Misión (casi imposible): plástico cero

Desde hace casi dos meses estamos dejando el plástico. En otras palabras: ya no compramos frutas ni vegetales congelados, ni botellas de agua, ni granos que vengan en bolsas plásticas o en materiales no biodegradables.

El cambio empezó con la intención de ahorrar en la compra compulsiva de congelados, que era la mayor carga en nuestro presupuesto semanal: estábamos consumiendo por semana unos diez paquetes. Pero nos pusimos a leer sobre el tipo de plástico en el que conseguíamos nuestras bayas para el desayuno y vegetales para comidas rápidas, y descubrimos que venían empacadas en el número 7, uno de los menos recomendables, sino uno de los más tóxicos y que menos se reciclan.

Podríamos haber seguido cada semana con ese ritmo o haber decidido comprar menos. ¿Por qué ser tan radicales? El plástico después de todo se recicla, ¿no? Tristemente, solo un porcentaje menor llega a tener una segunda vida. La National Geographic hace referencia a un estudio según el cual solo se ha reciclado un 9 por ciento del plástico producido desde hace décadas, mientras otra investigación dice que actualmente solo se recicla un 5 por ciento de este material.

Basta con echar un vistazo a los contenedores de basura destinados a plásticos: a veces están casi vacíos, mientras los contenedores de basura general están a rebasar con botellas de agua y bolsas de chucherías. Según la National Geographic, para 2050, “los océanos contendrán más desperdicios plásticos que peces”. Pero no es una afirmación exclusiva de esa revista. Ya casi es un lugar común en películas y redes sociales para llamar la atención sobre la magnitud del problema.

Querer llevar una vida sin plástico parece imposible. Está omnipresente en cosméticos, aparatos electrónicos, condimentos, cinta pegante, ropa, zapatos, bolsitas de té, comida para llevar. Donde usted menos se lo imagina, ahí está, latente, así sea como un cinco por ciento de nylon, un 8 por ciento de viscosa, un sticker con un código de barras o papel laminado en el café para llevar.

Por eso el cambio solo puede ser gradual. Nosotros empezamos por la compra semanal de comida. Ahora conseguimos granos y harinas al granel en Bez Pudła, la primera tienda de cero residuos de Wrocław. No queda cerca de nuestro barrio, pero está en el centro, tiene productos para veganos y por eso nos las arreglamos para ir unas dos veces al mes, con bolsas de papel y de tela, y frascos de vidrio.

Tomado de http://www.cuerpomente.com/ecologia/medio-ambiente/cuanto-tarda-desaparecer-tu-basura_970

También probé a producir mi propio desodorante con una receta de la página Mama Wellness y la fórmula resultó mejor que cualquiera en el mercado. Estuve buscando este tipo de desodorante toda la vida.

Hace poco además se nos acabó la crema de dientes. Conseguimos un pequeño frasco con tapa plástica qué le vamos a hacer- con un polvo que huele a salvia y es tan dulce y sabroso como cualquier otro dentífrico. En la lista de cosméticos por reemplazar siguen jabones y champús.

Image result for crush plastic

Ahora cargo una botella de acero inoxidable, que lleno con agua de la llave en el apartamento y en la oficina. Y las últimas botellas de plástico que usamos en febrero están en un rincón de la cocina esperando a convertirse en contenedores para plantas o quién sabe qué otra cosa.

Confieso que a veces me siento ridícula con estos cambio. Me he preguntado si simplemente estamos siguiendo una moda. Tal vez soy un estereotipo con la bicicleta, el veganismo y la reducción de residuos. Pero estoy convencida de que decidir no participar de la compra de plástico tiene un impacto real en el medio ambiente. No necesito ver películas sobre las islas de plástico (o de microplástico, más bien) en altamar para convencerme del problema. Veo basura a diario, casi al pie de donde vivo, a la orilla de un río.

El viento fácilmente puede juguetear con botellas que luego terminarán en el río, y de ahí llegarán al mar. O en el mejor de los casos, la brisa puede acomodar las bolsas en las ramas de los árboles como un desgastado y sucio adorno de Navidad. No quiero ser parte de eso aunque me sienta un poco loca.

¿Cómo sobrevivíamos antes? ¿Era la vida más engorrosa sin plástico? ¿O éramos más felices, llevábamos una vida más pausada? No lo sé. En todo caso, y por superficial que suene, ¿no es el plástico más bien feo?

A veces imagino que los humanos del futuro, en unos 400 años, se toparán con nuestra basura plástica en sus excavaciones arqueológicas. Quizá los museos del siglo XXV exhiban nuestras botellas y envases como muestra del avance (o retroceso) de la civilización.

