viajaremos? Ahí la paranoia del tiquete barato empezaba a estar justificado. La azafata nos redirigió a otro counter; y un par de minutos más tarde había una fila de cinco personas detrás de nosotros con el mismo viaje cancelado.

*

(Para ese momento estábamos ya cansados y con hambre. La noche anterior la habíamos pasado en las sillas metálicas del aeropuerto Tegel de Berlín: dormimos a medias, de 1 a.m. a 4 a.m., con los oídos atentos a la sala de espera porque no confiábamos en que no nos robaran. Cualquiera, prácticamente, puede entrar al aeropuerto. Amarramos mi mochila y una bufanda con las maletas e intentamos descansar a pesar de la caída de la temperatura en la madrugada. Dos policías patrullaban las salas, un hombre dormía en el piso, al respaldo de nuestra zona de “descanso” una pareja veía películas y en otras sillas, un hombre protegía su equipaje con una pierna encima y una mano enrrollada entre su mochila-almohada.

Aunque Breslavia está muy bien ubicada para viajes cortos a Alemania, República Checa u otros países de la Unión Europea, viajar desde esta ciudad a Colombia es un asunto de nunca acabar. Si desde España son 10 horas de viaje, desde Breslavia puede ser el doble, por los buses o aviones necesarios para conectar con ciudades más grandes. Así, nuestro viaje comenzó el lunes a las 7 de la noche hora polaca, con bus a Berlín incluido, y terminaba -en el itineario original- tres aviones más tarde, a las 3 de la mañana del miércoles, hora de Polonia. Pensar que mi prima trabaja en este negocio de los viajes todo el año, ¿cómo hace?).

                                                *

El computador de la azafata en el segundo counter de Munich funcionaba a medias, y ella iba y venía de un computador a otro, sin decirnos si podríamos viajar este día, o del todo, a Bogotá. Pensé, ¿se cancela la Navidad colombiana? Por fin nos ofrecieron ir de Miami a Bogotá, luego No, no aparecen asientos disponibles. Esperamos una media hora con el grupo “colombiano”: dos polacos, una colombiana residente en Alemania y otra pareja -no sabemos si suizos o checos-, hasta que nos anunciaron el milagro, viajaríamos Madrid-Bogotá y llegaríamos más temprano. Casi todos celebramos el cambio. Creo que ninguno estaba de ánimo para pasar 13 horas en el vuelo a Houston, y luego, 5 más, de allí a Bogotá.

Tampoco esperábamos que un canario, o quién sabe qué pájaro, nos acompañara en el vuelo de Munich a Madrid en una jaula pequeña con una tela azul encima. Un grupo de pasajeros españoles ubicados delante de nuestras sillas, llegaron a pensar que algún gorrión se había colado -y no habría sido raro, porque un grupo de ellos comía migajas dentro del aeropuerto en la zona de check-in-.

“El pájaro está flipando porque nunca había estado tan arriba”, dijo uno de ellos. Otro joven jugaba con silbidos. Y el pajarito, nervioso o excitado, hablaba durante las indicaciones de seguridad, o en respuesta al rumor del avión. En palabras de mi mamá, parecía loro mojado.

*

En Polonia, en Colombia, en España. En cualquier país habrá motivos para quejarse. “Esto es España”, narraba un español el aterrizaje en Madrid, mientras veía una carretera a medio hacer que no conducía a ninguna parte.  En Bogotá tuvimos el puente de la carrera 11; en Breslavia, una biblioteca que casi no se termina.

De los limpiaparabrisas polacos

En mi camino al centro desde la estancia otoñal, hay dos cruces que me dan mala espina en las noches. El primero está frente a un edificio en construcción, y el segundo, cerca de un centro comercial y de una estación de tren.

En esas intersecciones hay jóvenes limpiando los parabrisas de los carros. No muchas personas caminan por estas zonas y quienes lo hacen parecen apresurados, ¿por el frío, o porque es inseguro? Los muchachos se reúnen en grupo, se ríen, y trabajan a pesar de la caída de la temperatura: ayer estábamos a cero grados y una sensación térmica de ocho grados bajo cero. ¡De locos!

Parece prejuicio mío temerles. Montada en la ‘bici’, los limpiaparabrisas polacos no han intentado robarme, no soy carnada, ni me han amenazado a lo colombiano, así:

Un día viajábamos con mi mamá en nuestro Fiat 147 -parecido al “carro polaco”, el “małe Fiat” (pequeño Fiat) o “maluch” (el pequeño)-, por alguna calle de Bogotá. Un muchacho se ofreció a limpiar el parabrisas. Había enjabonado y lavado el vidrio trasero, y mi mamá le decía “No”, “que no”, y le hacía una seña negativa con el dedo índice. Cuando llegó al parabrisas, mi mamá insistió en su NO. Y él, violento, escupió el vidrio que iba a limpiar y le dijo alguna grosería; desafortunadamente ella no está aquí para corroborar si así fue como ocurrió o si me estoy inventando la reacción del gamín.

