La zapiekanka que no fue (dilema vegano)

Foto tomada de http://vignette2.wikia.nocookie.net/kielbasa/images/b/b5/Zapiekanki.jpg/revision/latest?cb=20130324072224&path-prefix=pl

Ayer mi restaurante-bar de cabecera estaba cerrado por la fiesta del jueves (Corpus Christi), y como estaba por venirse la tormenta decidí probar con el bar vecino, que tiene opciones vegetarianas y veganas.

Compré una crema vegana de vegetales blancos (por el nombre sería de coliflor, puerro y raíz del apio; seler), y como aún tenía hambre quise probar la zapiekanka, que es una comida rápida típica de la época comunista: en mi opinión es una especie de pizza barata.

Se prepara con pan, queso, jamones, champiñones y salsa de tomate encima, y hasta ese momento nunca la había probado. Yo pedí la zapiekanka de millo con vegetales para llevar, pero olvidé enfatizar en que debía ser vegana.

Caí en cuenta del error a los dos minutos y corregí el pedido. Sin embargo, al recibirla, quedé con la duda de si me habían dado la opción correcta: por encima tenía un queso sin derretir de aspecto y olor idéntico al parmesano. Y seré cansona, pero la tabla para picar donde preparaban las zapiekankas estaba todo cubierto del queso de otros sándwiches.

No sabía qué hacer. No estaba segura de querer probarla para descubrir, bocado garganta abajo, que no podía comerla. Tampoco quería regresar al bar a reclamar en mi polaco básico -además a veces los empleados prefieren complacer al cliente con una mentira piadosa en lugar de aceptar su culpa-. Y no me llamaba la atención ser sorprendida por alguien en la cocina de la oficina, jugando neciamente a separar el queso del resto de la comida.

Intenté regalársela a un extraño que, viéndome curiosear la caja en plena calle, me preguntó qué llevaba allí, si pizza u otra cosa. Quiso saber dónde la había comprado. Se la ofrecí. Y terminó huyendo sin que pudiera darle mayores indicaciones de dónde quedaba el bar. La escena fue medio cómica: cualquier transeúnte podría haber pensado que intentaba pegarle con la alargada caja.

Finalmente, y después de pedirle ayuda a C. por teléfono, decidí darle la zapiekanka a un habitante de calle. Había visto a un hombre joven, tristón, quizá un muchacho que huyó de casa, a la entrada de un banco y pensé que podría tener hambre. Aunque no estaba convencida.

Lo hallé mirando con tristeza a una mujer de edad que sacaba basura de la caneca. La mujer ocultaba su labor con una sombrilla. Me acerqué con una “przepraszam pani”, y vi por accidente que ella había puesto una bolsa transparente con dos rebanadas de pan en su talega roja de reciclaje.

“¿Quiere esta zapiekanka?”, le pregunté. Me dijo algo que no entendí o que no quise entender. Abrí la caja para mostrarle. “Ale dlaczego?”, repitió su pregunta, un poco escéptica sobre porqué quería deshacerme de la comida. Le dije que tenía queso, y quise explicarle que no puedo comerlo, que me cae mal. “¿Con que no te gusta el queso?”, me dijo. Le dije que sí; no tenía otras palabras para explicarme. Preguntó cuánto había costado. No sé, respondí. Aceptó y puso la caja con sus otros tesoros rescatados de la caneca. “En todo caso, le agradezco”, dijo.

Me quedé pensando en el refrán de “Dios le da pan a quien no tiene dientes”. La mujer era mueca.

“Verde que te quiero verde”

Cambié de ruta de camino al trabajo. Ahora voy por el río. Es un kilómetro más, pero casi todo el trayecto evito carros y cruces, y me siento de excursión por una paisaje quizá similar al de los Llanos orientales, con garzas sobrevolando los árboles.

Pájaros desconocidos salen a saludarme o más bien huyen de mí: he visto varias veces a Serinus serinus (por ejemplo), una mezcla entre gorrión y canario de color verde, marrón y amarillo.