Advertisements

“Yo tengo el Jesús más grande del mundo”

En Świebodzin, un diminuto pueblo de Polonia con una población de unas veinte mil personas -más o menos como la localidad de La Candelaria, en Bogotá-, hace ocho años construyeron la estatua del “Jesús más grande del mundo”.

En broma, y en una de sus Fanpages de Facebook, la gente lo conoce como Cristo Rey en Rio de Świebodzineiro. Es una página con diversos memes religiosos y políticos, en donde la estatua interpreta la coreografía de la famosa canción de Village People, YMCA; o toma el rostro del demagogo y devoto senador Jarowsław Kaczińsky.

Tomada de https://www.facebook.com/Pomnik.Chrystusa.Krola/

Świebodzineiro está de camino en la carretera que comunica Berlín (Alemania) con Poznań (Polonia), la A2, al noroccidente, pero en dirección opuesta a las rutas turísticas más transitadas por los extranjeros: Varsovia, la capital, Cracovia, Oświęcim, o mejor conocido como el campo de concentración de Auschwitz, y Czestochowa están en el nororiente y sur del país.

Hace tres años, cuando empecé a hacer averiguaciones sobre Świebodzineiro, el monumento había recibido visitantes de Alemania, Holanda, Francia, España, Italia, Estados Unidos, Filipinas, Sur África e incluso cariocas, “asombrados con la nieve”. Según la oficina al frente de este Cristo Rey en Polonia, cada mes llegaban entonces unas 60 mil personas.

“Aquí vino un grupo de Brasil con unas 34 personas que tenían raíces polacas. Una mujer de 85 años que no había visitado el Cristo brasilero comentó que ya podía morir tranquila”, relató a finales de 2014 el sacerdote Jan Romanik, encargado de la administración del Cristo polaco, en una pequeña cafetería adyacente a la estatua.

Romanik hizo tintinear las monedas en una bolsa de tela que llevaba, y explicó que “todo ha sido construido gracias a las donaciones”. Donaciones que permitieron inaugurar, además, en los últimos años, un hotel.

El predecesor de Romanik tuvo la idea de erigir este Jesús, “el más grande del mundo”, al lado de una carretera, en este pueblo sin gracia, para “proteger y bendecir a todos los viajeros, quisieran o no”: católicos y no católicos.

Tomada de https://www.facebook.com/Pomnik.Chrystusa.Krola/

Polonia no compite por tener el “Jesús más grande”, decía Romanik, “esto no es una carrera”. Sin embargo, como anota mi novio, el afán de poseer dicho título recuerda las discusiones de adolescentes cuando comparan su falo. Así podríamos imaginar una conversación intercontinental entre los Jesuses más representativos del mundo:

Mi monumento es de 37 metros, se ufanaría el Santísimo, en Floridablanca, Santander (Colombia).

El mío también, respondería desde Lima el Cristo peruano del Pacífico.

Pero el tuyo solo mide eso si cuentas desde el pedestal. El mío en cambio tiene 34, 20 metros sin él, o mejor dicho, 40,44 metros con pedestal, agregaría el boliviano, en Cochabamba.

El Redentor de Brasil se defendería con sus 39 metros, (“Tengo nueve de pedestal incluido, y ni hablar del cerro desde donde miro y bendigo a Rio de Janeiro”), mientras el polaco, como reina de belleza concluiría, “mis medidas son, 33 de largo, tres de corona, y 16,5 de montículo, con lo que llego a los 52,5 metros”.

Pero los 52,5 metros y el pomposo título del “Jesús más grande del mundo”, no le han garantizado al polaco mayor popularidad que su hermano mellizo brasilero: en las fotos “de mostrar” en Instagram hay unas 540 mil publicaciones con el Redentor del cerro Corcovado y solo 300 con Świebodzinejro o Świebodzineiro. El joven Jesús carioca, el cálido clima brasilero y la vista panorámica compiten con un Jesús de mayor edad subido a un árido montículo rodeado de piedras en la “fría” Polonia (que solo se siente tropical en verano).

O gigante está vivo #cristoredentor #rj #gear360 #360

A post shared by Danilo Ikebara (@mobdike) on

Por eso en las fotos de quienes viajan seguirán apareciendo Machu Picchu, la torre Eiffel, el coliseo de Roma y el Cristo Redentor de Rio de Janeiro. La batalla contra el Jesús más popular del mundo está perdida.

La zapiekanka que no fue (dilema vegano)

Foto tomada de http://vignette2.wikia.nocookie.net/kielbasa/images/b/b5/Zapiekanki.jpg/revision/latest?cb=20130324072224&path-prefix=pl

Ayer mi restaurante-bar de cabecera estaba cerrado por la fiesta del jueves (Corpus Christi), y como estaba por venirse la tormenta decidí probar con el bar vecino, que tiene opciones vegetarianas y veganas.