El denominado "carro polaco", que es italiano
El denominado “carro polaco”, parecido al Fiat 147 y al Fiat 126

En Breslavia, los limpiaparabrisas tampoco han intentado robar a mi novio, aunque él desconfía de ellos como conductor de carro. De cualquier forma, las estadísticas desmienten mi prevención y paranoia: solo el 1,4 por ciento de la población polaca fue víctima de un asalto en el último año, según el Índice para una vida mejor, de la Organización para el  la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD).

En las entrañas de una Oficina polaca de la bicicleta

*Este artículo fue publicado en el blog Yo prefiero la ‘bici’ de ADN

Director de una oficina de la bicicleta cuenta cómo su ciudad le ha dado el SÍ a la bicicleta.

Daniel Chojnacki vive en Breslavia, una ciudad con 600 mil habitantes y 214 kilómetros para los ciclistas -tiene tres veces más vías para las ‘bicis’ por kilómetro cuadrado que Bogotá-. Desde que Daniel ejerce su cargo como director de la Oficina de la bicicleta, hace siete años, se han construido 5.000 cicloparqueaderos, se han creado más de 70 kilómetros de vías para los ciclistas y se implantó el sistema público de alquiler de bicicletas. Su trabajo muestra por qué vale la pena articular el trabajo pro-bici.

¿Cómo convenció la ‘bici’ a la ciudad de tener una Oficina de la bicicleta?

Se dio sobre todo gracias al constante “ataque” de las organizaciones de ciclistas. Durante cinco años ellos estuvieron pidiendo que se creara esta oficina, y finalmente organizaron una “protesta” en 2007 –rompieron una parte de un andén, la pintaron de color dorado y se la regalaron al entonces Alcalde-. Esa parte alta del andén era símbolo de que la política para los ciclistas era poco amigable con los mismos ciclistas. El evento atrajo la atención de todos los medios. Entonces el Alcalde dijo, está bien, crearemos la Oficina.

¿Cómo funciona una Oficina de la bicicleta, en qué consiste tu trabajo?

Empecé yo solo en 2007, pero hubo un cambio en la organización, y después de dos años se unieron Piotrek, que ahora trabaja en infraestructura y diseño de vías, y Arthur, que está involucrado en el tema de educación y promoción de la bicicleta. Ahora también hay una división de Movilidad con algunas personas trabajando el tema de peatones y moderación del tráfico. Yo me encargo de coordinar el trabajo.

En cuanto al presupuesto, estamos involucrados en la construcción y pintura de vías, así como en la construcción de cicloparqueaderos, y en educación en escuelas; preparamos también mapas y muchos materiales de promoción. Por supuesto, también nos encargamos de contactar a ONGs, y tenemos un trabajo interdisciplinar con ellas: nos encontramos cada dos o tres meses para discutir qué quisieran tener, qué podemos hacer; además nos mantenemos en contacto muy seguido, todos los días, por correo, por mensajes de texto, para saber qué pasa en la ciudad. Avanzamos despacio, pero vamos en una buena dirección. Mientras en 2006 contamos 260 ciclistas por hora en uno de los cruces más importantes de la ciudad para la ‘bici’, este año pasaron por ese mismo cruce más de 600.

¿Cómo te eligieron como director de la Oficina de la bicicleta? ¿Qué requisitos debías cumplir?

Todo fue por medio de un concurso. Yo había estado trabajando en la misma posición en Cork, en Irlanda. Era requisito tener experiencia como ciclista, y experiencia también en diseño de vías. Además, debía montar bicicleta todos los días de todo el año, incluso en otoño o invierno. Y bueno, yo lo hago. También me preguntaron qué plan me gustaría poner en marcha en Breslavia, y a ellos les gustó mi propuesta.

¿Qué propusiste entonces?

Para mí era muy obvio: qué podemos hacer para que en la ciudad haya más ciclistas. Para mí era prioridad conectar las vías para bicicletas o poder parquear en la ciudad. Porque durante siete años no tuvimos lugares dónde parquearlas. Entre otras cosas, también propuse implantar un sistema público de alquiler de bicicletas, pues ya había adquirido un poco de experiencia sobre este tema en Dublín (Irlanda).

¿Cuáles serían tus recomendaciones para quien ejerza el cargo de director de la Oficina de la bicicleta?

Primero, es importante estar en contacto con organizaciones de ciclistas. En segundo lugar, se debe contar con poder y dinero para tomar decisiones como ¿dónde estamos?, ¿qué estamos construyendo?, y ese tipo de cosas. Por último, si se quiere construir infraestructura de primera calidad, es muy importante que esta persona pueda decir, por ejemplo, “eso está mal, no podemos hacer un bicicarril en el lado derecho, tenemos que hacer uno de doble vía…”. Es muy importante que diseñadores y directores digan, está bien, esa es tu decisión, y la tomen en cuenta.

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