Con la ‘bici’ también nos cruzamos con Motacilla Alba, que tiene un lindo nombre en español: Lavandera blanca o aguzanieves, de cabeza y cola blancas, y cuerpo grisáceo.

Una semana tuve mucha suerte: vi pájaros carpinteros de pecho verde, un erizo y un faisán.

Otra vi una lagartija, y otra un halcón -o alguna ave rapaz por el estilo-. Y casi todos los días hay un par de cisnes en el río con su prole.

Es irónico que cuando vivía en Bogotá (en uno de los países más biodiversos del mundo), no llegué a ver tantos animales. Aunque Bogotá es capital, y Breslavia es una ciudad mucho más pequeña. Además en Bogotá no era vecina de un río ni de zonas boscosas, como ahora aquí.  Si hubiera vivido en zonas verdes de Silvania o Melgar, quizá Breslavia no me parecería tan rica en fauna y flora. A diferencia de la “tierra caliente” colombiana, por ejemplo, no tenemos lagartijas todas las noches reptando por las paredes del apartamento; y no creo que bien entrado el verano vengan a visitarnos.

P.D.: El descubrimiento biodiverso se debe también a que desde octubre vivimos cerca del río Odra, lejos del centro, y a veinte minutos a pie de un bosque (el bosque del Dragón) cuyos inquilinos son, entre otros, castores y grullas (estas últimas en primavera-verano).

Dos miradas tristes

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Probablemente este sea colombiano, o de una región templada.

El perro podría haber pasado por uno callejero (colombiano): era una mezcla de pastor alemán con alguna “imitación” de labrador pequeño.

Fue extraño verlo sin collar en las calles: aquí los perros no llevan vidas independientes de sus dueños. No se arriesgan a vivir de las sobras de los restaurantes, y menos en invierno.

El animal cruzó la calle con el semáforo en verde, muy afanado. Intentó cruzar otro paso peatonal, pero se acobardó con los carros.

Luego, con la vía libre, corrió hacia el centro comercial y continuó con su paso rápido por la acera. Estaba desesperado. Pensé que su amo se había adelantado en la caminata del mediodía y el perro intentaba alcanzarlo.

Cruzó una cebra más y se perdió de vista. Pero luego volvió sobre sus pasos, perdido, desconcertado, olftateando el rastro de su amo en la nieve.

Tenía el rostro de Karol Wojtyla, aunque con ojeras de color rosa y muy pronunciadas.

Caminaba con un bastón, y se apoyaba en sillas o barandas del centro comercial para tomar un respiro y ayudar a su pierna, ¿la del dobladillo con una hebra, o la otra?

La palabra “Canada” estaba tejida en su gorro blanco con gris: regalo -imaginé- de su hijo o su nieto que vive en Canadá y a quien extraña mucho.

La travesía de 500 colombianos para conocer al Papa Francisco en Polonia

Hace dos semanas, Breslavia (ciudad polaca) habría podido pasar por Bogotá en día de partido de la selección Colombia. Había bogotanos envueltos en banderas amarilla, azul y roja en el centro, gritando “eh, oh, eh, oh, eh, ¡Colombia!”. Nuestra bandera tricolor también colgaba del balcón de un apartamento estilo comunista en la periferia, e incluso en un piquete de domingo, en una cancha de fútbol de cemento, alguien entonó el ‘famoso’ “eh, eh, epa, Colombia”.

Fue una invasión de casi 500 colombianos en su camino a Cracovia para el encuentro con el Papa Francisco en la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ).

A su llegada a Breslavia, después de paradas en Madrid, Frankfurt, Nuremberg y Praga, algunos jóvenes durmieron en el piso de gimnasios de escuela, y luego fueron “adoptados” por familias adscritas a distintas parroquias de la ciudad.