Compré una crema vegana de vegetales blancos (por el nombre sería de coliflor, puerro y raíz del apio; seler), y como aún tenía hambre quise probar la zapiekanka, que es una comida rápida típica de la época comunista: en mi opinión es una especie de pizza barata.

Se prepara con pan, queso, jamones, champiñones y salsa de tomate encima, y hasta ese momento nunca la había probado. Yo pedí la zapiekanka de millo con vegetales para llevar, pero olvidé enfatizar en que debía ser vegana.

Caí en cuenta del error a los dos minutos y corregí el pedido. Sin embargo, al recibirla, quedé con la duda de si me habían dado la opción correcta: por encima tenía un queso sin derretir de aspecto y olor idéntico al parmesano. Y seré cansona, pero la tabla para picar donde preparaban las zapiekankas estaba todo cubierto del queso de otros sándwiches.

No sabía qué hacer. No estaba segura de querer probarla para descubrir, bocado garganta abajo, que no podía comerla. Tampoco quería regresar al bar a reclamar en mi polaco básico -además a veces los empleados prefieren complacer al cliente con una mentira piadosa en lugar de aceptar su culpa-. Y no me llamaba la atención ser sorprendida por alguien en la cocina de la oficina, jugando neciamente a separar el queso del resto de la comida.

Intenté regalársela a un extraño que, viéndome curiosear la caja en plena calle, me preguntó qué llevaba allí, si pizza u otra cosa. Quiso saber dónde la había comprado. Se la ofrecí. Y terminó huyendo sin que pudiera darle mayores indicaciones de dónde quedaba el bar. La escena fue medio cómica: cualquier transeúnte podría haber pensado que intentaba pegarle con la alargada caja.

Finalmente, y después de pedirle ayuda a C. por teléfono, decidí darle la zapiekanka a un habitante de calle. Había visto a un hombre joven, tristón, quizá un muchacho que huyó de casa, a la entrada de un banco y pensé que podría tener hambre. Aunque no estaba convencida.

Lo hallé mirando con tristeza a una mujer de edad que sacaba basura de la caneca. La mujer ocultaba su labor con una sombrilla. Me acerqué con una “przepraszam pani”, y vi por accidente que ella había puesto una bolsa transparente con dos rebanadas de pan en su talega roja de reciclaje.

“¿Quiere esta zapiekanka?”, le pregunté. Me dijo algo que no entendí o que no quise entender. Abrí la caja para mostrarle. “Ale dlaczego?”, repitió su pregunta, un poco escéptica sobre porqué quería deshacerme de la comida. Le dije que tenía queso, y quise explicarle que no puedo comerlo, que me cae mal. “¿Con que no te gusta el queso?”, me dijo. Le dije que sí; no tenía otras palabras para explicarme. Preguntó cuánto había costado. No sé, respondí. Aceptó y puso la caja con sus otros tesoros rescatados de la caneca. “En todo caso, le agradezco”, dijo.

Me quedé pensando en el refrán de “Dios le da pan a quien no tiene dientes”. La mujer era mueca.

“Verde que te quiero verde”

Cambié de ruta de camino al trabajo. Ahora voy por el río. Es un kilómetro más, pero casi todo el trayecto evito carros y cruces, y me siento de excursión por una paisaje quizá similar al de los Llanos orientales, con garzas sobrevolando los árboles.

Pájaros desconocidos salen a saludarme o más bien huyen de mí: he visto varias veces a Serinus serinus (por ejemplo), una mezcla entre gorrión y canario de color verde, marrón y amarillo.

Con la ‘bici’ también nos cruzamos con Motacilla Alba, que tiene un lindo nombre en español: Lavandera blanca o aguzanieves, de cabeza y cola blancas, y cuerpo grisáceo.

Una semana tuve mucha suerte: vi pájaros carpinteros de pecho verde, un erizo y un faisán.

Otra vi una lagartija, y otra un halcón -o alguna ave rapaz por el estilo-. Y casi todos los días hay un par de cisnes en el río con su prole.

Es irónico que cuando vivía en Bogotá (en uno de los países más biodiversos del mundo), no llegué a ver tantos animales. Aunque Bogotá es capital, y Breslavia es una ciudad mucho más pequeña. Además en Bogotá no era vecina de un río ni de zonas boscosas, como ahora aquí.  Si hubiera vivido en zonas verdes de Silvania o Melgar, quizá Breslavia no me parecería tan rica en fauna y flora. A diferencia de la “tierra caliente” colombiana, por ejemplo, no tenemos lagartijas todas las noches reptando por las paredes del apartamento; y no creo que bien entrado el verano vengan a visitarnos.