Para poder venir a la JMJ, Jersson y Eduard, integrantes de la Parroquia de Nuestra Señora de la Candelaria, de Ciudad Bolívar, se prepararon durante casi un año. Desde agosto del 2015, todos los domingos, de seis de la mañana a nueve de la noche, hicieron rifas, vendieron arroz con leche y lechona. “Fue un trabajo fuerte”, comentó Jersson, de 20 años, vestido con una de las chaquetas azul aguamarina de la Arquidiócesis de Bogotá.

“En algún momento pensamos que era imposible. Teníamos que conseguir 20 millones de pesos en una semana”, comentó Eduard, de 18 años, y agregó: “Pero valió la pena”.

Ni Eduard ni Jersson, ni los otros cuatro integrantes del grupo de su parroquia quisieron desistir de la idea de hacer esta peregrinación. “En nuestras mentes había un sueño. (…) Decíamos, lo hago porque puede cambiar mi vida”, dijo Jersson, quien espera “enriquecerse con la experiencia” para replicar lo aprendido en la comunidad de su parroquia.

Quizás Eduard y Jersson esperaban un golpe de suerte como los que tuvo Leonardo Jauregui Caycedo, peregrino y co-organizador en esta jornada. A los 23 años, en el 2002, Leonardo le entregó la bandera de Colombia a Juan Pablo II en Toronto, y luego en 2011, le “cantó” al Papa Benedicto XVI en su entrada a la plaza de Cibeles, en Madrid.

Entonces su composición Venimos, compuesta para la cita con el Papa, ganó como Mejor Voz en el concurso Madrid Me Encanta y por eso tuvo la oportunidad de interpretársela al Pontífice en la plaza: “Había unos dos millones de personas y me temblaban las manos”, comentó Leonardo, quien trabaja como psicólogo en colegios de barrios marginales, y canta con el grupo Ministerio de Música Kyrios. “Ni siquiera sé si (el Papa) me escuchó, porque él venía entrando”.

     Una cancha que bien podría haber sido Bogotá, pero era Breslavia

Una cancha que bien podría haber sido Bogotá, pero era Breslavia

A los colombianos puede que los hayan sorprendido las costumbres polacas y su lenguaje ininteligible: padres de sesenta o cincuenta años, sin habitaciones propias, que duermen en sofá camas en la sala; comida que se multiplica en la mesa con té y café; palabras donde la w suena como v, la ł como w, y la c como s.

Sin embargo, esas barreras no amedrentaron a los jóvenes. “Lo que más me ha gustado ha sido la acogida de las familias. No es una visita de médico como en Colombia”, dijo Eduard. A él y a Jersson, compañeros también en el Seminario Mayor de Bogotá, sus “papás polacos” los agasajaron entre comidas con quesos, frutas y té, y con pepinillos de la działka, la huerta familiar. De la działka suelen salir habichuelas, lechuga, tomates, cerezas, manzanas y flores para la mesa en verano; mientras que en invierno esa misma producción termina transformada en habichuelas en conserva, tomates secos, mermeladas y frutas en almíbar.

“Aquí no desperdician nada. No había día en que (las Hermanas Terciarias Capuchinas, que la alojaron a ella) no cortaran fruta para las conservas, porque la cosecha aquí se da una vez al año. Eso me sorprendió”, contaba Yohanna Arévalo, organizadora de la pre-jornada en Breslavia.

A los polacos parece gustarles preparar (y ofrecer) comida y postres en cantidades proporcionales a su simpatía por los invitados. En Navidad, en Pascua y los domingos circulan infinidad de platos caseros. “Pero come más. Come, come”, pueden repetir los anfitriones (a esta insistencia por llenar las barrigas de los invitados se le conoce en el oriente de Polonia como prynuka, una palabra sin equivalente en español). Yohanna “padeció” en estos días el prynuka con sopas de remolacha, de brócoli, de pasta, de champiñones con pollo, y postres y postres que se multiplicaban. Es probable que otros jóvenes peregrinos también hayan sido víctimas de las copiosas comidas.

La afición de los polacos por homenajear con almuerzos y postres es comprensible: es su forma de expresar cariño. Los polacos son más bien fríos con los saludos y despedidas entre recién conocidos.

Escribiendo como vecina (de El Tiempo Zona Breslavia)

Si yo trabajara ahora como reportera local de El Tiempo Zona Breslavia, no sería nada raro recibir una llamada como la descrita abajo. La Vanessa reportera habría publicado una versión de esta historia -con la correspondiente respuesta de la autoridad ambiental- bajo el título “Polución toca nuestra puerta” en la sección Desahóguese.

Buenos días, señorita, la llamo porque necesitamos que alguien del Dama venga urgente a nuestro barrio, al Triángulo (Trójkąt). Ya casi tenemos los pulmones carbonizados y la Alcaldía no hace nada. Todos los santos días en las mañanas y en las noches ese olor como de aceite con papel periódico, y a nadie le importa. Es que ya hasta el médico me prohibió abrir las ventanas del apartamento en invierno por la humareda de carbón de los otros edificios. Este barrio está ahogándose en la cochinada.

La administración de mi edificio limpia la entrada todos los días, y todos los días alguien convierte la misma entrada en discoteca e inodoro. No solo es en mi cuadra, si usted se da un paseo por las calles Komuny Paryskiej o Kościuszki va a encontrar botellas de cerveza y vodka y orines en los portones, y ni le quiero decir qué otras asquerosidades, ustedes mismos pueden venir a comprobar y tomar fotos.

Lo otro es la alharaca de los tomatrago en el antejardín en las noches templadas. Y uno ni llama a la Policía porque luego eso es para ganárselos de enemigos. Hace unos años a mi amigo Francesco le dio por quejarse en la comisaría y los vándalos esos se la pasaban amenazándolo, el pobre hasta tuvo que mudarse. Pero el colmo de la suciedad son los anuncios de pizza que nos dejan colgados en las manijas de las puertas como un adorno de Navidad. ¡Eso tiene que ser ilegal! Un momento busco esos folletos, ¿dónde fue que los metí?… Ya, a ver, un segundito me pongo las gafas para leer… Mire, Party pizza me ha dejado papeles dos veces. Y tengo otro de Pizza Widmo. Entonces señorita, a través de ustedes les hago un llamado a los señores del Dama para que por favor multen a esas pizzerías. Esos papeles están violando mi derecho a la intimidad y a la tranquilidad.  No le doy mi nombre porque luego eso es para problemas con los vecinos. Gracias.

Por una cabeza (tango tonto por una boleta)

Hace más de un mes supe que Ennio Morricone estaría en concierto en Breslavia. Empecé a informarme sobre su trabajo. Me programé para ver las películas donde había participado. Mi plan era escribir sobre su presentación, hablar con sus músicos y vender la historia. Por fortuna me rechazaron la oferta de artículo. Solo podré asistir al evento en mi imaginación.

En enero las boletas ya estaban agotadas (se habrían vendido en octubre pasado), y aunque en febrero habían puesto otras a la venta, esas pocas se acabaron en minutos. Comprar entradas para conciertos de estrellas es una técnica que no domino, especialmente si la información de la venta es ambigüa. ¿Qué quiere decir “sobre las doce”? ¿Doce del día, doce de la noche?

Intenté comprobarlo:

Lunes 8 de febrero a la medianoche en la página Web: “las boletas no están disponibles”. Lunes a las 11 a.m.: el mismo mensaje.

Supuse entonces que la página donde se vendían las boletas colapsaría con los cientos de clics al mediodía de ese lunes. “Mejor comprarlas directamente en la tienda”, concluí orgullosa. Entré al centro comercial cuando faltaban cinco minutos para las doce. No quería llegar temprano a la caja, y decidí sacar plata porque mi tarjeta había sido rechazada una vez en ese negocio. El reloj recién marcaba las doce y ya salía alguien alegre de la tienda con dos boletas en la mano. ¿Acaso habían empezado a venderlas a las once? ¿O desde por la mañana?