P.D.: El descubrimiento biodiverso se debe también a que desde octubre vivimos cerca del río Odra, lejos del centro, y a veinte minutos a pie de un bosque (el bosque del Dragón) cuyos inquilinos son, entre otros, castores y grullas (estas últimas en primavera-verano).

Dos miradas tristes

perrotriste
Probablemente este sea colombiano, o de una región templada.

El perro podría haber pasado por uno callejero (colombiano): era una mezcla de pastor alemán con alguna “imitación” de labrador pequeño.

Fue extraño verlo sin collar en las calles: aquí los perros no llevan vidas independientes de sus dueños. No se arriesgan a vivir de las sobras de los restaurantes, y menos en invierno.

El animal cruzó la calle con el semáforo en verde, muy afanado. Intentó cruzar otro paso peatonal, pero se acobardó con los carros.

Luego, con la vía libre, corrió hacia el centro comercial y continuó con su paso rápido por la acera. Estaba desesperado. Pensé que su amo se había adelantado en la caminata del mediodía y el perro intentaba alcanzarlo.

Cruzó una cebra más y se perdió de vista. Pero luego volvió sobre sus pasos, perdido, desconcertado, olftateando el rastro de su amo en la nieve.

Tenía el rostro de Karol Wojtyla, aunque con ojeras de color rosa y muy pronunciadas.

Caminaba con un bastón, y se apoyaba en sillas o barandas del centro comercial para tomar un respiro y ayudar a su pierna, ¿la del dobladillo con una hebra, o la otra?

La palabra “Canada” estaba tejida en su gorro blanco con gris: regalo -imaginé- de su hijo o su nieto que vive en Canadá y a quien extraña mucho.

Aprovechar el (buen) tiempo

En días de sol y buena temperatura -tipo Bogotá en un domingo caluroso- la gente se vuelca a los parques y calles de Breslavia en un trancón de gente y bicicletas. El encierro “pica” después de meses de cielos grises y árboles desnudos.

Ya todos los árboles se vistieron de verde y las golondrinas parecen chillar de alegría en su vuelo. Quedarse encerrado es un desperdicio: los días de sol son bienes “preciosos” que no se subestiman, porque más de la mitad del año (quizá unos siete meses) nubes densas y deprimentes ocultan el sol en Polonia.

La mayoría de polacos que he conocido le achacan su temperamento tristón a la falta de sol.  De ahí el anehlo de una vida en España, o en cualquier país con luz, calor y fresas locales el año entero. El sueño no es americano sino español o suramericano.

Hace poco mi estudiante me regañó en broma: “¡hay fresas todo el año en Colombia! ¿Qué haces en Polonia?”. Y fue imposible no recordar a mis amigos colombianos con su “¿qué haces aquí en Colombia? Con tu doble nacionalidad yo no me quedaría a vivir aquí”. Cuestión de valores.

De volver a Colombia, las frutas frescas y el buen clima serían valores agregados: en mi escala está primero aprovechar el tiempo con la familia y los amigos.

“Tłusty cwartek”, el carnaval de la grasa

Si los postres y las copiosas comidas de Navidad polacas no hubieran saciado mi apetito en diciembre, ayer bien podría haberme empalagado con donas y alas de ángel faworki para celebrar el jueves graso, Tłusty cwartek. Aunque, para ser sincera, si hubiera ido a la panadería local a comprar pan creo que no habría aguantado la tentación de probar alguna rosquilla.

Alas de ángel faworki

Solo he podido celebrar Tłusty cwartek una vez en los tres inviernos que llevo aquí en Polonia. Y cabe la pregunta, ¿si no quedé a reventar, entonces, mi festejo no contó? En esa ocasión, si mal no recuerdo, solo me comí una o dos grasosas donas. A diferencia de la navidad polaca, que exige indigestarse, no me harté; habría podido comer más. En una encuesta virtual del periódico local Gazeta Wrocłwaska, un 32 por ciento de los breslavos dijo que come cinco o hasta once y más donas este día. Exo explica los paquetes de diez o veinte unidades en el supermercado.

Mientras tanto, en el jueves lardero (en España) se hartaban con “chorizo, pan y huevo”. Me pregunto si en los carnavales en Colombia también la gente come desaforadamente.

Supongo, y cruzo los dedos, que este fin de semana comeremos faworki: la galleta crujiente hueca por dentro, con azúcar en polvo por encima, típica de este jueves grasiento.