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El vendedor en la caja de “bilety” hablaba con un hombre que tenía una billetera en la mano. Parecían tener problemas con el pago. “Estas son las últimas boletas”, le escuché al cajero. Debo haber entendido mal, pensé. El corazón empezó a agitarse. Ya eran las doce y cinco. ¡No! ¡Se van a acabar las entradas! Otro hombre en la fila compró una boleta para algún otro evento, y seguían corriendo los minutos. Por fin frente al cajero, le dije en inglés, para evitar confusiones, “dos boletas para Ennio Morricone, por favor”. “Acabo de venderlas”, dijo.

Salí rápido hacia el tercer piso. Allí había otra tienda donde supuestamente se podían comprar. Esta vez probé a preguntar en polaco. Entendí, “no, ya no hay. Intente en la página Web”. Seguí su consejo en los sofás del centro comercial. Ya eran las 12 y 15. No me hacía muchas ilusiones. Las boletas por 590 zl (490 mil pesos) para VIP aparecían disponibles. Cinco minutos más tarde las más baratas, por 129 zl (110 mil pesos) también se podían comprar. Le di clic. “Error, la página no existe”. Probé más veces. “Error”. “Error”.

Ahora lo sé: “Sobre las doce” son las once y cincuenta minutos.

*

Intenté acreditarme como prensa. Incluso contemplé ofrecerme como voluntaria para asistir al concierto. Al final olvidé esta última opción: quién sabe si eso me habría garantizado ver a Ennio en la tarima. Y de la oficina de comunicaciones terminé por recibir una negativa: “Lo sentimos, no hay suficientes entradas para todos los periodistas”, me respondieron. Tampoco ocurrió el milagro de que una emisora regalara pases.

Muchos nos quedamos antojados de admirar al prolífico Ennio, a sus 87 años, dirigiendo una orquesta.

Este era un evento de Breslavia como reina Capital Europea de la Cultura. Y siguen corriendo rumores de amiguismos y mala organización. Una relacionista pública, que trabajaba en el centro de conferencias donde el compositor italiano se presentará hoy, quería asistir. Les preguntó a sus jefes si podrían darle una boleta. No. A pesar de trabajar en la oficina de comunicaciones del lugar, no. Los amigos de sus jefes usarían su cupo. Y así, algún amigo de un amigo seguramente también ocupará mi cupo y el de otros mal relacionados con los lord de la cultura.

Mientras tanto, en San Sebastián (España), la otra Capital Europea de la Cultura, los eventos y conciertos son gratis. Espero que allá nadie sufra por una boleta.

“Tłusty cwartek”, el carnaval de la grasa

Si los postres y las copiosas comidas de Navidad polacas no hubieran saciado mi apetito en diciembre, ayer bien podría haberme empalagado con donas y alas de ángel faworki para celebrar el jueves graso, Tłusty cwartek. Aunque, para ser sincera, si hubiera ido a la panadería local a comprar pan creo que no habría aguantado la tentación de probar alguna rosquilla.

Alas de ángel faworki

Solo he podido celebrar Tłusty cwartek una vez en los tres inviernos que llevo aquí en Polonia. Y cabe la pregunta, ¿si no quedé a reventar, entonces, mi festejo no contó? En esa ocasión, si mal no recuerdo, solo me comí una o dos grasosas donas. A diferencia de la navidad polaca, que exige indigestarse, no me harté; habría podido comer más. En una encuesta virtual del periódico local Gazeta Wrocłwaska, un 32 por ciento de los breslavos dijo que come cinco o hasta once y más donas este día. Exo explica los paquetes de diez o veinte unidades en el supermercado.

Mientras tanto, en el jueves lardero (en España) se hartaban con “chorizo, pan y huevo”. Me pregunto si en los carnavales en Colombia también la gente come desaforadamente.

Supongo, y cruzo los dedos, que este fin de semana comeremos faworki: la galleta crujiente hueca por dentro, con azúcar en polvo por encima, típica de este jueves grasiento.